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CAPÍTULO 11

Un vendedor recién llegado a Inglaterra se detuvo en Friarsgate a fines de octubre. Había pasado la noche anterior en Claven's Carn. La dama de la casa, les comunicó a quienes estaban reunidos en el salón de Rosamund, había parido a un lindo niño a principios del mes. El señor estaba muy complacido y se apresuraba a mostrar a su heredero a todo el que entraba en Claven's Carn.

– La embarazó enseguida -comentó secamente Rosamund-. Debió de quedar preñada la noche de bodas, o unos días después.

– Podría haber sido tu hijo -murmuró Maybel. La joven la fulminó con la mirada.

– No deseaba contraer matrimonio con el señor de Claven's Carn y lo sabes. Patrick y yo nos casaremos el año próximo, si su hijo no se opone.

– ¿Y si no aprobara la nueva boda de su padre, qué pasará entonces? -era evidente que Maybel no deseaba lastimar sino proteger a Rosamund.

– Pues continuaremos como hasta ahora. Tal vez Adam Leslie quiera conocerme antes de darle a su padre la bendición, lo que sería muy comprensible.

– ¡Otro marido viejo! No entiendo por qué prefieres a lord Leslie y no a Logan Hepburn.

– No puedo explicártelo, mi querida. Simplemente no amo a Logan, y Patrick Leslie es mi destino.

– Un destino amargo, se me ocurre.

– Pero que yo elegí. Ya no permitiré que me digan lo que debo hacer y con quién debo casarme. Esa época terminó.

– Nunca te escuché hablar de esta manera. Me sorprende que seas capaz de arrojar tus responsabilidades por la borda, sin remordimientos.

– No estoy eludiendo responsabilidades, Maybel. Siempre cumpliré con mis deberes en lo concerniente a Friarsgate y a mi familia Pero, ¿por qué debo ser desdichada?

– Quiero que seas feliz, aunque no entiendo por qué no puedes ser feliz con el señor de Claven's Carn.

– Sencillamente no puedo -la paciencia de Rosamund se estaba agotando-. Por otra parte, él se ha casado con una buena muchacha que acaba de darle un heredero.

Maybel abrió la boca para hablar, pero su marido, sentado cerca de ella, extendió el brazo y le puso una mano admonitoria en el hombro.

– ¿Tío Patrick regresará pronto? -preguntó Philippa a su madre.

Ella meneó la cabeza y respondió:

– No lo veremos hasta la próxima primavera.

– ¡Quiero que vuelva! -gimió Bessie, mientras.las lágrimas rodaban por sus redondas y rosadas mejillas.

– También yo, mi niña, pero debemos pasar el invierno antes de ver de nuevo al conde de Glenkirk.

– ¡Yo quiero al tío Tom! -Chilló Banon-. ¿Cuándo vuelve tío Tom?

– Para las festividades navideñas, supongo. De seguro les traerá unos regalos preciosos. Pronto será nuestro vecino, ¿no les parece divertido?

Las tres niñas estuvieron de acuerdo en que sería maravilloso tener como vecino al tío Tom.

– ¿Qué pasará con tu tío Henry cuando Tom venga a vivir a su casa? -preguntó Philippa a su madre.

– Ya no es la casa de Henry Bolton -replicó, sorprendida. No lo había visto en muchos años y aunque Philippa llegó a conocerlo en una ocasión, era entonces muy pequeña y, por lo tanto, resultaba imposible que lo recordara.

– ¿Quién te habló de mi tío Henry, querida? Yo lo hice -contestó Edmund-. Ella es la heredera de Friarsgate y es preciso que conozca la historia de su familia, sobrina. Es mejor que la sepa por mí, que soy imparcial.

– No entiendo por qué. Henry Bolton jamás fue generoso contigo. Pero incluso si nací en la cama equivocada, Henry no pudo negar hecho de que yo era el mayor y que nuestro padre me amaba tanto como amaba a Richard, a Guy o a él mismo. Henry era el menor y se esforzaba por superarnos, sobre todo cuando supo que Richard y yo éramos bastardos. Sin embargo, nuestro padre nos trató a todos por igual y eso debe de haberlo frustrado, Rosamund. Toda su vida se mostró altanero y arrogante porque era legítimo, ¿y qué ganó con eso? Su actitud desdeñosa y despótica no le aportó amor ni felicidad. Tuvo dos hijos legítimos: uno murió y el otro es un ladrón. Se casó por segunda vez con una ramera que engendró un montón de bastardos, pero tu tío se calló la boca por miedo a pasar por tonto, aunque todos sabían que no eran suyos y que ella se acostaba con medio mundo. ¿Qué ganó con eso sino el desprecio de todos? Ahora está en la miseria. Solamente la generosidad de Tom Bolton le permitirá terminar sus días como Dios manda.

– No se lo merece -opinó Rosamund con amargura.

– No, es verdad. Sin embargo, tu primo mantendrá su palabra. Tom es un verdadero cristiano, Rosamund, cualesquiera sean sus defectos. Y tú, que has encontrado la felicidad, sé generosa y perdona a Henry Bolton, sobrina Yo lo he perdonado y Richard ya lo ha hecho hace mucho tiempo.

Rosamund se quedó pensando un buen rato antes de decir:

– Si Tom viene para Nochebuena y decide pasar aquí las festividades navideñas, tal vez invite al tío Henry a acompañarnos.

– Vaya tonta -murmuró Maybel.

– Es un perro sin dientes, mujer -respondió Edmund.

– Hasta un perro sin dientes puede ser temible si está rabioso.

– Si te incomoda, no lo invitaré -dijo la dama de Friarsgate con el propósito de tranquilizar a su vieja nodriza.

– No. No seré yo la responsable de impedir que hagas las paces con ese viejo demonio. De todos modos, pronto estará muerto.

A principios de diciembre uno de los hombres del clan Leslie llegó a Friarsgate con una carta proveniente de Glenkirk. Lo acompañaba Dermid, que había regresado justo a tiempo para el nacimiento de su hijo.

Rosamund se sentó a leer la misiva de su amante, donde este le comunicaba que el viaje de regreso al hogar había transcurrido sin inconvenientes y que había hablado con Adam -cuya capacidad para manejar Glenkirk era incuestionable-acerca de su matrimonio. Por supuesto, su nuera Anne no sabía una palabra del asunto.

Adam veía con buenos ojos la nueva boda de su padre, sobre todo porque, a raíz de la enfermedad del conde, no tendrían descendencia. Con todo, acompañaría a su padre a Edimburgo en la primavera con la intención de conocer a Rosamund. Había empezado el invierno y, como Patrick no sabía si podría enviarle otra carta, fijó la fecha y el lugar del encuentro: el 1 ̊ de abril, en una posada de Edimburgo llamada El unicornio y la corona. Visitarían la corte del rey y le pedirían permiso para casarse en su propia capilla, en una sencilla ceremonia oficiada por el joven arzobispo de St. Andrew, Alejandro Estuardo. Luego, regresarían a Friarsgate y Adam Leslie partiría hacia el norte para dar a conocer la noticia del casamiento de su padre. En otoño, Patrick y Rosamund viajarían a Glenkirk para pasar allí los meses de invierno. El conde le habló de su amor y de cuánto la extrañaba. Sin ella, las noches le resultaban interminables, frías y tristes, y los días, grises y melancólicos. Extrañaba su risa, el sonido de su voz, el perfume de su cuerpo. Anhelaba estrecharla en sus brazos una vez más. "Nunca amaré a nadie como te amo a ti, amor mío", terminaba la carta.

Rosamund la leyó varias veces sonriendo de felicidad. Luego se dirigió al mensajero que la había traído y le preguntó:

– ¿Has estado en el gran salón del castillo, muchacho?

– Sí, milady.

– ¿Sabes si enviaron el cuadro y si está colgado?

– Llegó en verano, cuando el conde no se hallaba en Glenkirk. Lady Anne se sorprendió mucho al verlo y no permitió que lo colgaran hasta d regreso del amo. Es un cuadro muy hermoso ¡y tan real! Todos opinan lo mismo.