– El retrato que ves allí fue pintado por el mismo artista. Me doy cuenta, milady, por la similitud.
– Ahora le escribiré al conde y tú le llevarás la carta. Mientras tanto, te darán un plato de comida caliente y una cama donde dormir.
– Gracias, milady.
– Debo estar en Edimburgo el 1 de abril -comentó Rosamund.
– ¡Oh, mamá! ¿Es preciso que te vayas otra vez? -protestó Philippa.
– ¿Te gustaría acompañarme?
– ¿Yo? -Chilló la niña, entusiasmadísima-, ¿ir contigo a Edimburgo? Oh, mamá, claro que sí. Nunca he salido de Friarsgate.
– Bueno, yo no fui a la corte del rey Jacobo hasta los trece años.
– ¿Conoceré al rey Jacobo, mamá? ¿Y a la reina Margarita? ¿Iremos a la corte de Escocia? -a Philippa no le alcanzaba la lengua para preguntar.
– Sí. E incluso podemos celebrar tu noveno cumpleaños allí.
El rostro de la niña resplandecía de satisfacción.
– La hechas a perder -opinó Maybel-. No debes malcriarla.
– Los niños necesitan un poco de mimos. Y Dios sabe que hiciste lo posible por malcriarme tú a mí, aunque ahora no lo recuerdes -la aguijoneó Rosamund con ternura.
– Solamente traté de compensar la maldad de Henry Bolton. ¡Eras tan pequeñita! Pero cuando te casaste con Hugh Cabot ya no tuve oportunidad de hacerlo, pues él lo hacía en mi lugar. ¡Que Dios lo tenga en la gloria!
– Sí, que Dios tenga en la gloria a Hugh Cabot y a Owein Meredith.
El mensajero del clan Leslie partió a la mañana siguiente con una carta de la dama de Friarsgate para su amo. En la misiva le hablaba de lo sola que se sentía sin él, una soledad que nunca había experimentado en su vida, de sus hijas y de sus tierras, de los preparativos para el invierno y de la ansiedad con que esperaban el regreso de Tom. Le dijo que Claven's Carnea tenía un heredero, que no veía la hora de encontrarse con él en abril y que llevaría a Philippa a Edimburgo para que ella y Adam fueran testigos de sus votos matrimoniales. Concluyó la carta jurándole amor eterno y luego vertió una gota de perfume de brezo en el pergamino, sonriendo maliciosamente.
El 21 de diciembre, el Día de Santo Tomás, Tom regresó a Friarsgate acompañado por el tío Henry. Las niñas se lanzaron en tropel al encuentro de su pariente favorito, casi sin advertir la presencia del tío abuelo. Rosamund, en cambio, se quedó estupefacta. Henry Bolton se había convertido en una bolsa de huesos y su rostro se asemejaba a una máscara mortuoria.
– Bienvenido a Friarsgate, tío.
Sus ojos descoloridos se clavaron un instante en los de la sobrina.
– ¿Realmente soy bienvenido? -Preguntó en un tono levemente sarcástico, mientras se aferraba al bastón-. Lord Cambridge insistió en que viniera. Le vendí Otterly, como sabes.
– Hizo bien en insistir, tío Henry. Me han dicho que vives solo y no es bueno pasar las festividades navideñas lejos de la familia.
– Me siento honrado por la invitación, sobrina.
– Ven, tío, y siéntate junto al fuego. Lucy, alcánzale una copa de sidra especiada caliente.
Rosamund lo ayudó a sentarse en una silla de respaldo bajo, con un almohadón de gobelino.
– Supongo que pasaste frío durante el viaje, y esta humedad amenaza una fuerte nevada, me temo -comentó la joven, tomando la copa que le alcanzaba la criada y poniéndola en la nudosa mano de Henry.
– Gracias -dijo el viejo y bebió con fruición la sidra caliente.
Una vez devuelto a la vida, echó una mirada a la redonda.
– Tienes hijas saludables, sobrina. ¿La más alta es la heredera?
– Philippa, sí. Cumplirá nueve años en abril.
Asintió una vez más y no abrió la boca durante un buen rato. Después estiró la mano para acariciar a uno de los perros del salón, un galgo que acababa de sentarse junto a la silla.
Rosamund se alejó de él. Había pensado que Maybel exageraba con respecto a la salud de Henry Bolton, pero tenía razón. El anciano era una piltrafa, aunque aún podía ser peligroso si se presentaba la oportunidad.
– ¡Mi querida niña! -Exclamó Tom-. Es tan bueno regresar a Friarsgate y verte de nuevo. Mis negocios en el sur han concluido. Vendí mis tierras a un hombre a quien acaban de hacer caballero y que pagó por Cambridge una suma exorbitante. Ya sabes cómo son esos advenedizos. Ahora Otterly es mío. ¿Y qué más? Ah, sí. Me detuve en la corte para darle mis respetos a Su Majestad. Catalina, la española, procura quedar encinta ahora que la reina de Escocia ha parido a un saludable heredero, y el rey Enrique no está complacido. Habla de su hermana como si lo hubiese traicionado personalmente o, lo que es peor, como si hubiese traicionado a Inglaterra.
– Cuando la reina Catalina le dé un hijo verá las cosas de otra manera. Recuerda que a Enrique nunca le gustaba perder en los juegos infantiles.
– Cierto, primita. Pero él se empecinó en desposarse con España cuando muchos le aconsejaban lo contrario. ¿Cuánto llevan de casados sin ningún heredero a la vista? Aparte de la niña que nació muerta y del pobrecito Enrique de Cornualles, nacido y muerto en el mismo año, hace por lo menos dos que no hay señales de embarazo. Y allí está su cuñado el escocés con seis robustos bastardos y un igualmente robusto y legítimo heredero. No, nuestro Enrique dista mucho de ser un hombre feliz.
– Gracias a Dios, nosotros nada tenemos que ver con su corte.
– Sí, en ese sentido somos afortunados. Ahora cuéntame de tu apuesto conde escocés.
– Patrick regresó a Glenkirk, pero nos reuniremos en Edimburgo el 1 ̊ de abril. Hemos decidido casarnos. Pasaremos en Friarsgate parte de la primavera, el verano y el otoño, y los inviernos en Glenkirk. De ese modo ninguno de los dos descuidará sus obligaciones. Durante la ausencia de Patrick, su hijo Adam se encargó de Glenkirk y lo hizo a las mil maravillas. No veo la hora de que llegue la primavera, primo. Philippa me acompañará.
– Nos acompañará. No pensarás casarte de nuevo sin mi presencia. ¿Y qué noticias hay de Claven's Carn? ¿Lady Jean ya le ha dado un heredero?
– Tuvo un saludable varón a principios de octubre. Me enteré hace unos días por un vendedor ambulante que acababa de regresar a Inglaterra.
– Pero Logan Hepburn no se ha comunicado contigo.
– No creo que lo haga. No nos separamos en buenos términos, primito. La noche en que Patrick y yo nos vimos obligados a buscar refugio en Claven's Carn, él peleó conmigo y después se emborrachó hasta perder la conciencia. Ni siquiera vino a despedirnos a la mañana siguiente, por lo que le estoy de lo más agradecida.
– ¡Tío Tom, tío Tom! -Gritaron las tres niñas al tiempo que lo rodeaban-. ¿Qué nos has traído de regalo?
Tom alzó a Banon y le estampó un beso en la rosada y redonda mejilla. Ella soltó una alegre risita, feliz de saber que era su preferida.
– Pues verán: todos los días, desde Navidad hasta Noche de Epifanía, cada una de ustedes recibirá un regalo.
– ¡Pero faltan cuatro días para Navidad! -se quejó Philippa.
– Lo sé -respondió Tom con picardía-, y por esa razón, mis preciosos corderitos, tendrán que armarse de paciencia hasta entonces.
– No es justo -protestó Banon, que tenía seis años.
– Debería darles vergüenza -las reprendió la madre-. No puedo creer que sean tan codiciosas. Ahora salgan de aquí y díganle a Lucy que les sirva la cena. Philippa, tú quédate con nosotros.
Tom depositó a Banon en el suelo, no sin antes darle otro beso. Luego siguió con la vista a las dos niñas hasta que desaparecieron del salón. Era evidente que las adoraba.
– Hace apenas unos meses que me fui de Friarsgate y ya han crecido otra vez.
– Cuando estuve afuera sucedió lo mismo. Casi no las reconocí de tan crecidas que estaban. Oh, no quiero volver a separarme de mis niñas.
Él la tomó de la mano y se sentaron en un banco de madera junto al fuego. Frente a ellos dormitaba Henry Bolton, con el galgo ahora tendido a sus pies.