– Tu tío ha encontrado a un amigo -señaló Tom-. Será mejor que lo cuide, porque no tiene otros.
– Debo perdonarlo, pese a lo mal que me ha tratado de niña. Es digno de lástima. Le perdí el miedo a los seis años, cuando Hugh Cabot se hizo cargo de mí. Pobre tío Henry, si hubiera sabido que al arreglar mi matrimonio con Hugh se estaba cavando su propia fosa…
– Lo que fue tu salvación. Ambos se echaron a reír.
– De modo que te convertirás en la condesa de Glenkirk, querida prima -dijo Tom, dándole una palmadita en la rodilla-. Él te ama Profundamente y tú…
– Yo jamás pensé que podía existir un amor semejante -lo interrumpió-Ojalá estuviera aquí, en Friarsgate. Cada día que pasa lo extraño más. No sé si podré esperar hasta abril para verlo de nuevo para casarme con él, para ser su esposa. Oh, Tom, nunca amé a nadie como a Patrick.
– Me alegra que hayas cambiado de opinión con respecto al matrimonio, de otro modo, jamás serías feliz.
– Pasamos juntos meses maravillosos y seguramente aún nos quedan muchos años de intensa felicidad. Nos conocimos hace apenas un año, en vísperas de la Navidad, ¿te acuerdas, Tom?
– Cuando el pobre Logan Hepburn estaba considerando seriamente la posibilidad de ser tu esposo.
– ¿Por qué demonios debemos hablar siempre de Logan Hepburn? Yo no lo amo y nunca le prometí casarme con él. Logan sólo buscaba un vientre fecundo y los hechos me dan la razón: apenas han transcurrido nueve meses y ya ha venido al mundo el fruto de sus entusiastas acoplamientos con la señora Jean.
– Tienes razón. Supongo que todos hablamos de Logan porque esperábamos que terminasen unidos en santo matrimonio. Pensamos que deseabas ser cortejada y que cuando él te ablandara el corazón, aceptarías ser su esposa. ¿Nunca sentiste nada por ese hombre?
– Al principio me fascinó, debo confesarlo. Pero luego se volvió tan machacón con el tema del heredero que comenzó a irritarme. Nunca me quiso por mí misma.
– No estoy tan seguro. No olvides que es un rudo fronterizo y que tal vez no supo expresar sus sentimientos de la manera apropiada.
– Ya han pasado muchas cosas, primo. Él tiene un hijo y yo tengo a mi amor. Ambos deberíamos estar felices y satisfechos.
Aunque Henry Bolton tenía los ojos cerrados y respiraba superficial y acompasadamente, había escuchado toda la conversación. Así que el maldito Hepburn del otro lado de la frontera había sido lo bastante descarado como para pedir la mano de Rosamund. Quizás había cometido un error fatal cuando, años atrás, el entonces señor de Claven s Carn quiso que la niña se casara con su hijo mayor y él se negó. La hubieran alejado de Friarsgate y él se habría quedado con la propiedad. Incluso podría haberle ofrecido al viejo lord una dote en oro a cambio de las tierras. Ahora su sobrina se las había ingeniado para atraer la atención de un conde escocés. Sería condesa y Philippa se quedaría con Friarsgate cuando su madre partiera al norte. Si sólo pudiera encontrar la manera de ponerse en contacto con su hijo Henry. Si pudiera secuestrar a la nueva heredera y casarla con su hijo, entonces no todo estaría perdido. Pero si no lograba convencer a Henry de abandonar la vida corrupta a la que se había entregado, el joven terminaría, finalmente, colgado de una soga. Era preciso meditar en el asunto.
Rosamund celebró una linda Navidad. Los leños ardieron en las chimeneas del salón, decorado con ramas de pino y hojas de boj, de hiedra y de acebo. Las exquisitas velas de cera de abeja permanecieron encendidas durante los doce días y hubo fiestas todas las tardes. Los juglares de Friarsgate desplegaron sus habilidades con el propósito de entretenerlos. Comieron manzanas asadas y galletas de jengibre, y bebieron vino y sidra caliente con azúcar y especias. También hubo chuletas de vaca conservadas en sal gruesa y cocinadas en las brasas. Los habitantes de Friarsgate visitaron el salón todos los días, y en la Fiesta de San Esteban Rosamund les regaló a cada uno de ellos algunos metros de tela, una bolsa con calderilla, azúcar y, en algunos casos, permisos para cazar y pescar a fin de ayudarlos a sobrevivir durante los meses de invierno. Nadie fue excluido de las celebraciones, especialmente Annie y Dermid, cuyo hijo había nacido el 4 de diciembre. Rosamund les obsequió lo que les había prometido: una linda y confortable cabaña.
Desde luego, Tom cumplió con su palabra y en cada uno de los doce días de Navidad las tres niñas recibieron puntualmente sus regalos. Para que no se pusieran celosas, Tom decidió que los obsequios debían ser casi idénticos. El primer día hubo botas de cuero; el segundo, vestidos de terciopelo azul; el tercero, guantes de cabritilla pespunteados con Perlitas; el cuarto, cadenas de oro; el quinto, aros con piedras preciosas; el sexto, collares de perla; el séptimo, lazos de seda; el octavo, capas de lana forradas en piel de conejo; el noveno, un juego de bolos; el décimo, monturas de cuero rojo y el undécimo, bridas también de cuero rojo y de bronce. Y para la Noche de Epifanía, Banon y Bessie recibieron dos ponis blancos: el de Banon tenía una sola pezuña negra y el de Bessie, una estrella negra en la frente. A Philippa le obsequió una yegua blanca de pura sangre y de gran alzada.
– ¡Eres tan, pero tan generoso con ellas! -dijo Rosamund, conmovida por tanta prodigalidad.
– Tonterías. ¿De qué me sirve ser rico si no puedo comprar estas baratijas para brindarles un poco de alegría a mis pequeñas?
– No son precisamente baratijas, primo.
– Cuando te cases con el conde, es probable que no volvamos a compartir otra Navidad, sobre todo si piensas pasar los inviernos en Escocia.
– Pero vendrás a Glenkirk -se apresuró a responder Rosamund.
– ¿Qué? -exclamó Tom, mirándola horrorizado-. Ni lo sueñes, querida. Quizá disfrutes pasar el invierno en ese nido de águilas donde reside tu amado, pero a mí no me hace gracia. La sola idea me produce escalofríos -agregó, estremeciéndose de un modo un tanto histriónico.
– Es una excusa para no venir. Si el rey Jacobo te invitase a pasar los festejos navideños en Stirling, no vacilarías en cruzar alegremente la frontera.
– Las navidades del rey de Escocia son de lo más divertidas -admitió con una sonrisita. Luego se puso serio-. ¡Por Dios, prima! Me olvidé de decirte que cuando estuve en otoño en la corte del rey Enrique me presentaron a un tal Richard Howard. Me preguntó si te conocía y desde luego le dije que sí, que eras mi bien amada prima.
Rosamund palideció.
– Richard Howard era el embajador de Inglaterra en San Lorenzo. Me vio en la corte después de la muerte de Owein, aunque nunca nos presentaron. Cuando nos encontramos en el palacio del duque, me reconoció, aunque le aseguré que era la primera vez que nos veíamos. ¿Te hizo muchas preguntas? Por favor, trata de acordarte, Tom.
– Me preguntó si habías estado en la corte y yo me limité a decirle la verdad: que estuviste allí de niña y volviste luego de la muerte de tu marido, y que eras íntima amiga de la reina. Pero su curiosidad me llamó la atención y me negué a seguir respondiendo a sus preguntas. ¿Por qué estás tan preocupada?
– No quiero que se lo cuente al rey. Si Enrique se entera de que visité San Lorenzo acompañada de un conde escocés, considerará que he cometido una grave falta. Espero que no lo sepa, especialmente ahora que voy a casarme con Patrick Leslie. Al rey le gusta interferir en los asuntos ajenos, sobre todo cuando lo mueve la lujuria. Por otra parte, nada de cuanto sucedió en San Lorenzo podría interesarle a un rey, y mucho menos a Enrique Tudor. Sin embargo, pienso que lord Howard se lo contará para evitar que su amo lo considere un perfecto inútil. El hombre no es muy brillante que digamos.
– El rey no me dijo nada. Si el objetivo de la misión de lord Leslie no era de conocimiento público, entonces tus temores son injustificados.