– ¡Nunca tuve zapatos tan lindos! -exclamó entusiasmadísima cuando se los mostraron.
– Son para Edimburgo. Mientras tanto, usarás las botas. Estos zapatos deben durar mucho tiempo, a menos que tus pies crezcan demasiado rápido. Por favor, Philippa, no permitas que te crezcan los pies -bromeó Rosamund.
La soleada primavera se enseñoreó de Friarsgate, desapareció la capa de hielo que cubría el lago y las ovejas volvieron a salpicar de blanco las verdes laderas de las colinas. El 28 de marzo, madre e hija partieron para Edimburgo, acompañadas por Tom. Rosamund se había resignado a Pasar la noche en Claven's Carn, sabiendo que si se desviaban del camino principal no encontrarían una posada decente, y había enviado a un mensajero con anterioridad a fin de pedir permiso para pernoctar allí, legaron a destino al atardecer.
– Trata de comportarte como Dios manda, querida -dijo Tom con el único objeto de provocar a su prima.
Ella lo fulminó con la mirada.
– Lo haré si él lo hace -replicó, mientras Tom se desternillaba de risa.
Jeannie los recibió con una sonrisa.
– Rosamund Bolton, qué alegría verte de nuevo. ¿Cómo le va, lord Cambridge? ¿Y quién es esta adorable jovencita? Por el parecido, no puede negar que es tu hija.
Tomó las manos de Rosamund y la besó en ambas mejillas. Luego le tendió la mano a Tom, quien se la besó con galantería.
– Mi querida señora, me complace comprobar que la maternidad la ha embellecido; luce usted estupenda.
– Por favor, tomen asiento junto al fuego. La primavera aún se muestra esquiva en la frontera y supongo que han pasado frío durante el viaje.
– Esta es mi hija Philippa Meredith.
– Señora -dijo Philippa, haciendo una graciosa reverencia. -¿Es la mayor?
– Sí, es la mayor de las tres. ¿Y tu bebé?
Jeannie se limitó a mirar la cuna que tenía a su lado.
– Duerme. ¡Es un niño tan lindo! Tendrá un hermano a comienzos del otoño -respondió, y se llevó la mano al vientre con innegable orgullo.
– O una hermana -dijo Logan, entrando en el salón-. Lord Cambridge. Señora -saludó a los huéspedes y luego permaneció de pie detrás de su esposa.
– No, Logan, será un varón -insistió Jeannie.
– Esta es mi hija Philippa.
– Has crecido bastante desde la última vez que te vi, señorita Philippa -comentó con voz serena.
– No teníamos otro sitio donde pasar la noche -se apresuró a aclarar Rosamund.
– Son ustedes bienvenidos. ¿Hacia dónde se dirigen?
– A Edimburgo.
La respuesta de Rosamund fue breve, pero Philippa no pudo contener su entusiasmo.
– Mamá se casará con el conde de Glenkirk y yo seré su madrina. ¿No es maravilloso? Tengo dos vestidos nuevos de terciopelo y un par de zapatos con hebillas adornadas con piedras preciosas.
– ¡Oh, qué bien! ¿Y de qué color son tus vestidos, señorita Philippa?
– Uno es azul y el otro, castaño dorado, señora.
– ¡Qué niña tan afortunada eres! -respondió sonriendo la dama de Claven's Carn. Luego se dirigió a Rosamund-¿El conde es el caballero que viajó contigo el verano pasado?
– Sí.
– Es un hombre apuesto y tú serás condesa, ¿verdad?
Jeannie sonrió, gratamente sorprendida, pero la mirada de su marido distaba de ser alegre.
– Sí, seré condesa, pero no me caso por su título.
– Entonces abandonarás Friarsgate -el tono de Logan revelaba un profundo disgusto.
– No, no lo haré, pero tampoco Patrick abandonará Glenkirk. Pasaremos parte del año en Inglaterra y parte del año en Escocia. Es lo que hacen otros con varias propiedades, incluso el rey. Y mis hijas estarán conmigo.
– Le compré Otterly a Henry Bolton -intercedió Tom, antes de que la conversación tomara un giro peligroso-. Demolí la vieja casa y estoy construyendo una nueva.
– Que será idéntica a sus casas de Londres y Greenwich. A mi primo le desagradan los cambios, incluida la servidumbre. La misma gente lo sirve dondequiera que vaya. Aunque esta vez han pasado el invierno en el sur, sin su amo.
– Han estado sumamente ocupados -se defendió Tom.
– ¿Ocupados en qué? -preguntó Jeannie.
– Me apasionan las cosas bellas. Por consiguiente, en mis dos casas abundan los muebles y los objetos. Les envié una lista de lo que deseaba transportar a Otterly y mis sirvientes han pasado los últimos meses identificando las cosas, limpiándolas y embalándolas para el viaje.
En ese momento, un criado se acercó a la dama de Claven’s Carn y le murmuró algo al oído.
– La mesa está servida. -La anfitriona los condujo a la gran mesa de roble, indicándoles sus lugares.
– Lady Rosamund, por favor siéntate a la derecha de mi esposo. Lord Cambridge, usted se sentará a mi derecha y la señorita Philippa a mi izquierda.
La comida era simple, pero bien preparada. Había trucha saltada en manteca con una guarnición de berro; un pollo relleno con miga de pan, manzanas y salvia; medio jamón y un exquisito pastel de carne de caza con una corteza de hojaldre. El pan acababa de salir del horno y aún estaba caliente. No faltaban el queso ni la manteca, y los sirvientes se apresuraban a llenar los jarros con una excelente cerveza negra. Cuando terminaron la comida, trajeron tartaletas individuales de peras cocinadas en salsa de vino.
– Sabes presentar una mesa excelente -elogió Rosamund a la anfitriona.
– Lo aprendí de niña. Logan disfruta de la buena comida, al igual que sus hermanos.
– Me llama la atención que no se encuentren aquí.
– Últimamente suelen llegar tarde a comer -acotó el señor de Claven's Carn.
– Sus mujeres están celosas porque he tenido un niño tan lindo, aunque ellas ya tienen sus propios hijos. Ahora que estoy embarazada quieren seguir pariendo para no ser menos -Jeannie lanzó una risita-. Tampoco les gusta que me encargue del manejo de la casa, pese a que eran demasiado perezosas para llevar las riendas del hogar. Cuando pueden, no dudan en desobedecer mis órdenes y ponerme un pie encima… tú me entiendes. ¡Pero es imperdonable que no estén aquí para recibir a nuestros huéspedes, Logan!
– Mantente firme y terminarán por aceptar que eres tú quien manda, milady.
– Mi mujer no necesita de tus consejos -dijo el señor de Claven’s Carn de mala manera.
– ¡Logan! -Exclamó Jeannie, ruborizándose ante el exabrupto de su marido-. La dama de Friarsgate solo procura brindarme su apoyo. Y debo agregar que su consejo es sensato. No he querido hablarte del trato rudo e irrespetuoso que me han dispensado tus cuñadas, pero te aseguro que si se fueran a vivir a sus propios hogares, me sentiría de lo más feliz.
– No lo sabía, Jeannie -se excusó su esposo-. Pero corregiré la situación apenas pueda.
– No lo sabías porque yo no me quejaba. Ahora pídele perdón a la dama de Friarsgate.
– ¡De ninguna manera! -protestó ella-. Él no quería agraviarme sino protegerte, Jeannie. Lo comprendo porque mi Patrick hubiera hecho lo mismo.
– Perdóname, milady -dijo Logan, pese a las protestas de ella.
Rosamund aceptó las disculpas y luego se dirigió a la dueña de casa:
– Debemos partir temprano en la mañana. ¿Serías tan amable de indicarnos el lugar donde hemos de pasar la noche?
– Desde luego, milady. Por favor, síganme.
– Yo me quedaré en el salón un rato más -intervino Tom.