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– ¿De modo que se va a casar con el conde? -preguntó Logan, luego de cerciorarse de que las mujeres no podían oírlo.

– Sí.

– ¿A usted le agrada lord Leslie?

– Sí, me agrada. La ama profundamente y ella lo adora. Nunca vi una pasión igual en toda mi vida, Logan Hepburn. Y lo mejor que pueden hacer es casarse.

– Si usted lo dice, milord -replicó el señor de Claven’s Carn con tristeza-. Por mi parte, nunca dejaré de amarla.

– Lo sé. Pero el destino le ha dado una buena esposa, y Dios sabe que cumple con su deber. Dos hijos en dos años… no es posible pedir más de una joven. Es una excelente anfitriona y siente devoción por usted. Y permítame decirle algo: nunca su salón lució tan elegante como ahora. Trate de ser feliz. Nadie obtiene todo cuanto quiere en esta vida.

– Y usted, ¿qué ha obtenido de la vida, lord Cambridge?

Tom se echó a reír.

– Nada, hasta hace muy poco.

– Cuando decidió vivir en Otterly.

– Sí, efectivamente. Vendí mis tierras en Cambridge y encontré aquí una nueva familia, lo que me ha convertido en un hombre nuevo, Logan Hepburn.

– La familia es importante -coincidió el joven con aire sombrío-. ¿Cuándo es la boda?

– Nos reuniremos con el conde y su hijo el 1 ̊ de abril en la posada de El unicornio y la corona. Rosamund y Patrick esperan que el rey les permita casarse en su propia capilla y que la ceremonia la oficie el obispo de St. Andrew. La boda se llevará a cabo en algún momento de abril. Y su hijo, querido Logan, ¿cuándo vendrá a este valle de lágrimas?

– A principios del otoño.

– La verdad es que tiene usted un niño adorable. Por primera vez el rostro de Logan Hepburn mostró signos de animación.

– Sí, es un encanto de criatura -replicó con entusiasmo-. ¡Y tan fuerte! Cada vez que me agarra el dedo temo que lo descoyunte. Sonríe todo el tiempo. Evidentemente, ha heredado la dulzura de su madre.

– Usted es un hombre afortunado. Ahora dígame dónde debo apoyar mi cabeza, Logan Hepburn.

El señor de Claven's Carn lo guió a una pequeña alcoba, una de cuyas paredes daba contra la chimenea.

– No pasará frío, milord -le aseguró. Una vez que instaló a su huésped, regresó al salón y se sentó junto al fuego.

Su hijo ya no estaba en la cuna. Indudablemente una criada se lo había llevado a su madre para que lo amamantara. Lanzó un profundo suspiro. ¿Qué demonios le estaba pasando? Había paz en Escocia. Sus tierras prosperaban. Su esposa era dulce y tan fértil como una coneja. Tenía el ansiado heredero. Se preguntó por qué no era feliz, aunque conocía de sobra la respuesta.

Amaba a Rosamund Bolton. Siempre la había amado y siempre la amaría. Ninguna otra cosa le importaba. Era un secreto que se llevaría a la tumba, pues no deseaba herir a Jeannie con su perfidia. Por otra parte, la joven no constituía un problema, el problema era él. Volvió a preguntarse por qué había sido incapaz de comprender las necesidades de Rosamund. Hubiera bastado con decirle: "Te quiero con todo mi corazón" para que la joven lo aceptase. Presionado por su familia, se había limitado, en cambio, a parlotear acerca del futuro heredero en lugar de decirle que con sólo verla su pulso se aceleraba. Que no podía dormir de noche de tanto que la deseaba. Y ahora se casaría otra vez, aunque le había dicho que no deseaba contraer un nuevo matrimonio. ¿Por qué habría cambiado de parecer? La respuesta era obvia: amaba a Patrick Leslie, conde de Glenkirk. Lo amaba lo suficiente para alejarse de Friarsgate una parte del año. ¿Por qué se había enamorado a primera vista de Patrick Leslie y no de Logan Hepburn? Pero no tenía respuestas para esas preguntas.

A la mañana siguiente, Rosamund y sus acompañantes partieron de Claven's Carn después desayunar y de despedirse de sus anfitriones.

– No dejen de avisarnos cuándo piensan regresar. Queremos que pasen la noche aquí -ofreció amablemente Jeannie-. Estoy ansiosa por ver otra vez a tu apuesto conde, milady.

– Lo haremos -prometió Rosamund. Sonrió, agitó una mano en señal de despedida y luego cabalgaron colina abajo hasta llegar al camino que los conduciría a Edimburgo.

– Me gusta la dama de Claven's Carn -dijo Philippa-. Es muy agradable y me prometió que cuando volviera me dejaría tener al bebé en brazos.

– A mí también me agrada la dama de Claven's Carn -respondió Rosamund, pensando que para su hija todo constituía una novedad, y era comprensible su desmedido entusiasmo.

– Logan Hepburn es demasiado solemne, ¿no te parece? No lo recuerdo muy bien, mamá. ¿Fue siempre tan serio?

– No sabría decirte, Philippa, nunca llegué a conocerlo del todo.

– Me muero de ganas de ver a tío Patrick, mamá. ¡Estoy tan contenta de que sea nuestro nuevo padre! Banon y Bessie también están contentas, ¿sabes? -le confió a su madre.

– ¿Han hablado del tema entre ustedes? -inquirió sorprendida.

– Desde luego, mamá, somos niñas. Y la persona con quién te cases afectará nuestras vidas, no solo la tuya -respondiendo con gran sensatez.

– De tal palo tal astilla -murmuró Tom, conteniendo la risa.

– ¿Cuándo llegaremos a Edimburgo, mamá? ¿Tal vez hoy?

– No, mañana. Esta noche nos hospedaremos en la casa de lord Grey. Vive cerca de la ciudad, aunque no lo bastante cerca.

– Escocia no es muy diferente de Inglaterra -comentó, mirando con avidez todo cuanto la rodeaba-. Me alegra no estar en guerra con ellos, mamá. Pero, ¿qué pasará si el rey Enrique se pelea con el rey Jacobo?

– Roguemos al cielo que eso no ocurra, hija mía.

Un escalofrío le corrió por la espalda. Sin embargo, no permitiría que la idea de una posible guerra entre ambos países le arruinara el viaje. Tenía que sacársela ya mismo de la cabeza.

– ¡Vamos, Philippa, juguemos una carrera hasta la cima de la próxima colina! -Rosamund espoleó su corcel y partió a galope tendido, seguida de cerca por su hija en una encarnizada competencia.

CAPÍTULO 12

Llegaron a Edimburgo un gélido día de primavera. Era la primera ciudad que conocía Philippa y estaba deslumbrada, al igual que Lucy. Boquiabierta, contempló a un niño que pasó corriendo con una bandeja de bollos en la cabeza. Había mujeres vendiendo flores y hierbas, leche, huevos, crema o manteca que trozaban a gusto de los clientes. Había un hombre que ofrecía vasos de agua por unas monedas, un vendedor de pollos rodeado de jaulas y un pescador empujando una carretilla mientras pregonaba sus mercancías. Philippa Meredith jamás había visto algo semejante y no sabía dónde posar los ojos: todo le llamaba la atención. Rosamund observaba sonriente a su hija, pues le causaba gracia el asombro de la niña.

– ¡Oh, señora, mire! -dijo Lucy, señalando a un grupo de gitanos que hacían acrobacias en la calle con el propósito de recibir o robar algunas monedas.

Dejaron atrás a los gitanos y doblaron en Barley Lane donde se encontraba la posada convenida. Cuando llegaron al patio, los caballerizos los ayudaron a apearse y se hicieron cargo de las cabalgaduras. Tom le pagó a la custodia armada que los había acompañado desde Friarsgate, contando las monedas que le correspondían a cada uno e invitándolos con una ronda de cerveza. Los hombres le agradecieron y abandonaron la posada haciendo sonar las botas sobre el pavimento de piedra. Sin duda, preferían gastar la paga en alguna taberna menos costosa.

Rosamund sintió que el corazón se le desbocaba, como si fuera una virgen a punto de encontrarse con su primer amor. Tanto anhelaba volver a contemplar el bello rostro de Patrick. Apenas ingresaron en El unicornio y la corona, salió a recibirlos el posadero, un hombre alto, delgado y de apariencia distinguida.

– Bienvenidos, milord y miladis -saludó, haciendo una reverencia.

– ¿Ya llegó el conde y su comitiva? -preguntó lord Cambridge.

– Los están esperando, milord. Permítame que los acompañe.