Luego de conducirlos por un estrecho corredor, abrió una puerta y los hizo pasar a una habitación.
– Iré a buscar a lord Leslie de inmediato. El vino está en el aparador. ¿Las damas desean algo especial?
– Por favor, acompañe a mi hija y a mi sirvienta a nuestros aposentos -ordenó Rosamund con voz serena, mientras se arrodillaba para abrazar a Philippa-. Quiero recibir a Patrick a solas, ¿comprendes, palomita?
– Sí, mamá -contestó la niña obedientemente, y se marchó con Lucy y el dueño de la posada.
– Necesito algo de vino. El frío es más intenso cuando cae la tarde, prima. -Tom se encaminó al aparador, tomó una jarra de peltre y se sirvió una copa. Tras beber unos sorbos exclamó-: Vaya, vaya, no está nada mal. ¿Quieres un poco, Rosamund?
– ¿Y recibir a Patrick con aliento a vino? No gracias, querido. Prefiero calentarme a mi manera -replicó, poniéndose de pie y sentándose junto a la chimenea donde ardía un buen fuego.
Aguardaron en silencio unos minutos hasta que se abrió una puerta y entró un caballero que se dirigió de inmediato a la dama de Friarsgate, la tomó de ambas manos y se las besó, al tiempo que decía:
– Soy Adam Leslie y usted es Rosamund, la prometida de mi padre, ¿verdad?
El joven era alto y robusto como su progenitor, pero, a diferencia de Patrick, que tenía el cabello de color caoba oscura y los ojos verdes, su pelo era casi negro y sus ojos azules.
– Mi padre no exageró al describirla, señora, es usted adorable. -Luego se volvió para saludar a Tom-Usted debe de ser lord Cambridge -e hizo una reverencia.
Tom se inclinó a su vez sin decir una palabra, pues prefirió que fuera Rosamund quien formulase la pregunta que lo tenía sobre ascuas.
– ¿Dónde está tu padre, Adam Leslie? ¿Por qué no ha venido a recibirme?
– Está aquí, señora. Usted debe hacerse de coraje, por el bien de él.
– ¡Por el amor de Dios! ¿Qué ha sucedido? -inquirió la joven con voz temblorosa.
Adam se dejó caer en la silla situada frente a Rosamund y comenzó a dar las explicaciones del caso:
– Nunca vi a mi padre tan ansioso por llegar a Edimburgo. Parecía un jovenzuelo. Podríamos haber pernoctado a varios kilómetros de la ciudad, pero era imposible detenerlo. Quería arribar esa misma noche para asegurarse de que lo encontrarían aquí, si por casualidad llegaban hoy temprano en la mañana. No quería causarle ninguna preocupación, señora -explicó, y luego de una breve pausa, continuó-. El posadero nos sirvió una cena excelente y después nos retiramos a nuestras habitaciones. Esta mañana mi padre se despertó quejándose de un fuerte dolor de cabeza. Se incorporó en la cama, lanzó un grito y se desmayó. En este momento el médico lo está atendiendo.
Rosamund se levantó de un salto. Había empalidecido y temblaba como una hoja.
– ¿Dónde está? Es preciso que lo vea. ¡Llévame de inmediato, Adam Leslie!
Adam no opuso ningún reparo y se limitó a tomarla del brazo.
– Por favor, lord Cambridge, ¿tendría usted la bondad de acompañarnos?
Tom asintió. Caminaron por un corredor, subieron una escalera y Adam se detuvo ante la puerta de uno de los apartamentos destinados a los huéspedes distinguidos. La abrió y los hizo pasar. En ese momento, un hombre alto, de piel cetrina y vestido con una larga bata blanca acababa de salir del cuarto contiguo.
– Por fin ha vuelto, milord -exclamó, mirando con curiosidad a Rosamund y a Tom. -¿Esta es la dama?
– Sí, es la prometida de mi padre, señor Achmet-. Luego, se volvió a los Bolton y les explicó-Este médico fue enviado por el rey tan pronto como se enteró de lo ocurrido.
– ¿Cómo está el conde? -preguntó ansiosamente Rosamund. Su Palidez se había acentuado aun más y no podía controlar el temblor que sacudía su cuerpo.
El médico, advirtiendo la angustia de la joven, la condujo hasta una silla que estaba junto al fuego y se sentó a su lado. Después, le tomó la mano y con dedos expertos palpó su muñeca hasta encontrar el pulso.
– Es preciso que se calme, señora, su corazón late demasiado deprisa y eso no es bueno para usted. Milord, ¿sería tan amable de servirle a la dama un poco de vino? Cuando lo haya bebido, señora, hablaremos de la salud del conde.
Adam llenó una copa y se la alcanzó a Rosamund, quien la vació de un trago. Una vez más tranquila, volvió sus ojos ambarinos hacia el médico.
– El conde -explicó-ha sufrido un ataque de apoplejía. Aún esta inconsciente y no podemos evaluar las consecuencias. Es posible que se despierte en perfecto estado. Al parecer, los miembros no sufrieron daño alguno, pues responden a los estímulos. Pero puede despertarse y haber perdido la capacidad de hablar o con la memoria menoscabada total o parcialmente. Lo he visto en muchas ocasiones. O no despertarse en absoluto. Ese es mi diagnóstico, señora.
– ¿Todavía no lo ha sangrado?
– La sangría no es recomendable en este caso en particular, señora. El conde necesitará de todas sus fuerzas para recobrarse.
– ¿Cuándo cree que se despertará?
– No lo sé, señora -fue la honesta respuesta.
– Lo cuidaré yo misma.
– Sería lo más adecuado. En Edimburgo las mujeres que se dedican a estos menesteres no son muy competentes -admitió.
– Tom, envía un mensaje a Friarsgate y dile a Maybel que venga. No podemos quedarnos en la posada. Tú tienes una casa en Edimburgo, ¿no es cierto?
– Pensé que tú y Patrick podrían pasar allí unos días a solas después de la boda, mientras yo llevaba a Philippa a la corte y le mostraba la ciudad, de modo que la hice limpiar y ventilar.
– ¿Cuándo podremos trasladar al conde? -le preguntó Rosamund al médico.
– Luego de recuperar la conciencia.
– Adam -Rosamund se dirigió al hijo de Patrick-, perdóname por dar órdenes sin consultarte. Todavía no soy la esposa de tu padre. ¿Estás de acuerdo con estas medidas?
Adam cruzó la habitación y se arrodilló junto a Rosamund.
– Sé cuánto la ama mi padre y también sé que lo cuidará de la mejor panera posible, señora. -Le tomó la mano pequeña y fría y se la besó con gentileza.
– Gracias. ¿Qué debo hacer, señor Achmet?
– Procurar que esté cómodo y tranquilo. Humedecerle regularmente los labios con agua o con vino. Si es capaz de tragar, entonces dele a beber vino. Vendré dos veces por día a verificar el estado del paciente. Si llegara a producirse una emergencia, me encontrarán en el castillo o en mi casa, en la calle principal. Ahora debo retirarme.
Rosamund se puso de pie y se quitó la capa, que aún llevaba puesta. Luego se encaminó al dormitorio del conde.
Patrick yacía en la cama con los ojos cerrados, respirando acompasadamente. Salvo por la palidez, tenía el mismo aspecto de siempre.
– Oh, mi amor -susurró Rosamund mientras tomaba su mano y la estrechaba entre las suyas. La mano del conde estaba húmeda y sus dedos laxos no respondieron al suave apretón.
– Patrick, ¿puedes oírme? -le suplicó-. Oh, Dios, no me lo quites. Su hijo lo necesita. Glenkirk lo necesita. Líbranos de esta pesadilla, Señor.
El hombre tendido en la cama permanecía quieto y silencioso. Tom acababa de entrar en el dormitorio sin que Rosamund advirtiera su presencia.
– ¿Qué debo hacer con Philippa? ¿Se lo dirás tú o se lo diré yo?
Rosamund alzó la cabeza y lo miró perpleja, el rostro devastado por el sufrimiento.
– Díselo tú, yo no puedo.
– ¿Quieres que vuelva a Friarsgate con Lucy?
– No, pobre niña. Estaba tan esperanzada con este viaje. Además, ya escuchaste al médico. Patrick puede despertarse sin sufrir consecuencias adversas. Si la mando de vuelta, se perderá la boda y no visitará la corte, y es preciso que la lleves allí, Tom. Lo que no me explico -agrego-es cómo se enteró el rey de la enfermedad de Patrick. Se lo preguntaré a Adam.
– Ya me lo ha explicado, prima. El conde y el rey estaban en contacto por correo. Jacobo Estuardo había aceptado que se casaran en la capilla real y estaban haciendo los preparativos correspondientes. Apenas Patrick hubo llegado a Edimburgo, le envió un mensaje al castillo. Esta mañana, cuando el conde cayó enfermo, Adam le pidió ayuda al rey.