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– No. Primero te bañarás, Rosamund Bolton. ¡Uf, apestas! También te lavarás el pelo. Una vez aseada, te pondrás ropas limpias y comerás algo. Luego podrás sentarte junto a tu bien amado.

Por un momento Rosamund contempló la posibilidad de discutir con Maybel, pero se abstuvo sabiendo que perdería. Patrick estaba tranquilo, no tenía fiebre y había logrado sobrevivir un día sin ella. Una hora más no significaría nada.

– Sí, Maybel.

– Me alegra comprobar que aún sabes cómo comportarte ante la auténtica autoridad -la aguijoneó la vieja nodriza, al tiempo que lanzaba una estrepitosa carcajada.

La joven regresó a su cuarto y cerró la puerta tras de sí. Con la ayuda de Lucy se quitó las ropas que había usado durante casi diez días, pensando que jamás en su vida había descuidado tanto su persona. Le sorprendía que Tom no le hubiera dicho nada al respecto, pues tenía un ojo de lince y no se le escapaba detalle en lo tocante a la apariencia física. En ese sentido era un verdadero fastidio y a veces la sacaba de quicio. El agua fragante y tibia distendió sus doloridos músculos y suspiró aliviada.

– Pon a secar las sábanas junto al fuego, Lucy -le ordenó a la doncella, y comenzó a lavar su larga cabellera rojiza con un jabón perfumado.

Lucy le enjuagó y le escurrió el pelo después de cada lavado y, finalmente, lo recogió para que Rosamund pudiera dedicarse de lleno al aseo de su cuerpo. El agua había cobrado un sospechoso color parduzco y la joven no pudo menos de sorprenderse ante la mugre que había acumulado no solo desde su llegada, sino durante el viaje. Por último salió de la tina y Lucy la envolvió en un lienzo.

Se sentó al lado de la chimenea y dejó que la doncella le secara los brazos, las piernas y los hombros. Luego se soltó el cabello y comenzó a cepillárselo con la cabeza vuelta hacia el fuego a fin de apresurar el secado.

Lucy la ayudó a ponerse ropas limpias y Rosamund se sintió avergonzada por su desidia. En caso de haberse despertado Patrick, ¿qué hubiera pensado al verla con ese aspecto tan similar al de esas rameras desaliñadas que pululaban por ciertas calles? Sus dedos alisaron los pliegues de su vestido de terciopelo naranja. Se recogió el cabello, lo cubrió con una toca ribeteada en oro que hacía juego con el atuendo y se ajustó la cintura con una faja.

– La señora Maybel dice que ahora debe comer, milady. Ya he dado instrucciones a la cocina. Solo tengo que tirar del cordón y le traerán el almuerzo. ¿No es un invento maravilloso, milady?

– Lo es. Podríamos instalar uno de esos artilugios en Friarsgate y tal vez no te demorarías tanto tiempo en las cocinas.

– ¡Oh, milady! -se ruborizó Lucy.

Un criado golpeó a la puerta y entró con una bandeja. Luego de alcanzársela a Lucy, sacó la tina que estaba frente a la chimenea, colocó en su lugar una mesa y una silla y salió de la habitación.

Rosamund se sentó y empezó a comer. Su buen apetito no la sorprendía, pues prácticamente no había probado bocado desde su llegada a Edimburgo. El cocinero le había enviado un plato con cuatro suculentos langostinos cocidos al vino blanco, que ella se apresuró a ingerir antes de que se enfriaran. En la bandeja había, además, una gruesa rodaja de carne vacuna, un trozo de pastel de conejo, una pechuga de pollo asada, unas fetas de jamón, un alcaucil y arvejas frescas. Rosamund lo devoró todo. Untó con manteca lo que quedaba de la hogaza de pan y lo comió. Lucy la miraba con los ojos abiertos de par en par, y cuando su ama hubo arrasado con todo cuanto había en la bandeja, fue hasta el aparador a buscar el vino y lo escanció nuevamente en la copa de la dama.

Ella permaneció en silencio durante varios minutos y finalmente se puso de pie.

– Voy a ver al conde -le comunicó a Lucy, y se dirigió al cuarto contiguo.

Maybel levantó la vista del tejido.

– Ah, pero qué bonita te ves, descansada y limpia. El conde ha mostrado signos de desasosiego, aunque, en general, está bien -agregó mientras se incorporaba-. Ahora me toca descansar a mí, ya no soy tan joven como antes, palomita.

Rosamund se limitó a abrazarla con fuerza.

– Muchas gracias, Maybel.

– ¿Por qué? Eres mi ama, niñita. Me necesitaste y vine, eso es todo.

– Pero detestas viajar. ¿Recuerdas cuando fuiste…?

– ¿A Londres? Sí, me acuerdo muy bien -la interrumpió Maybel con una sonrisa-. Mas este viaje no fue tan malo como aquel otro. Además, siempre quise conocer Edimburgo.

Maybel se hizo a un lado y Rosamund se acercó a la cabecera del conde y posó los labios en su frente. No, no tenía fiebre. Después le acarició el cabello y mientras lo hacía, la nariz de Patrick comenzó a moverse como si estuviera olfateando, algo que nunca había hecho antes. De pronto abrió los ojos. Parecía incapaz de fijar la vista, pero sus ojos estaban abiertos. Luego extendió la mano y aferró la muñeca de Rosamund, que lanzó un grito de sorpresa.

– ¡Maybel, llama a lord Leslie! ¡El conde se está despertando!

Maybel salió corriendo del dormitorio en busca de Adam.

– ¡Milord, milord! ¡Su padre se ha despertado! ¡Venga rápido!

Adam, que se encontraba en el recibidor, subió la escalera en tres zancadas y casi se llevó por delante a la anciana cuando se precipitó al lecho donde descansaba su padre.

La vista del conde estaba empezando a centrarse, y al ver a su hijo, exclamó:

– ¡Adam! ¿Qué ha sucedido?

– Estuviste enfermo, padre. Pero ahora te pondrás bien. Rosamund no se ha movido de tu lado durante diez días.

– ¿Rosamund? -preguntó el conde con aire confundido.

– Sí, mi amor, soy yo -replicó Rosamund, a punto de llorar de alegría.

La confusión reflejada en el rostro de Patrick se acentuó aun más. Por último, dijo:

– ¿La conozco, señora?

Rosamund sintió como si una mano helada se hundiera en su pecho y le arrancara el corazón. Incapaz de guardar la compostura, dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas e instintivamente se apartó de la cama, pues la expresión confusa que había asumido el bello rostro de su amado le resultaba intolerable.

– No me conoce -murmuró, sin dirigirse a nadie en especial.

Maybel le aferró la mano con fuerza.

– Según el moro, recuperará gradualmente la memoria, una vez que recobre todas sus facultades. Acaba de despertarse. Lord Adam es su hijo. Y es lógico que reconozca primero a su hijo. Sé valiente, mi niña.

– ¡No soporto que no me recuerde!

– Soportarás lo que debas soportar -dijo Maybel con firmeza-. No puedes huir ahora, mi ángel. Nunca te has comportado como una cobarde. Piensa un poco: el conde sólo ha abierto los ojos. Dale la oportunidad de recuperar sus recuerdos. Los que han forjado entre los dos son tan preciosos que de seguro no podrá olvidarlos.

Rosamund aspiró una profunda bocanada de aire. Luego dijo:

– Debemos llamar al señor Achmet.

– De acuerdo -respondió Adam, acercándose a la joven-. Está cansado y confundido. Ahora dejémoslo descansar. Todo va a estar bien, Rosamund.

El joven la abrazó con el propósito de consolarla, pero al sentir sus fuertes brazos, ella perdió el control y se largó a llorar como si nunca fuera a detenerse.

– Me moriré si no me recuerda -sollozó.

Adam no respondió. No había nada que pudiera decir para confortarla. Recordó las opciones mencionadas por el doctor Achmet: el conde podía morir, recobrar total o parcialmente la memoria, o no recuperarla en absoluto. Él mismo estaba ansioso por saber cuánto recordaba su padre, pero al menos lo había reconocido. Adam no ignoraba cuan devastado se habría sentido si el conde lo hubiera mirado como a un extraño. Comprendía la angustia de Rosamund.

La estrechó fuertemente contra su pecho y le dijo que su padre terminaría por recordar a la mujer amada.

Durante unos segundos, creyó estar otra vez en brazos de Patrick. Suspiró suavemente, pensando que si levantaba la cabeza allí estaría él, sonriéndole y dispuesto a besarla.