Выбрать главу

– Patrick -murmuró en una suerte de éxtasis.

– ¡Acaba de una buena vez con esos maullidos!

La enérgica voz de Maybel la devolvió de inmediato a la realidad. No estaba en los brazos de Patrick Leslie sino en los de Adam, que estaba datando de consolar a su futura madrastra. Se tragó las lágrimas, pensando que el dolor la había trastornado, y haciendo un titánico esfuerzo pudo, finalmente, dejar de llorar.

– Lo siento, no era mi intención causar semejante alboroto.

Luego se encaminó a la puerta de su dormitorio con paso decidido Antes de cerrarla, se volvió y pidió a Adam:

– Avísame cuando llegue el médico, por favor.

Él asintió sin decir palabra. Lo inquietaba la reacción que había tenido cuando abrazó a Rosamund. De no haber estado Maybel, no hubiera resistido la tentación de alzar su adorable rostro bañado en lágrimas y besarlo.

– Es una reacción natural, milord -adivinó Maybel-. Ningún hombre se negaría a consolar a una mujer que llora de una forma tan lastimera.

– Pero yo quise besarla -respondió Adam con total franqueza.

– ¡Desde luego! Es la cosa más natural del mundo. Una bella mujer angustiada. ¿Qué hombre no hubiera querido besarla para aventar sus penas? -razonó Maybel, palmeándole cariñosamente el brazo.

– ¡Se va a casar con mi padre! -gimió el joven.

– Razón de más para confortarla -lo tranquilizó-. Y ahora, Adam Leslie, mande a buscar al médico y olvídese de este episodio.

Lo empujó fuera del cuarto y volvió a sentarse a la cabecera del conde de Glenkirk, que dormía plácidamente. Ojalá recordara a Rosamund al despertar. ¿Acaso la niña no había tenido ya suficientes desdichas en su vida?

El médico vino y despertó al conde.

– Todavía está débil, pero lo peor ha pasado. El rey se alegrará cuando se entere.

– ¿Y su memoria? -Preguntó Adam-. Por el momento, hay cosas que no recuerda.

– La memoria puede volver… o no -replicó el moro con una expresión inescrutable.

– ¡No se acuerda de mí! -se desesperó Rosamund.

Los negros ojos de Achmet la observaron con simpatía y comprensión mientras hablaba con ella.

– Honestamente, no me cabe en la cabeza que un hombre pueda olvidar a una dama como usted, pero es posible que no la recuerde sin embargo, acaba de despertarse. Dele un poco más de tiempo, señora -Luego se dirigió a Adam-Creo, milord, que limitaré mis visitas esta casa. Una vez por día será suficiente.

Cuando Tom y Philippa volvieron de la corte, la niña estaba exultante por todo lo que había visto.

– La reina dijo que soy igualita a ti, mamá.

Rosamund hizo un esfuerzo por sonreír.

– En efecto, hijita -replicó en un tono que traslucía su desánimo.

– Ahora vete, muñeca, y cuéntale a Lucy tus aventuras -invitó Tom, que había percibido de inmediato el malestar de su prima-. ¿Qué ha sucedido, preciosa? Hasta una muerta tendría un aspecto más vivaz que tú.

– Patrick se ha despertado.

– ¡Esa es una noticia maravillosa!

– No se acuerda de mí.

– Pues esa no es una noticia maravillosa.

– ¿Qué voy a hacer, Tom? ¡No puedo casarme con un hombre que no me conoce!

– Me crucé con el médico en la puerta de calle. ¿Qué dijo al respecto?

– Dice que puede recuperar totalmente la memoria o no. ¡Dios santo! La idea de que me haya olvidado me resulta intolerable. ¡Me moriré, me moriré si lo pierdo!

Tom suspiró, recordando lo que habían dicho Rosamund y Patrick cuando se encontraron por primera vez: su amor duraría para siempre, pero terminarían por separarse. En aquel momento, pensó que su prima estaba exagerando, pero, en realidad, se trataba de una premonición. Con todo, su amor los había llevado a creer que podrían permanecer juntos. Y ahora esto. Era espeluznante, pero nada podía hacer para consolarla.

– La reina quiere verte.

– ¡No puedo verla ahora! -gritó Rosamund.

– No puedes irte de Edimburgo sin darle tus respetos. Ella ha sido paciente contigo por la enfermedad de Patrick, pero el médico le dirá al rey que el conde ha recobrado la conciencia. Y, por consiguiente, la reina esperará que la visites lo antes posible. Es tu deber, mi bella prima. Están encantados con Philippa. La niña se sentó en el suelo del cuarto privado de la reina y jugó con el principito, quien ha empezado a caminar. Hoy cumplió un año, y cuando tu hija se enteró, no vaciló en sacarse la cadenita de oro y ponérsela al príncipe Jacobo. Fue un gesto encantador, muy apreciado por sus majestades. Philippa sabe, por instinto, cómo complacer a los encumbrados y poderosos. Dentro de unos años podremos llevarla a la corte de Enrique Tudor y conseguirle un marido noble. Rosamund lo miró con aire sombrío.

– Patrick no me reconoce -volvió a repetir como una sonámbula.

– Ten paciencia -le aconsejó Tom, sintiendo en carne propia el dolor de su prima-. Sé valiente. Siempre lo has sido, muchacha.

– Pero lo amo, Tom. Nunca quise ni volveré a querer a nadie con la misma intensidad. ¿Qué haré si no me recuerda, si no recuerda nuestro amor?

– Cuando llegue el momento veremos. Es todo cuanto podemos hacer en una situación como ésta.

Rosamund asintió lentamente con la cabeza.

Al principio, Rosamund no tuvo fuerzas para volver a cuidar al conde. Pero Tom y Adam la convencieron: su presencia podía ayudar a Patrick a recobrar la memoria. Sin embargo, no era una tarea fácil, pues él la trataba como a una perfecta desconocida, con cortesía, pero a la vez distante.

– Nos ha dado un buen susto. Me pregunto qué le hizo abrir los ojos, milord. Ya habíamos perdido las esperanzas.

– Un olor a brezo -respondió el conde.

Rosamund recordó que ese día se había bañado y lavado la cabeza con aceites y jabones aromatizados con esa esencia.

– Es su perfume, señora -advirtió él.

– Sí, siempre lo uso -dijo Rosamund, recordando cuánto había amado Patrick ese aroma cuando estuvieron en San Lorenzo.

– Pero esta tarde el olor es particularmente fuerte.

– Porque acabo de bañarme.

– Mi hijo me ha dicho que vamos a casarnos.

– Íbamos a casarnos -lo corrigió Rosamund.

– ¿No quiere desposarse conmigo, señora?

– ¿Cómo puedo casarme con un hombre que ni siquiera sabe quién soy? Si no recobra la memoria, milord, no habrá boda.

– ¿No desea usted ser condesa?-Rosamund se rió con amargura.

– No era mi intención casarme con usted para ser condesa. Y antes de que me lo pregunte, tampoco me interesaba su fortuna. Soy una mujer rica.

– Entonces, ¿por qué íbamos a contraer matrimonio? Tengo un heredero adulto y dos nietos. No necesito otros hijos.

– Usted no puede tener más descendencia, milord. Una fiebre lo dejó estéril hace muchos años -dijo, advirtiendo que había otras cosas que no recordaba de su pasado. Luego agregó -Nos casaríamos porque estábamos enamorados.

– ¿Enamorado a mi edad? -el conde se echó a reír, pero al ver la mirada de intenso dolor en el adorable rostro de la joven, se disculpó-. Perdóneme, señora. Simplemente me parece raro que un hombre de mis años se permita enamorarse de una mujer tan joven y bella. ¿Y usted me correspondía?

– Sí, lo amaba con todo mi corazón. Pasamos el invierno juntos, y a comienzos del verano usted volvió conmigo a Friarsgate. Fue allí donde decidimos casarnos. Viviríamos en Friarsgate durante la primavera, el verano y el principio del otoño, y el resto del año, en Glenkirk. Adam se había desempeñado muy bien en su ausencia y usted pensaba que podía confiarle el manejo de las tierras.

– Le creo, señora, pero no recuerdo nada de lo que me dice.

– ¿No recuerda su visita a San Lorenzo el invierno pasado?

– No. Además, nunca he vuelto ni volvería a San Lorenzo. Fue allí donde perdí a mi querida hija Janet.