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– Sin embargo, regresó. El rey necesitaba su ayuda y usted es un súbdito leal. Pasamos un maravilloso invierno y disfrutamos del comienzo de la primavera. Nuestros sirvientes, Dermid y Annie, se casaron allí con nuestra bendición.

– ¿Dermid More se casó? -El conde se mostraba genuinamente sorprendido. -¿Y por qué me envió Jacobo Estuardo de vuelta a San Lorenzo?

– Mi rey Enrique presionaba a su rey para unirse a la Santa Liga, cuyo propósito no era sino atacar a los franceses. Pero Jacobo era un viejo aliado de Francia y, por lo tanto, no podía unirse a la liga sin traicionar al rey Luis. Entonces, lo envió a usted con la esperanza de debilitar la alianza una vez que hubiera hablado con los representantes de Venecia y del Sacro Imperio Romano.

– ¿Logré mi cometido?

– No. El rey Jacobo no tenía muchas expectativas, pero pensó que era su obligación hacer el intento. De camino a Friarsgate, nos detuvimos en París para garantizarle al rey Luis la fidelidad de Escocia. -Rosamund hizo una pausa. -¿No recuerda nada de esto?

Patrick meneó la cabeza.

– Nada, señora. No puedo creer que haya vuelto a ese lugar.

– En realidad, lo hizo con renuencia. Pero lo hizo. Y fuimos felices en San Lorenzo.

– Lo siento, señora -se disculpó el conde, luego de un largo y embarazoso silencio-. Al parecer, he perdido la memoria.

– ¿Qué es lo último que recuerda? El volvió a menear la cabeza.

– Estaba en Glenkirk, creo… y el año era… 1511.

– Estamos en Edimburgo, en abril de 1513. Patrick la miró estupefacto.

– ¡1513! Entonces he perdido dos años de mi vida… aunque recuerdo perfectamente todo lo demás.

– Me alegra saberlo, milord -dijo la joven tragándose las lágrimas, pues de nada le hubiera valido llorar.

– ¿Cuándo piensa usted que estaré lo bastante recuperado para volver a Glenkirk, señora?

– Eso debe decidirlo el señor Achmet.

– Detesto a estos moros de piel oscura. Uno de ellos traicionó a mi hija. Era un esclavo.

– Es un hombre que goza de la confianza del rey, milord. Jacobo Estuardo lo envió tan pronto como se enteró de su enfermedad. Sus consejos y los cuidados que le prodigó han dado excelentes resultados. -Rosamund se puso de pie. -Ahora le conviene descansar un poco, milord, de modo que lo dejaré tranquilo.

– Me tratan como a un anciano. Supongo, señora, que se sentirá aliviada al librarse de mi persona. ¿Cuándo podré salir de esta bendita cama?

– Se lo preguntaremos al señor Achmet cuando venga -respondió la joven y se retiró de la alcoba.

Una vez en pasillo, exhaló un profundo suspiro. Sus esperanzas se habían desvanecido casi por completo, pues era evidente que él no volvería a recordar los dos años que pasaron juntos. Se sintió más vacía y más sola que nunca. Y las palabras del conde: "Supongo, señora, que se sentirá aliviada al librarse de mi persona", dichas al pasar y en un tono casi frívolo, le habían roto el corazón.

El 29 de abril Philippa Meredith cumplió nueve años. Al conde de Glenkirk se le permitió bajar al salón para estar presente en la cena de cumpleaños. Había caminado varios días en el dormitorio y parecía haber recuperado al menos la fuerza física. La niña se sintió intimidada por el conde, pues la trataba como a una extraña. Aunque le resultaba difícil comprenderlo, se comportó con él de una manera impecable. Con tantas penas y ajetreos, nadie recordó que al día siguiente, el 30 de abril, Rosamund cumpliría veinticuatro años.

Se hicieron planes para el regreso de los Leslie a Glenkirk y de Rosamund y su familia a Friarsgate. Lord Cambridge acompañó a su prima a visitar a la reina. Margarita Tudor ya estaba al tanto de la situación. La recibió con los brazos abiertos y la condujo a sus aposentos privados. No había nada que pudiera decir o hacer para ayudar a su amiga en esas terribles circunstancias. Las dos mujeres se abrazaron.

– Ruego a Dios que nunca sientas un dolor tan lacerante como el mío.

– ¿Es cierto que perdió por completo la memoria? No por completo. Se acuerda de todo, salvo de los dos últimos años según el señor Achmet, tal vez algún día los recuerde. Es mi única esperanza, Meg.

– Rogaré para que así sea y rogaré por ti, querida Rosamund.

Trajeron al príncipe Jacobo y se lo mostraron a la dama de Friarsgate. Era un niñito saludable y pelirrojo, nada parecido a los Tudor. La visita llegó a su fin y Rosamund se despidió de la reina.

– Pronto habrá guerra. Cuídate, querida Rosamund.

– ¿Realmente lo crees? -preguntó la joven.

– Mi hermano no escuchará razones. Ya sabes cuan tozudo es. Con su condenada Santa Liga ha puesto a Escocia entre la espada y la pared -suspiró-. Tú estarás a salvo, pero mantente alerta -dijo, sacándose un anillo del dedo-. Si los escoceses invaden tus tierras, muéstrales el anillo y diles que te lo dio la reina de Escocia. Te librará de cualquier asedio.

A Rosamund se le llenaron los ojos de lágrimas.

– Gracias, Su Alteza -dijo dirigiéndose formalmente a Margarita Tudor, reina de Escocia.

"Maldita sea -pensó-últimamente no hago más que llorar". Las dos mujeres volvieron a abrazarse y Rosamund, luego de retirarse de los aposentos privados de Su Majestad, abandonó la residencia real.

CAPÍTULO 13

Rosamund regresó a la casa de su primo. Era 2 de mayo y ya tenía todo listo para partir al día siguiente. Ambas familias se irían a la mañana. Los Leslie hacia el noreste, a Glenkirk; y los Bolton, hacia el sudeste, a Friarsgate. Adam percibió la desolación que sentía Rosamund y cómo trataba de ocultarla ante los demás, en especial ante su pequeña hija. Después de que todos se fueron a dormir, se sentó junto a ella en el salón.

– Si recobra la memoria, enviaré por usted -le prometió.

– El instinto me dice que jamás la recobrará. Desde aquel dichoso momento en que se cruzaron nuestras miradas, supimos que nos habíamos amado en otro tiempo y otro lugar y que volveríamos a amarnos. Pero también supimos o, mejor, presentimos que no permaneceríamos juntos en esta vida. Sin embargo, a medida que crecía nuestro amor, esa premonición se fue ocultando en algún rincón de nuestra mente. Pero el destino intervino, Adam. Estaba escrito que tu padre y yo no viviríamos juntos por siempre. Es imposible escapar del destino. Tu padre pasará el resto de sus días sin poder recordar los meses gloriosos que compartimos ni nuestra pasión. Y yo, Adam, nunca lo olvidaré. Ese es mi castigo por desafiar a los hados -concluyó, afligida.

– Tal vez vuelva a recordar… -insistió Adam.

– Eres igual a tu padre -sonrió la joven con tristeza. Acto seguido, se puso de pie y se retiró a sus aposentos.

Llegó la mañana. Una vez más se reunieron todos en el salón para desayunar. Luego, ya listas para partir, ambas familias se dispusieron a despedirse. Era una situación en extremo embarazosa. Tomando la iniciativa, Rosamund se acercó a los Leslie y extendió la mano a Adam, que se la besó.

El conde le brindó una parca sonrisa.

– Gracias por cuidar de mí, señora -la saludó y también besó su mano enguantada.

Rosamund acarició la hermosa cara de Patrick.

– Adiós, amor mío -susurró, y escudriñó su rostro por última vez en busca de una reacción, una señal, algo. Cualquier cosa. No vio nada Dejó caer su mano, dio media vuelta y salió por la puerta principal Afuera la esperaba su caballo. Lo montó sin ayuda de nadie. Escuchó detrás de ella las voces de Tom y Philippa saludando a los Leslie. Finalmente, la joven y su comitiva bajaron por el sendero de entrada y tomaron la calle principal.

Adam se quedó mirándolos hasta que desaparecieron tras una curva.

– ¿No recuerdas nada, padre? ¿Nada?

– Nada. Ojalá pudiera, porque es una dama realmente encantadora, pero no logro recordar. No estoy fingiendo y mi último deseo sería engañar a esa mujer. Vamos a casa, Adam. Siento que hace siglos que me ausenté de Glenkirk.