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Tom había contratado a dos docenas de hombres armados para que los escoltaran durante el viaje. A medida que avanzaban por la carretera, Rosamund se sentía más ansiosa por llegar a Friarsgate. El primer día ordenó apurar la marcha sin detenerse hasta que se pusiera el sol y la luz del crepúsculo cubriera la tierra. Pasó de largo la confortable posada que había elegido Tom para pernoctar y tuvieron que refugiarse en el establo de un granjero, sin siquiera recibir una cena frugal.

– No puedes tratar así a estos hombres -le recriminó Tom, enojado.

– Necesito llegar a casa. ¡Moriré ahora mismo si no regreso a casa!

– Philippa no puede dormir encima de una parva de heno. No tenemos nada para comer, ¡maldición!

– Dale unas monedas a la esposa del granjero y les preparará algo de comer.

Por lo bajo, Tom lanzó una sarta de palabrotas.

– ¡No te conocía ese vocabulario, primo! -rió Rosamund sin la menor alegría.

A la mañana siguiente, Tom pagó a la esposa del granjero más dinero del que esta había visto en su vida para que los alimentara. Pese a la buena voluntad y el esfuerzo de la mujer, la comida resultó poco sustanciosa. Rosamund casi no probó bocado y ordenó a los demás que se apresuraran.

Sin que le dijeran nada, dos hombres armados subieron de un salto a sus caballos y corrieron detrás de ella, mientras el resto de la guardia terminaba de comer.

– ¿Qué diablos le ocurre? -preguntó Tom a Maybel mientras cabalgaban juntos.

– La angustia ha consumido sus fuerzas y solo podrá recuperarlas en Friarsgate. Espoleará a su caballo hasta agotarlo con tal de llegar a casa.

– Pero ni Philippa ni Lucy podrán seguirle el ritmo.

– Yo haré lo que tenga que hacer. Philippa y Lucy son jóvenes y sobrevivirán. Todos llegaremos sanos y salvos a Friarsgate.

Al mediodía Tom logró convencer a Rosamund de detenerse en una posada confortable para que los animales pudieran descansar. Luego, ordenó un abundante almuerzo para todos, pues sabía que la joven los obligaría a cabalgar a galope tendido hasta que cayera la noche. También sabía que se estaban acercando a la frontera.

– Podemos pernoctar en Claven's Carn -sugirió Tom.

– De ningún modo -replicó su prima con frialdad-. No me detendré allí.

– Entonces hagamos un alto aquí. Ayer cabalgamos hasta el límite de nuestras fuerzas.

– No. Pasaremos Claven's Carn y mañana al mediodía estaremos en Friarsgate.

– ¡Demonios, Rosamund! Sabes muy bien que entre Claven's Carn Y Friarsgate no hay ningún sitio donde descansar. Dormiremos en el campo, si es necesario.

– ¿Acaso pretendes que Maybel, Lucy y Philippa duerman en el Pasto? -gritó Tom con la cara roja de ira.

– Si no hubieras tenido la peregrina idea de invitar con vino y comida a todo el mundo, ahora estaríamos mucho más cerca de Friarsgate.

– ¡Te has vuelto loca!

– ¡Necesito regresar a casa, Tom! ¿Es tan difícil de entender?

– ¡No, pero nos matarás a todos con tu maldita obstinación! Pasaremos la noche en Claven's Carn, ¡y no se hable más!

– Vayan ustedes. Yo no iré -replicó, implacable.

Como solía suceder en primavera, el tiempo cambió abruptamente El cielo, que a la mañana había estado despejado, se llenó de nubes y, al caer el sol, comenzó a lloviznar. A lo lejos, divisaron las dos torres de Claven's Carn, que perforaban el plomizo cielo del crepúsculo.

– Descansaremos allí esta noche -dijo Tom al capitán de la patrulla armada-. Diga a uno de sus hombres que se adelante y solicite albergue para lady Rosamund antes de que cierren los portones.

– ¡A sus órdenes, milord! -obedeció el capitán y llamó a uno de los guardias.

– El señor Logan Hepburn no va a negarnos su hospitalidad -susurró Tom a Maybel.

– No, y su esposa tampoco. Pero te advierto que tu prima se enfadará contigo y no dará el brazo a torcer. La conozco de toda la vida y sé que cuando se le mete algo en la cabeza no hay nada que pueda doblegar su voluntad. Sin embargo, confieso que nunca la vi tan obstinada como ahora. Mientras haya un hilo de luz insistirá en continuar el viaje.

– Los caballos no resisten más.

– Entonces ve y trata de hacerla entrar en razones.

Tom azuzó su corcel y se adelantó para alcanzar a su prima.

– Rosamund, sé razonable, te lo suplico… -La joven cabalgaba con la mirada fija hacia delante. -Si no sientes piedad por los jinetes, apiádate al menos de los caballos. Están exhaustos y necesitan descansar.

– Nos detendremos cuando hayamos pasado Claven's Carn y atravesado la frontera. Aún no es de noche, Tom. Podemos avanzar unas cuantas leguas antes de que la oscuridad nos impida ver el camino.

Lord Cambridge apretó los dientes, tratando de mantener la calma, y en un tono neutro le explicó:

– No discutiría contigo si el tiempo ayudara, pero está lloviendo cada vez más. Será una de esas lluvias de primavera que duran toda la noche. No puedes obligar a Maybel, Lucy y Philippa a cabalgar bajo el agua. Además, piensa en los animales. No habrá luna hoy, prima, ¿cómo haremos para ver el camino en la oscuridad? Si no nos refugiamos en Claven's Carn nos calaremos hasta los huesos y alguno de nosotros podría morir de pulmonía.

– Los hombres iluminarán el camino con antorchas.

– Sé que estás sufriendo, Rosamund… -empezó a decir Tom, pero su prima levantó la mano con firmeza y lo hizo callar.

– Quédense en Claven's Carn, si así lo desean. Yo pienso seguir.

– ¿Qué problema hay en que pernoctemos allí?-alzó la voz su primo, incapaz de contener su enojo e impaciencia-.De todos modos, no llegaremos a Friarsgate hasta mañana.

– Llegaré antes si no me detengo.

– ¡Te has vuelto rematadamente loca! -exclamó. Luego hizo girar su caballo y volvió al lado de Maybel. -Dice que nosotros podemos quedarnos en Claven's Carn, pero que ella continuará el viaje.

– No te preocupes, milord. Deja que lo crea. Le pediremos al amo de Claven's Carn que vaya tras ella y la convenza de refugiarse en su casa. No vacilará en hacerlo, pues sigue enamorado de Rosamund, por más buena que sea su esposa.

– No digas disparates, Maybel. ¡Mi prima detesta a Logan Hepburn! Si le dice que venga, ella se irá; si le dice que doble a la derecha, ella doblará a la izquierda.

– Es cierto, es cierto. Pero el señor jamás permitirá que su amada cabalgue en medio de la tormenta, aunque la muy terca se resista. Ya Verás cómo la trae de vuelta -aseguró Maybel y soltó una carcajada.

– Eres una vieja ladina.

– Conozco muy bien a mi niña.

Cuando llegaron al camino que subía la colina donde se hallaba Claven's Carn, vieron que se acercaba el guardia que había sido enviado para solicitar albergue. Rosamund ordenó a la comitiva que detuviera la marcha.

– El señor y su esposa les dan la bienvenida -anunció el hombre. Necesito que dos de sus guardias me acompañen e iluminen el camino con antorchas -ordenó la joven al capitán-. Quiero avanzar lo máximo posible esta noche. El resto de sus hombres puede irse con mi primo, mi hija y las mujeres.

El capitán hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Señora, nos contrataron para escoltarla hasta Friarsgate, y eso haremos, sin duda. Pero no expondré a mis caballos a una muerte segura, que es lo que hallarán si andan toda la noche bajo la lluvia, sin alimentarse ni descansar como es debido.

– Le daré nuevos caballos.

– Matará a mis hombres. ¡La respuesta es no! Mire a su alrededor señora. Esa neblina que está cubriendo las colinas muy pronto se convertirá en una densa niebla y ya no se podrá ver nada, ni siquiera con una antorcha. Le aconsejo quedarse aquí.

– No me detendré ahora. Deme una antorcha y continuaré el viaje sola.

Tom sentía que la cabeza le iba a estallar, pero, de pronto, recordó las palabras de Maybel.