Debía continuar, no tenía alternativa. Las responsabilidades la reclamaban: Friarsgate, Philippa, Banon y Bessie. Podía llorar su pena en la soledad de su alcoba, pero tenía que ocuparse de sus tierras y sus hijas.
Cuando regresó a la casa, la estaba aguardando el tío Edmund.
– Será un día espléndido. ¿Ya has comido, tío?
– No.
– Entonces, desayunemos juntos.
– ¿No deseas asistir a misa primero?
– Hoy no. Siéntate.
– Mientras estabas fuera llegó este mensaje para ti y me tomé el atrevimiento de responderlo -informó Edmund tendiéndole la carta. Rosamund la abrió y leyó el contenido. -No tengo tiempo para ver al rey en estos momentos. -Parece más una orden que una amable invitación, sobrina. -Iré dentro de unos meses. -No debes desoír la orden del rey.
– Lo sé. Iré al palacio después de la cosecha y regresaré antes del invierno. No quiero alejarme otra vez de Friarsgate.
– Me pregunto qué querrá el rey Enrique de una simple campesina.
– Yo también me lo pregunto.
Evidentemente, Enrique no la quería para saciar su apetito carnal. En la corte había miles de mujeres dispuestas, si no ansiosas, a satisfacer sus deseos. Entonces, ¿por qué motivo había enviado por ella? Tras cavilar unos instantes, creyó hallar la respuesta. Cuando Tom le contó a lord Howard que Rosamund era su prima y que había estado en la corte durante su infancia, el embajador inglés comenzó a atar cabos. Fuera como fuese, Enrique Tudor tendría que esperar hasta que estuviera lista y con fuerzas suficientes para emprender un nuevo viaje. No estaba en condiciones de enfrentarse con su rey en esos momentos.
Pasó un mes y empezó junio. Desde el sur llegaban noticias de que el rey de Inglaterra había partido hacia Francia con un gran ejército de dieciséis mil hombres, caballos y toda la artillería necesaria para las batallas venideras. Enrique VIII esperaba la contienda con una ansiedad infantil. Pero los consejeros estaban nerviosos porque el monarca no tenía herederos. ¿Qué pasaría si moría en combate? ¿Inglaterra volvería a desangrarse en una guerra civil?
El verano transcurrió de manera pacífica en Friarsgate. Tom pasó la mayor parte del tiempo supervisando la construcción de su nueva casa en Otterly. De vez en cuando visitaba a Rosamund y contaba anécdotas divertidas sobre la obra. La nueva residencia estaría lista para ser habitada a fines de otoño, pero los sirvientes ya se habían trasladado desde Londres e instalado en la casa a medio construir, llevando carros repletos de muebles y adornos.
Lord Cambridge llegó a Friarsgate deseoso de contar las últimas novedades. Por orden del rey, los orfebres de Londres habían fabricado magníficos arneses y arreos para el corcel de guerra de Enrique Tudor, que costaban lo mismo que veinte piezas de artillería de bronce. Además, se habían gastado mil libras en medallas, insignias, broches y elegantes cadenas, todos hechos con oro macizo, de manera que, cuando el monarca se quitara la armadura y la túnica de cruzado, su casaca real resplandeciera como un sol. El emperador Maximiliano le había enviado una ballesta de plata dentro de una caja bañada en el mismo metal. Y también las armas del monarca ostentaban un lujo formidable.
– ¡Me muero de rabia por no haber visto todo eso con mis propios ojos! -se lamentó Tom.
– Enrique siempre fue muy celoso de su apariencia, y no me extrañaría que gastara el tesoro de su padre con tal de lucir espléndido.
Hay más, querida niña. Se instalaron fábricas de cerveza para abastecer al ejército y la armada, y se contrataron no sé cuántos cerveceros, molineros y toneleros. Llegaron a elaborar cien toneladas por día.
Una vez llenados los barriles, los metían en unas profundas trincheras y las cubrían con tablones, encima de los que echaban, además, turba. Pese a la generosidad del rey, los soldados se quejaron de que la cerveza era demasiado agria y pidieron que les mandaran la de Londres, pero también les resultó agria. Sospecho que la culpa la tiene la excesiva humedad de la costa. De todos modos, la flota partió con sus hombres sus caballos y su agria cerveza, y llegó a Francia sana y salva.
– Entonces Enrique ha de estar muy entretenido y no notará que no he respondido a su llamado.
– Pero en algún momento tendrás que asistir a la corte. Yo te acompañaré, querida. No te dejaré en manos del rey ahora.
Luego se enteraron de que el rey había llegado a sus posesiones de Calais, donde los ciudadanos lo habían acogido con fervor y algarabía. Sin embargo, al poco tiempo Enrique se encontró con que era el único defensor de la Santa Liga. Su suegro, el rey Fernando de Aragón, se negaba a abandonar España con la excusa de que estaba "demasiado viejo y demasiado loco para soportar una guerra". En realidad, como se supo más tarde, Fernando era un enfermo de avaricia que no estaba dispuesto a dilapidar dinero en una guerra que otros podían pelear por él. Venecia no envió tropas, y en esa ciudad se rumoreaba que hasta el Santo Padre había adoptado una posición neutral, ya que la tan planificada ofensiva papal contra Provence y Dauphine jamás se llevó a cabo. El Sacro Imperio Romano mandó algunas tropas, pero eran pagadas por Inglaterra. No obstante, Margarita de Saboya, la hija de Maximiliano, seguía desafiando a Francia a viva voz y amenazando con destruirla pues, alegaba, contaba con la protección de las lanzas de Enrique VIII
A fines de julio los ingleses se marcharon de Calais y avanzaron sobre el territorio francés. Una exitosa escaramuza cerca de Saint-Omer atizó el entusiasmo de las tropas. El 10 de agosto llegaron a los muros de Thérouanne y sitiaron la ciudad. Diez días después, un heraldo llevo un mensaje del rey de Escocia, cuñado de Enrique Tudor y viejo aliado de Francia. Jacobo ordenaba a los ingleses que no solo se retiraran de Thérouanne sino de Francia, y que regresaran a su país. Advertía además que, de no cesar las hostilidades, muy pronto estallaría la guerra entre Inglaterra y Escocia.
La respuesta de Enrique Tudor fue clara y contundente: "Comuníquele a su amo que ningún escocés me dirá lo que debo hacer". A medida que aumentaba el auditorio, fingía más indignación ante las amenazas de su cuñado: "Y adviértale que, si se atreve a invadir mi reino o a poner un pie en mis tierras, se arrepentirá profundamente de haberme desafiado".
El rey Tudor sabía que su esposa, quien se desempeñaba como regente, y sus mariscales en Inglaterra eran capaces de manejar cualquier conflicto que se suscitara con Escocia. Por lo tanto, podía dedicar todos sus esfuerzos a continuar la guerra en Francia.
El 16 de agosto los dos bandos enemigos se enfrentaron cerca de la ciudad de Guinegate. Los ingleses iniciaron el ataque sorprendiendo a los franceses, que no los esperaban tan pronto. La embestida causó un gran revuelo entre las tropas galas y empezó a cundir el pánico. Los franceses emprendieron la retirada a todo galope, dejando sus estandartes, sus armas e, inexplicablemente, sus espuelas. Los ingleses los siguieron y obtuvieron una gran victoria que se conoció con el nombre de la Batalla de las Espuelas. Luego tomaron Thérouanne y avanzaron hacia Lille, donde Enrique Tudor visitó a Margarita de Saboya. Fue agasajado con una majestuosa fiesta en la que sedujo a todo el mundo, tocando cuanto instrumento le ofrecieran, mostrando sus habilidades con la ballesta de plata y bailando descalzo hasta el amanecer.
Tras un merecido descanso, el rey de Inglaterra procedió a tomar la ciudad de Tournay, fortificada con una doble muralla y noventa y nueve torres. Luego se apoderó de otras cinco ciudades amuralladas. En otoño, cuando Enrique Tudor regresó a su país, ya no era considerado un enfant terrible por el resto de los soberanos. Se había convertido en el Gran Enrique, cuyos triunfos y hazañas no solo se difundieron en Inglaterra sino que llegaron hasta Estambul, la capital del Imperio Otomano. Era un hombre respetado en el mundo entero.