Antes de que se conocieran todos esos acontecimientos, Rosamund recibió un mensaje de la reina de Escocia. Margarita era consciente del Peligro que se avecinaba. Conocía los planes de su esposo y sabía que su arrogante y astuto hermano lo había conducido a una situación de la que había una sola escapatoria: la guerra.
Recoge la cosecha y no te alejes de Friarsgate. No creo que ninguno de los ejércitos pase por tus tierras, pero ten mucho cuidado de quienes anden rondando por la frontera, en especial de los desertores. Dios te proteja, amiga mía, y proteja a tus seres queridos de esta tormenta que se cierne sobre nosotros. Estoy embarazada de nuevo. Volveré a escribirte en cuanto me sea posible.
La carta estaba firmada con un simple "Meg".
Rosamund transmitió la información a su familia y a los pobladores de Friarsgate.
– Debemos vigilar las colinas en busca de invasores o agitadores -afirmó y, mirando a su tío, le dijo-: Haremos guardia las veinticuatro horas del día, Edmund.
– ¿Desea enviar una respuesta a Su Alteza? -preguntó el joven mensajero.
Rosamund asintió.
– Pasarás la noche aquí, muchacho, y partirás cuando salga el sol. Te detendrás en Claven's Carn y le dirás al señor Logan Hepburn que la guerra entre Escocia e Inglaterra es inminente.
– Veo que ha cambiado tu actitud hacia los Hepburn -observó Tom.
– Me preocupa su esposa, Tom, pues dará a luz muy pronto. Más allá de lo que hagan los reyes, Logan es mi vecino, y los fronterizos pertenecemos a una casta especial que trasciende las nacionalidades.
– Me quedaré contigo, querida. Si la reina tiene razón y la guerra está a punto de estallar, es probable que invadan por el sudeste. No creo que lleguen hasta aquí, pero, de todas formas, es bueno contar con la protección de Margarita en caso de que los escoceses crucen la frontera en esta región.
– Me sentiré más tranquila si te quedas, Tom. Ojalá que Meg esté equivocada. A los escoceses no les va bien cuando pelean con Inglaterra. Y ya conocemos a Enrique. Si Jacobo tiene la suerte de vencerlo, Inglaterra no descansará hasta vengar la ofensa y entonces viviremos en una guerra perpetua de la que Friarsgate no podrá escapar. ¡Maldito Enrique Tudor! ¿Por qué no se parecerá a su padre? Oh, Tom, ¿crees que Patrick responderá el llamado del rey Jacobo?
– Creo que Adam intentará que su padre, recién recuperado de un ataque cerebral, no sea admitido en las filas del rey. ¿Por qué se inició esta guerra, Rosamund?
– No lo sé, Tom -contestó la joven-. Pienso que la mayoría de las guerras se inician por nada.
CAPÍTULO 14
Logan Hepburn se quedó mirando la nueva tumba del cementerio familiar. Todavía resonaba en sus oídos la voz de Jeannie suplicándole que no la abandonara. Pero él no pensaba abandonarla, sólo iba a cumplir con sus deberes hacia Escocia.
Siguiendo las instrucciones de Rosamund, el mensajero enviado a Friarsgate por la reina Margarita había pasado por Claven's Carn e informado sobre el inminente estallido de la guerra.
A su vez, el jefe del clan, Patrick Hepburn, conde de Bothwell, había respondido al llamamiento del rey a tomar las armas. Un súbdito leal debía acatar las órdenes reales, sobre todo si, como Logan, estaba emparentado con uno de los mejores amigos y más fieles defensores del soberano.
El señor de Claven's Carn había reunido a sus hermanos Colin e Ian y a veinticinco hombres más. Cuando Jeannie se enteró de que su esposo planeaba ir a la guerra, entró en desesperación y no había manera de calmarla. Como estaba a punto de dar a luz, Logan decidió hacerle compañía unos días más, hasta que se habituara a la idea de su partida. Entretanto, envió a sus hermanos con veinte hombres y designó al mayor, Colin, como capitán en su ausencia.
– Tu propio padre y tus hermanos pelearán por el rey. No me queda otra alternativa que acudir; de lo contrario, me tildarán de traidor y la vergüenza caerá sobre el conde de Bothwell.
– No me enseñaron estas cosas en el convento -lloró Jeannie.
– Hemos tenido la suerte de gozar de un largo período de paz, pero cuando el rey llama a sus súbditos, hay que presentarse sin dilaciones. Inglaterra es nuestro enemigo más acérrimo y más antiguo.
– ¡Pero ellos no nos han atacado! ¿Por qué vamos a invadir suelo inglés? No lo entiendo, ¡explícame por qué tienes que irte ahora!
– Creo que el objetivo de Jacobo no es invadir Inglaterra sino obligar a Enrique Tudor a regresar a su país y poner fin a la guerra contra el rey Luis. Al ver que su reino está amenazado, Enrique abandonará Francia y volverá a su patria para defenderla. Cuando eso suceda, nuestro soberano se retirará de la contienda e iniciará las negociaciones de paz. No correremos ningún peligro, te lo prometo.
– No hay guerras sin víctimas, Logan. Aun cuando el ejército inglés no se aventure tan al norte, sus ciudadanos combatirán contra los escoceses y habrá muchas muertes. Temo por tu vida y por nuestros hijos, que crecerán sin padre.
– Debo partir -dijo con firmeza. No podía perder más tiempo tratando de consolar a su mujer.
– Lo sé. Pero aun así no quiero que me dejes.
– ¡Mis hermanos y mis hombres me llevan una semana de ventaja, Jeannie! Siento vergüenza de no estar con ellos. ¿Te parece una buena lección para el pequeño Johnnie? ¿Quieres que aprenda a ser indiferente en tiempos de guerra?
– ¡No, claro que no!
– Entonces déjame ir, pequeña, o traeré vergüenza sobre mi apellido. Y una mancha de esa índole es muy difícil de borrar.
– ¡Márchate, Logan, márchate antes de que el pánico vuelva a apoderarse de mí! ¡Vete ahora mismo!
– Les prometí a mis hermanos que Maggie y Katie vivirían aquí con sus hijos.
– Sí, por supuesto. Es el sitio más seguro para ellas.
Logan salió del salón sin siquiera darle un beso de despedida, tan ansioso estaba por escapar, alcanzar a Colin e Ian y experimentar el vértigo de una invasión. Luego de reunir a los cinco hombres restantes, emprendieron la partida, sin saber lo que les depararía el futuro.
Jacobo Estuardo había gastado gran parte de su fortuna personal en siete grandes piezas de artillería -llamadas las Siete Hermanas-que pensaba usar para disciplinar a los ingleses y mostrarles su poderío. Enrique Tudor pelearía solo, pues el Papa se había enterado de que el sultán turco estaba planeando una gran campaña contra Europa occidental y había solicitado a Jacobo que mediara entre la Santa Sede y Luis XII de Francia. El pedido llenó de satisfacción al rey de Escocia, pero los ingleses no permitían que los emisarios escoceses pasaran por sus territorios. Aunque aceptaban de buen grado recibir al embajador en Londres, éste no podía ir más allá de la ciudad, con lo que su misión carecía de sentido. Tudor consideraba que la guerra contra Francia era una guerra santa, aun cuando el propio Papa ya no opinaba lo mismo. Enrique VIII sabía lo que era correcto, y además el Sumo Pontífice le había escrito que ya no quería que Jacobo Estuardo actuara como intermediario entre la Santa Sede y Francia. Como carecían de pruebas, Jacobo y sus consejeros dudaban de que esa fuera la voluntad del papa Julio.
Los escoceses no volvieron a tener noticias de él y lo atribuyeron a las maniobras del cardenal inglés, que era ahora su consejero. Inglaterra y Escocia se enfrentarían solas, sin ayuda de otros países. Tras muchos años de servir con devoción a la cristiandad, el Papa había reemplazado a Jacobo Estuardo por un hombre más joven y con ingentes cantidades de oro, que Enrique Tudor usaba para comprar influencias. Los venecianos se estaban preparando para defenderse de un eventual ataque de los turcos. El taimado y mendaz rey Fernando seguía excusándose. Francia estaba en guerra con Inglaterra y Escocia debía arreglárselas por su cuenta.
El conde de Hume fue enviado a allanar el terreno de las fortalezas en la frontera con Northumbria. Y así lo hizo, pero perdió a un tercio de sus hombres a manos de los ingleses por no haber arrancado los arbustos y helechos del campo donde se produjo el combate. Agazapados entre la espesa vegetación, los ingleses emboscaron a los confiados escoceses. Pese a la derrota, todos los hombres de dieciséis a sesenta años acudieron en masa a defender al rey de Escocia. Los clanes, incluso aquellos enemistados entre sí, los artesanos, los mercaderes, los criminales que se habían ofrecido voluntariamente para servir al soberano, los pobres y los ricos, todos marcharon codo con codo junto a su amado rey.