– Al contrario, milord, dé gracias a Dios por no haber estado allí pues hemos perdido a nuestro buen rey y a lo mejor de la nobleza de Escocia. Su hijo es muy pequeño, señor, y Claven's Carn lo necesita.
– El nuevo rey no es mucho mayor. ¡Dios proteja a Escocia! ¿Qué pasó con el conde de Angus? ¿También murió asesinado?
– No, milord -contestó Alan entusiasmado-. Jacobo dejó a Archibald "el Temerario" Douglas en Edimburgo a pedido de la reina. Parece que ella y el obispo Elpinstone no se llevan muy bien.
– Fue una decisión acertada-opinó Logan.
Cruzaron la frontera y siguieron cabalgando rumbo a Claven's Carn. Cuando se les acabaron los pasteles de avena, se detuvieron en una granja y pidieron permiso para pasar la noche en el establo cálido y seco. Tanto los hombres como los caballos necesitaban con urgencia comer y descansar.
– ¿Sería tan amable de darnos algo de comer? -preguntó Logan al granjero-. Anoche se nos acabaron las provisiones y hoy no hemos ingerido nada. Traigo noticias de la guerra.
El hombre asintió.
– No tenemos muchos víveres, pero los compartiremos con gusto.
La esposa del granjero le pidió a Alan, el más robusto de la comitiva, que llevara un caldero con guiso de conejo al establo. Ella lo siguió con varias rodajas de pan en el delantal. Los hombres le agradecieron y empezaron a arrancar pedazos de pan para mojarlos en el guiso y a clavar sus cuchillos en los tiernos trozos de carne. Mientras tanto, en la vivienda del granjero, Logan contaba el desastre de Flodden, mientras comía una cazuela del mismo guiso, que, dadas las circunstancias, le pareció un manjar.
– Así que Jacobo ha muerto. ¡Dios se apiade de su bondadosa alma!-exclamó, y tanto él como su esposa se persignaron-. La batalla fue terrible y lamento muchísimo no haber ido. Pero mis hijos son todavía muy pequeños para ocuparse de la granja y mi esposa está encinta otra vez.
– De no haberse quedado, habría sido carne de cañón, señor. Mi esposa también dará a luz y se asustó cuando supo que tenía que partir a la guerra. Envié a mis hermanos, que ahora están muertos, junto con veinte hombres a marchar con el rey. Cuando logré tranquilizar a mi Jeannie, los seguí y al llegar a Flodden vi las secuelas de la batalla. Tres hombres de mi clan sobrevivieron. Me avergüenzo de no haber servido a mi rey, a quien conocía personalmente. El conde de Bothwell era pariente mío y me casé en la capilla real de Stirling.
– Pasó lo que tenía que pasar -sentenció la fatalista esposa del granjero-. No era su destino morir en Flodden.
– ¿Acaso tiene el lang eey? -preguntó Logan.
– A veces veo cosas -murmuró la mujer.
– Nuestro rey lo tenía.
– Lo sé. Mañana también les daré de comer a usted y a sus compañeros, señor de Claven's Carn, y les prepararé pasteles de avena para llevar. Pese a las lluvias, hemos tenido una buena cosecha, así que no me faltará cereal en el invierno.
Logan agradeció a la mujer, salió de la casa y se reunió con sus hombres en el granero. La mayoría dormía a pierna suelta sobre el suave heno y él decidió imitarlos. Por primera vez en mucho tiempo, descansaría en un sitio seco y cálido.
Dos días más tarde llegaron a Claven's Carn, donde Logan se enteró de que Jeannie había muerto en el parto, y que su segundo hijo también había fallecido. Ya los habían enterrado en el cementerio familiar, situado en la ladera de la colina. Las cuñadas de Logan estaban sentadas en el salón y no parecían interesadas en los infaustos acontecimientos de Flodden.
– ¿No desean saber qué les sucedió a sus maridos? -les preguntó Logan.
– Si hubiesen sobrevivido, estarían contigo -dijo Katie, la esposa de Ian. '
– ¿No llorarán por ellos, al menos?
– ¿Acaso volverán si lo hacemos? -contestó Maggie, la esposa de Colin.
Asombrado por la dureza de sus corazones, Logan fue en busca de su vieja niñera, que vivía en Claven's Carn y sabía todo cuanto ocurría en la propiedad. La encontró en su alcoba, tejiendo y canturreando frente al telar.
– ¿Qué sucedió, Flora? -Preguntó sentándose en un banquito junto a ella-. ¿Cómo murieron mi Jeannie y el pequeño?
Flora lo miró con sus ojos avellana transidos de pena.
– Según mis cálculos, el niño nació antes de tiempo. La señora quedó devastada tras tu partida, Logan, y no cesaba de llorar. Estaba convencida de que te matarían y manifestaba sus temores a quien quisiera oírla. Decía que ella se quedaría viuda con dos hijos en Claven's Carn y que sería una presa fácil para todos los malhechores y asaltantes, que no vacilarían en aprovecharse de su soledad y desamparo.
– ¡Maldición! No me di cuenta de lo aterrorizada que estaba.
– Tú tenías que partir, Logan. Jeannie vivió encerrada en un convento toda su vida y tenía miedo hasta de su propia sombra, aunque lo disimulaba en tu presencia. No quería abochornarte. El niño asomó primero las piernas y en su esfuerzo por escapar del vientre materno se enredó con el cordón umbilical y murió estrangulado. Yo podría haberlo salvado con la ayuda de alguna de tus cuñadas, pero se negaron rotundamente. Decían que las culparías si llegaba a ocurrir algo malo y no querían malquistarse contigo, pues debían pensar en el bienestar de sus hijos. Las sirvientas estaban en sus propios hogares, pues los maridos habían partido a la guerra. No había nadie que me ayudara. El niño nació muerto, lo siento mucho. Era bastante grande pese a haber nacido antes de tiempo. Tu esposa se desangró hasta perder la vida. No pude hacer nada, Logan. Bien sabes que hubiera hecho todo lo posible por salvarla.
Logan asintió.
– ¿Quién la enterró?
– Un grupo de ancianos cavaron la tumba. Yo la bañé y le puse la mortaja -respondió Flora con lágrimas en los ojos.
– ¿Qué hicieron Maggie y Katie?
– Son dos malvadas. Ni siquiera acompañaron a tu esposa a su última morada. Ese día llovía y dijeron que no querían mojarse. Pero todos los que estaban en Claven's Carn siguieron el ataúd. La amaban mucho, pese a que era una dama del norte.
Logan se puso de pie, inclinó la cabeza y besó a la anciana en la mejilla.
– Gracias, Flora -fueron sus únicas palabras y se retiró de la pequeña alcoba.
Irrumpiendo en el salón como una tromba, se dirigió a sus cuñadas, que departían animadamente en un sillón.
– ¡Levántense ya mismo y empaquen sus pertenencias! Mañana a primera hora ustedes y sus hijos se irán para siempre de esta casa. ¡No quiero volver a verlas en mi vida!
– Has estado hablando con esa vieja -comentó Maggie-. No le hagas caso, nos odia.
– Cuando les ordené que fueran a vivir a sus propios hogares, me dijeron que Jeannie las odiaba. Mis hermanos murieron por defender nuestras tierras y ni una lágrima derramaron por ellos. Dejaron morir a mi esposa por rehusarse a ayudar a Flora, que podría haber salvado a Jeannie, y tal vez también al niño.
– ¡Fue idea de Maggie! -Se defendió Katie-. Yo quise colaborar, pero ella me convenció de que debíamos darle la espalda por habernos obligado a vivir en esos cuchitriles.
– ¡Mientes! -replicó Logan-. Si hubieses querido ayudarla lo habrías hecho sin importar lo que dijera Maggie. Ahora, escúchenme las dos. Las casas donde residen les pertenecen y me ocuparé de que ustedes y los niños tengan comida y ropa. Enseñaré a los tres niños a usar las armas. Algún día les entregaré la dote y les buscaré esposas. Lo haré en honor de mis hermanos. Eran hombres buenos y no merecen que sus hijos sufran por la perfidia de sus madres. Pero a ustedes dos no quiero volver a verlas. Y si se les ocurriera casarse de nuevo, les aseguro que no vacilaré en expulsarlas de Claven's Carn.
Katie se puso a llorar. Maggie, en cambio, exclamó con descaro:
– ¡No puedo creer que nos hagas esto, Logan! Fuimos buenas esposas con Colin e Ian.
– Por esa razón no les quito a los niños y las arrojo al camino -replicó con voz dura-. ¡Ahora, lárguense!