Él dejó la mano sobre su seno derecho y lo apretó con fuerza a través de la blusa, y Mariam le oyó respirar agitadamente por la nariz.
Su marido se metió en la cama y ella notó su mano desabrochándose el cinturón y desatando luego el cordón de sus pantalones. Apretó los puños, estrujando las sábanas que sujetaban. Rashid se colocó encima de ella y empezó a retorcerse, y ella dejó escapar un gemido. Cerró los ojos y apretó los dientes.
El dolor fue repentino e inesperado. Mariam abrió los ojos. Aspiró una bocanada de aire entre los dientes y se mordió el pulgar doblado. Pasó el brazo libre por encima de la espalda de Rashid e hincó las uñas en su camisa.
Rashid hundió el rostro en la almohada y Mariam se quedó mirando el techo por encima del hombro de su marido, con los ojos muy abiertos, temblando, apretando los labios, sintiendo el calor de su agitada respiración en el hombro. El aliento le olía a tabaco, a las cebollas y el cordero asado que habían comido. De vez en cuando, la oreja de Rashid le rozaba la mejilla y ella notaba que se había afeitado.
Cuando hubo terminado, él se apartó y se tumbó a su lado con el antebrazo sobre la frente. En la oscuridad, Mariam veía las manecillas azules de su reloj. Permanecieron así un rato, de espaldas, sin mirarse.
– No hay nada de que avergonzarse, Mariam -dijo él, algo azorado-. Esto es lo que hacen los esposos. Es lo que el Profeta en persona hacía con sus esposas. No es nada vergonzoso.
Instantes después, Rashid apartó la manta y abandonó la habitación, dejando a Mariam con la impresión de su cabeza en la almohada, esperando que remitiera el dolor que sentía, mirando las estrellas fijas en el firmamento y una nube que ocultaba el rostro de la luna como un velo de novia.
12
Ese año de 1974 el Ramadán cayó en otoño. Por primera vez en su vida, Mariam fue testigo de cómo la aparición de la luna creciente transformaba una ciudad entera, alteraba su ritmo y su estado de ánimo. Percibió el silencio somnoliento que se apoderaba de Kabul. El tráfico se volvía lánguido, escaso, silencioso incluso. Las tiendas se vaciaban. Los restaurantes apagaban las luces, cerraban las puertas. Mariam no veía fumadores en las calles, ni tazas de té humeantes desde los alféizares. Y al llegar el iftar, cuando el sol se hundía en el oeste y disparaban el cañón desde el monte Shir Darwaza, la ciudad entera rompía su ayuno con pan y un dátil, y lo mismo hacía Mariam, quien por primera vez en sus quince años de vida saboreaba la delicia de una experiencia compartida.
Rashid sólo observaba el ayuno unos pocos días. Las raras veces que ayunaba, volvía a casa de muy mal humor. El hambre lo volvía arisco, irritable, impaciente. Una noche, Mariam se demoró unos minutos en terminar de preparar la cena y él se puso a comer pan con rábanos. Y cuando ella le sirvió el arroz, el cordero y el qurma de quingombó, él lo rechazó. No dijo nada y siguió masticando pan, moviendo las sienes mientras la vena de la frente se le abultaba de pura rabia. Siguió mascando y mirando al vacío, y cuando Mariam le dirigió la palabra, la miró sin verla y se limitó a meterse otro trozo de pan en la boca.
Mariam sintió un gran alivio al ver que Rashid terminaba.
Cuando vivía en el kolba, el primero de los tres días del festival Eid-ul-Fitr, que seguía al Ramadán, Yalil visitaba a Mariam y Nana. Vestido con traje y corbata, llegaba con regalos de Eid. Un año regaló a su hija un pañuelo de lana para la cabeza. Los tres se sentaban juntos a tomar el té y luego Yalil se excusaba y se iba.
«A celebrar el Eid con su auténtica familia», decía Nana cuando él cruzaba el arroyo y agitaba la mano para despedirse.
El ulema Faizulá también las visitaba. Llevaba a Mariam chocolatinas envueltas en papel de plata, una cesta llena de huevos cocidos pintados y galletas. Cuando se marchaba, Mariam trepaba a un sauce con sus golosinas. Instalada en una rama alta, se comía las chocolatinas del ulema Faizulá y dejaba caer los envoltorios, que quedaban diseminados en torno al tronco del árbol como flores plateadas. Después de terminar las chocolatinas, empezaba con las galletas y, con un lápiz, dibujaba caras en los huevos cocidos. Pero era escaso el placer que obtenía con todo aquello. Mariam temía el Eid, un tiempo de hospitalidad y ceremonia en que las familias vestían sus mejores galas y se visitaban. Imaginaba un Herat bullicioso y alegre, y a gentes joviales y de ojos brillantes que se hacían regalos con palabras cariñosas, llenas de buenos deseos. Entonces se abatía sobre ella una tristeza que la cubría como un sudario y que sólo se levantaba cuando pasaban las fiestas.
Ese año, por primera vez, Mariam vio con sus propios ojos el Eid que había imaginado de niña.
Rashid y ella salieron de casa. Era la primera vez que Mariam veía semejante animación. Sin arredrarse por el frío, las familias inundaban la ciudad en sus rondas frenéticas de visitas a la parentela. En su calle, Mariam vio a Fariba y a su hijo Nur, que llevaba traje. Fariba se había cubierto la cabeza con un pañuelo blanco y caminaba junto a un hombre delgado y con gafas, de aspecto tímido. Su hijo mayor también los acompañaba; Mariam recordaba que Fariba había mencionado su nombre, Ahmad, en el tandur, aquel primer día. Ahmad tenía unos ojos inquietantes y hundidos, y su rostro era más serio, más solemne que el de su hermano menor, sugiriendo una madurez precoz, de la misma forma que el de su hermano se veía aún infantil. Ahmad llevaba al cuello un reluciente colgante con el nombre de Alá.
Fariba debió de reconocerla al verla caminando junto a Rashid con el burka, porque la saludó con la mano y exclamó:
– Eid mubarak!
Mariam asintió apenas.
– ¿Así que conoces a esa mujer, la esposa del maestro? -preguntó Rashid.
Mariam dijo que no.
– Será mejor que te mantengas alejada de ella. Es una chismosa entrometida. Y el marido se cree una especie de intelectual, pero no es más que un ratón. Fíjate en él. ¿No parece un ratón?
Fueron a Shar-e-Nau, donde los niños correteaban alegremente con sus camisas nuevas bordadas con cuentas y sus chalecos de vistosos colores, y comparaban regalos de Eid. Las mujeres llevaban bandejas con dulces. Mariam vio farolillos colgados de los escaparates de las tiendas, y oyó la música que resonaba en los altavoces. Los desconocidos le gritaban «Eid mubarak» al pasar.
Por la noche fueron al barrio de Chaman y, desde detrás de Rashid, Mariam contempló los fuegos artificiales que iluminaban el cielo con destellos verdes, rosas y amarillos. Echaba de menos poder sentarse con el ulema Faizulá a la puerta del kolba para observar los fuegos artificiales que estallaban sobre Herat en la lejanía, y las súbitas explosiones de color reflejadas en los ojos amables y aquejados de cataratas de su tutor. Pero, sobre todo, echaba de menos a Nana. Mariam deseó que su madre estuviera viva para ver todo aquello. Para verla a ella, en medio de todo aquello. Para ver por fin que la alegría y la belleza no eran cosas inalcanzables. Ni siquiera para personas como ellas.
Recibieron visitas por la festividad Eid. Todos eran hombres, amigos de Rashid. Cuando llamaban a la puerta, Mariam sabía que debía subir a su habitación y quedarse allí encerrada mientras los hombres bebían té, fumaban y charlaban en la planta baja. Rashid le había advertido que no bajara hasta que se fueran las visitas.
A ella no le importaba. De hecho, incluso la halagaba. Rashid veía su relación como algo santificado, y consideraba que su honor, su namus, merecía ser protegido. Esa protección la hacía sentirse apreciada, valiosa, importante.
En el tercer y último día del Eid, Rashid fue a visitar a algunos amigos. Mariam, que había tenido el estómago revuelto toda la noche, puso un poco de agua a hervir y se preparó una taza de té verde espolvoreado con cardamomo. En la sala de estar se encontró con las huellas de los visitantes de la noche anterior: tazas volcadas, semillas de calabaza a medio masticar metidas entre los cojines y posos resecos en los platos. Mariam se dispuso a limpiarlo todo, maravillándose de lo activamente perezosos que podían ser los hombres.