Hasta que una mañana cayeron misiles sobre la casa. Más tarde se rumoreó que los habían lanzado los hazaras de Wahdat. Durante un tiempo, los vecinos fueron encontrando trozos de los muchachos.
– Se lo estaban buscando -dijo Rashid.
La chica había tenido una suerte increíble al escapar con heridas relativamente leves, pensaba Mariam, teniendo en cuenta que el misil había dejado su casa convertida en ruinas humeantes. Lentamente, la joven fue mejorando. Empezó a comer más, a cepillarse el pelo ella sola, a bañarse. Empezó a compartir las comidas con Mariam y Rashid.
Pero de repente le venía a la cabeza un recuerdo y se sumía en un silencio sepulcral o períodos de malhumor. De retraimiento y desmayos. De rostro pálido y cansado. De pesadillas y súbitos accesos de pena. De vómitos.
Y a veces, de arrepentimiento.
– No debería estar aquí -dijo un día.
Mariam estaba cambiando las sábanas. La chica la observaba desde el suelo, con las rodillas llenas de heridas apretadas contra el pecho.
– Mi padre quería sacar las cajas. Los libros. Dijo que pesaban demasiado para mí. Pero yo no le dejé. Estaba impaciente. Debería haber estado dentro de casa cuando ocurrió.
Mariam sacudió la sábana limpia y dejó que se posara sobre la cama. Miró a la joven, sus rizos castaños, su esbelto cuello, sus ojos verdes, sus altos pómulos y sus labios carnosos. Mariam recordaba haberla visto en la calle de pequeña, trotando tras su madre camino del tandur, a caballito en los hombros de su hermano más joven, el que tenía un mechón de pelos en la oreja. Jugando a las canicas con el hijo del carpintero.
La chica la miraba como si esperara que Mariam le transmitiera un fragmento de sabiduría, que le dijera unas palabras de aliento. Pero ¿qué sabiduría podía ofrecerle ella? ¿Qué aliento? Mariam recordó el día en que enterraron a Nana y el escaso consuelo que había hallado en las palabras del ulema Faizulá, cuando le había citado el Corán. «Bendito Aquel en Cuyas manos está el reino, y Aquel que tiene poder sobre todas las cosas, que creó la muerte y la vida con las que puede ponerte a prueba.» O cuando le había dicho, hablando del sentimiento de culpa: «Esos pensamientos no te hacen ningún bien, Mariam yo. Te destruirán. No fue culpa tuya. No fue culpa tuya.»
¿Qué podía decirle a aquella joven para aliviar su carga?
Al final Mariam no tuvo que decir nada, porque la chica hizo una mueca y se puso a gatas diciendo que iba a vomitar.
– ¡Espera! Aguanta, iré por una cazuela. En el suelo no. Acabo de limpiar… Oh. Oh. Jodaya. Dios.
Y luego, un día, aproximadamente un mes después de la explosión que había matado a los padres de la chica, un hombre llamó a la puerta. Le abrió Mariam. El desconocido se explicó.
– Ha venido a verte un hombre -anunció Mariam.
La chica alzó la cabeza de la almohada.
– Dice que se llama Abdul Sharif.
– No conozco a nadie que se llame así.
– Bueno, pues pregunta por ti. Tienes que bajar y hablar con él.
28
Laila
Laila se sentó frente a Abdul Sharif, que era un hombre delgado y de cabeza pequeña, con una nariz protuberante llena de hondas cicatrices, igual que las mejillas. Los cortos cabellos castaños parecían clavados en su cuero cabelludo como alfileres en un acerico.
– Tienes que perdonarme, hamshira -dijo, ajustándose el cuello de la camisa y secándose la frente con un pañuelo-. Me temo que todavía no estoy recuperado del todo. Aún me quedan cinco días más de esas… ¿cómo las llaman?… sí, píldoras de sulfamida.
Laila se colocó en el asiento de modo que el oído bueno, el derecho, quedara más cerca del hombre.
– ¿Era usted amigo de mis padres?
– No, no -se apresuró a decir Abdul Sharif-. Perdóname. -Alzó un dedo y bebió un largo trago de agua del vaso que Mariam había dejado frente a él-. Supongo que debería empezar por el principio. -Se secó los labios y luego otra vez la frente-. Soy un hombre de negocios. Tengo tiendas de ropa, sobre todo de caballero. Chapans, sombreros, tumbans, trajes, corbatas… de todo. Dos tiendas aquí en Kabul, en Taimani y Shar-e-Nau, aunque éstas acabo de venderlas. Y dos en Pakistán, en Peshawar. Allí tengo también el almacén. Así que viajo mucho. Lo que en los tiempos que corren… -Meneó la cabeza y rió entre dientes con gesto cansado-. Bueno, digamos que es toda una aventura.
»Me hallaba en Peshawar recientemente por mis negocios, recogiendo pedidos y haciendo inventario, esa clase de cosas. Y también visitando a mi familia. Tenemos tres hijas, alhamdulelá. Las mandé a Peshawar con mi esposa cuando los muyahidines empezaron a enfrentarse entre ellos. No quería que sus nombres se añadieran a la lista de shahid. Ni tampoco el mío, para ser sincero. Muy pronto iré a reunirme con ellas, inshalá.
»El caso es que debía volver a Kabul hace dos miércoles, pero la suerte quiso que cayera enfermo. No te molestaré con detalles, hamshira, sólo te diré que cuando me disponía a hacer mis necesidades, las más sencillas, me sentí como si salieran astillas de cristales. No le desearía algo así ni al propio Hekmatyar. Mi esposa, Nadia yan, que Alá la bendiga, me suplicó que fuera al médico, pero yo pensé que se me pasaría tomándome aspirinas y bebiendo mucha agua. Nadia yan insistió y yo me negué una y otra vez. Ya sabes el dicho: «Un asno terco necesita un arriero igual de terco.» Me temo que esta vez ganó el asno. Que era yo.
Se bebió el resto del agua y le tendió el vaso a Mariam.
– Si no es mucha zahmat…
Mariam lo cogió y fue a llenarlo.
– Ni que decir tiene que debería haberle hecho caso. Siempre ha sido la más sensata de los dos, que Alá le conceda larga vida. Cuando fui al hospital, ardía de fiebre y temblaba como un árbol beid azotado por el viento. Apenas me sostenía en pie. La doctora dijo que tenía envenenamiento de la sangre. Aseguró que de haber tardado dos o tres días más, mi mujer se habría quedado viuda.
»Me ingresaron en una unidad especial, reservada para personas muy graves, supongo. Oh, tashakor. -Cogió el vaso que le ofrecía Mariam y se sacó una enorme píldora blanca del bolsillo de la chaqueta-. ¡Qué grandes son!
Laila lo observó tomarse la pastilla. Era consciente de que respiraba agitadamente y notaba las piernas muy pesadas, como si le hubieran atado unos plomos a los pies. Se dijo que el hombre aún no había acabado, que en realidad aún no le había dicho nada. Pero evidentemente el hombre seguiría hablando, y ella tuvo que resistirse al impulso de levantarse y salir, salir antes de que le dijera cosas que no quería oír.
Abdul Sharif dejó el vaso sobre la mesa.
– Allí fue donde conocí a tu amigo, Mohamad Tariq Walizai.
El corazón de Laila se aceleró. ¿Tariq en un hospital? ¿En una unidad especial? ¿Para personas muy graves?
Laila tragó una saliva seca y áspera. Se agitó en el asiento. Tenía que armarse de valor. De lo contrario, temía volverse loca. Desvió sus pensamientos de hospitales y unidades especiales y pensó que no había oído el nombre completo de Tariq desde que ambos se habían inscrito en un curso de farsi años atrás. El profesor pasaba lista después del timbre y decía su nombre: Mohamad Tariq Walizai. A la sazón, a Laila le había parecido de una cómica solemnidad.