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Miró a Mariam desde detrás de una columna de humo.

– La gente vive bajo pedazos de cartón. Hay tuberculosis, disentería, hambre, crímenes. Y eso antes del invierno. Luego llegará la estación del frío helador. Empezará la neumonía y se quedarán helados como carámbanos. Esos campos se convierten en cementerios helados.

»Por supuesto -añadió, haciendo un pícaro ademán con la mano-, podría calentarse en uno de los burdeles de Peshawar. Un negocio floreciente ahora mismo, según he oído decir. Una belleza como ella no tardaría en ganar una pequeña fortuna, ¿no crees?

Rashid dejó el cenicero sobre la mesita de noche y puso los pies en el suelo.

– Mira -añadió, empleando el tono conciliatorio que sólo pueden permitirse los vencedores-, sabía que no te lo tomarías bien. Y en realidad no me extraña. Pero es lo mejor para todos. Ya lo verás. Míralo de esta forma: tú tendrás ayuda con la casa y ella conseguirá un refugio seguro, una casa y un marido. En los tiempos que corren, una mujer necesita un marido. ¿No has visto todas esas viudas que duermen en la calle? Matarían por una oportunidad como ésta. De hecho, esto es… Bueno, creo que estoy siendo muy caritativo. -Sonrió-. Desde mi punto de vista, me merezco una medalla.

Más tarde, Mariam se lo dijo a la chica en la oscuridad de su cuarto.

Ella permaneció en silencio un buen rato.

– Quiere que le des una respuesta por la mañana -dijo la esposa.

– Puedes dársela ahora mismo -dijo la muchacha-. Dile que acepto.

30

Laila

Al día siguiente, Laila se quedó en la cama. Estaba debajo de las mantas por la mañana cuando Rashid asomó la cabeza y anunció que se iba al barbero. No se había levantado cuando él regresó a última hora de la tarde y le mostró el corte de pelo, el traje nuevo de segunda mano, azul a rayas de color crema, y la alianza que le había comprado.

Se sentó en el lecho junto a ella y con grandes aspavientos desató la cinta, abrió el estuche y sacó el anillo con movimientos delicados. Como quien no quiere la cosa, dejó escapar que lo había cambiado por la vieja alianza de boda de Mariam.

– A ella no le importa, en serio. Ni siquiera se dará cuenta.

Laila se acurrucó en el otro lado de la cama. Oía el siseo de la plancha abajo.

– Ya no se lo ponía nunca -insistió Rashid.

– No lo quiero -murmuró Laila débilmente-. Así no. Tienes que devolverlo.

– ¿Devolverlo? -Una sombra de impaciencia cruzó su rostro. Sonrió-. Y he tenido que poner dinero, un buen pellizco, por cierto. Este anillo es mejor, de veintidós quilates. ¿Ves cuánto pesa? Toma, míralo tú. ¿No? -Cerró el estuche-. ¿Y qué me dices de unas flores? Eso sería bonito. ¿Te gustan las flores? ¿Tienes alguna predilección? ¿Margaritas? ¿Tulipanes? ¿Lilas? ¿Flores no? ¡Bueno! Yo tampoco veo para qué. Sólo pensaba que… Bien, conozco a un sastre aquí en Dé Mazang. He pensado que podríamos ir a verlo mañana para que te haga el vestido.

Ella negó con la cabeza.

Rashid enarcó las cejas.

– Preferiría que… -empezó Laila.

Él puso una mano sobre su cuello. La muchacha esbozó una mueca y fue incapaz de reprimir un respingo. El tacto de aquella mano era como el de un viejo suéter de lana rasposa sobre piel desnuda.

– ¿Sí?

– Preferiría que lo hiciéramos cuanto antes.

Rashid abrió la boca y esbozó una amplia sonrisa que dejó al descubierto sus dientes amarillentos.

– Qué ansiosa -comentó.

Antes de la visita de Abdul Sharif, Laila había decidido irse a Pakistán. Incluso después de recibir la noticia de la que Sharif era portador, podría haberse marchado a algún lugar lejos de Kabul, haber abandonado aquella ciudad en la que cada esquina era una trampa, en la que todos los callejones ocultaban un fantasma que saltaba sobre ella como un muñeco de resorte. Podría haber corrido el riesgo.

Pero de pronto esa opción ya no existía.

No podía irse porque había empezado a vomitar todos los días.

Y tenía los pechos más llenos.

Y de pronto, en medio de tanta conmoción, había caído en la cuenta de que no le había llegado la regla.

Se imaginó en un campamento para refugiados, un campo pelado con miles de plásticos sujetos a postes, agitados por el frío viento. Bajo una de esas tiendas improvisadas, vio a su bebé, el hijo de Tariq, con las sienes hundidas, la mandíbula floja, la piel cubierta de llagas de un tono gris azulado. Imaginó su cuerpo diminuto lavado por desconocidos, envuelto en un sudario rojizo, metido en un agujero en una franja de tierra barrida por el viento, bajo la mirada decepcionada de los buitres.

¿Cómo iba a marcharse en esas circunstancias?

Hizo un lúgubre inventario de las personas que habían formado parte de su vida. Ahmad y Nur, muertos. Hasina se había ido. Giti, muerta. Mammy, muerta. Babi, muerto. Y también Tariq…

Pero, milagrosamente, conservaba algo de su antigua vida, el último vínculo con la persona que había sido antes de quedarse completamente sola. Una parte de su amado seguía viva dentro de ella, con unos brazos diminutos y unas manos translúcidas que empezaban a formarse. ¿Cómo podía poner en peligro lo único que le quedaba de él y de su antigua vida?

No tardó nada en tomar la decisión. Habían transcurrido seis semanas desde que Tariq y ella habían yacido. Si dejaba pasar más tiempo, Rashid podía sospechar algo.

Sabía que lo que hacía era una vergüenza, un deshonor, una falsedad. Y además tremendamente injusto para Mariam. Pero, aunque el bebé que crecía en su seno no era más grande que una mora, Laila era consciente ya de los sacrificios que debía hacer una madre. La virtud no era más que el primero.

Se apoyó una mano sobre el vientre y cerró los ojos.

Laila no recordaría más que retazos sueltos de la triste ceremonia: las rayas crema del traje de Rashid; el intenso olor de su fijador para el pelo; el pequeño corte que se había hecho al afeitarse justo encima de la nuez; el tacto áspero de sus dedos manchados de tabaco cuando le puso el anillo; la pluma, que no funcionaba; la búsqueda de otra pluma; el contrato y la firma: él con mano firme, ella con trazo tembloroso; las plegarias; darse cuenta a través del espejo de que Rashid se había recortado las cejas.

Y Mariam observándola desde un rincón. Y la atmósfera sofocante en la que se respiraba su desaprobación.

Laila no se atrevió a mirarla a la cara.

Por la noche, bajo las frías sábanas de la cama de Rashid, la muchacha lo vio cerrar las cortinas. Temblaba incluso antes de que los dedos del hombre le desabrocharan los botones de la camisa y le desataran los pantalones. Estaba muy nervioso. Tardó una eternidad en quitarse la camisa y el pantalón. Laila vio su torso flácido, su ombligo protuberante, con una pequeña vena azulada en el centro, y el espeso vello blanco que le cubría el pecho, los hombros y los brazos. Sintió sus ojos recorriéndole el cuerpo ávidamente.

– Válgame Dios, creo que te quiero -murmuró Rashid.

Ella le pidió que apagara la luz con un castañeteo de dientes.

Más tarde, cuando estuvo segura de que él se había quedado dormido, Laila metió la mano sigilosamente bajo el colchón para sacar el cuchillo que había escondido allí antes, y se pinchó la yema del dedo índice. Luego levantó la manta y dejó que el dedo sangrara sobre las sábanas donde habían realizado el acto.

31

Mariam

Durante el día, la muchacha no era más que el crujido de un muelle del colchón, el ruido de pasos en el piso de arriba. Era el chapoteo del agua en el cuarto de baño, o una cucharita que tintineaba en un vaso en el dormitorio. De vez en cuando Mariam vislumbraba algo: el vuelo de un vestido cuando la chica subía rápidamente las escaleras con los brazos cruzados sobre el pecho, dejando oír el golpeteo de las sandalias.