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– ¿Y qué relación teníais vosotros dos?

Laila lo miró desconcertada, como si no lo entendiera.

– Laili y Maynun. Tú y el yablenga, el lisiado. ¿Qué relación teníais él y tú?

– Éramos amigos -contestó ella, procurando que no la delatara la voz y afanándose en preparar el biberón-. Ya lo sabes.

– No sé lo que sé. -Rashid depositó la piel cortada en el alféizar y se echó en la cama. Los muelles protestaron con un sonoro chirrido. Se despatarró y se tocó la entrepierna-. Y como… amigos, ¿hicisteis alguna vez algo que no debierais?

– ¿Que no debiéramos?

Rashid sonrió con desenfado, pero Laila percibía su mirada, fría y alerta.

– Bueno, veamos. ¿Te besó alguna vez? ¿Tal vez metió la mano donde no está permitido?

Laila esbozó una mueca con expresión indignada, o al menos eso esperaba ella. Notaba los latidos del corazón en la garganta.

– Éramos como hermanos.

– ¿En qué quedamos, era un amigo o un hermano?

– Las dos cosas. Él…

– ¿Cuál de las dos?

– Era las dos.

– Pero los hermanos son criaturas curiosas. Sí. A veces un hermano deja que su hermana le vea la polla, y ella…

– Eso es asqueroso -replicó Laila.

– Así que no hubo nada.

– No quiero seguir hablando de esto.

Rashid ladeó la cabeza, frunció los labios y asintió.

– La gente rumoreaba, ¿sabes? Lo recuerdo. Decían todo tipo de cosas sobre vosotros dos. Pero tú afirmas que no había nada.

Laila hizo un esfuerzo para fulminarlo con la mirada.

Rashid le sostuvo la mirada durante un rato espantosamente largo, sin pestañear, hasta que a Laila se le pusieron las manos blancas de tanto apretar el biberón y estuvo a punto de perder los nervios.

La muchacha tembló de miedo pensando en lo que Rashid haría si descubría que le había estado robando. Cada semana desde el nacimiento de Aziza, le abría la cartera cuando él dormía o estaba en el excusado y cogía un billete. Algunas semanas, si la cartera no estaba muy llena, sólo cogía un billete de cinco afganis, o nada, por temor a que se diera cuenta. Cuando la cartera estaba llena, cogía uno de diez o de veinte, y una vez incluso se arriesgó a coger dos de veinte. Escondía el dinero en un bolsillo que se había hecho en el forro de su abrigo de invierno a cuadros.

Se preguntaba qué haría su marido si supiera que planeaba huir la primavera siguiente, o como máximo cuando llegara el verano. Para entonces, Laila esperaba tener mil afganis o más, y la mitad sería para el billete de autobús de Kabul a Peshawar. Empeñaría la alianza cuando llegara el momento, así como las demás joyas que le había regalado el año anterior, cuando ella era todavía la malika de su palacio.

– En cualquier caso -prosiguió Rashid al fin, tamborileando con los dedos sobre el estómago-, no puedes culparme. Soy tu marido, y un marido se pregunta este tipo de cosas. Pero tuvo suerte de morir, porque si estuviera aquí ahora, si le pusiera las manos encima… -Aspiró una bocanada de aire entre dientes y meneó la cabeza.

– ¿No decías que no querías hablar mal de los muertos?

– Supongo que algunas personas no están lo bastante muertas -replicó él.

Dos días más tarde, Laila se despertó por la mañana y encontró una pila de ropa de bebé pulcramente doblada en la puerta del dormitorio. Había un vestido con falda de vuelo y pececitos rosas en el cuerpo; un vestido de lana azul con estampado de flores, con calcetines y guantes a juego; un pijama amarillo con lunares naranjas y unos pantalones de algodón verdes con volantes de lunares en las vueltas.

– Corre el rumor -dijo Rashid esa noche durante la cena, relamiéndose, sin prestar atención a Aziza ni fijarse en el pijama que le había puesto Laila- de que Dostum va a cambiar de bando para unirse a Hekmatyar. Massud tendrá problemas para luchar contra esos dos. Y no nos olvidemos de los hazaras. -Cogió un trozo del encurtido de berenjena que había hecho Mariam en verano-. Esperemos que sólo sea eso, un rumor. Porque si llega a ocurrir de verdad, esta guerra parecerá un picnic en Pagman un viernes cualquiera -añadió, agitando una mano grasienta.

Más tarde, Rashid se acostó con Laila y se desahogó con mudo apremio, sin molestarse en desvestirse siquiera, limitándose a bajarse el tumban hasta los tobillos. Cuando terminó su frenético meneo, se apartó de ella y se quedó dormido casi al instante.

Laila salió de la habitación a hurtadillas y encontró a Mariam en la cocina sentada en cuclillas, limpiando un par de truchas. Junto a ella había una cazuela llena de arroz en remojo. La cocina olía a humo y comino, a cebollas sofritas y pescado.

Laila se sentó en un rincón y se cubrió las rodillas con el borde del vestido.

– Gracias -dijo.

Mariam no le prestó atención. Terminó de cortar la primera trucha y cogió la segunda. Con un cuchillo de sierra, recortó primero las aletas y luego le dio la vuelta para abrirle el vientre expertamente desde la cola hasta las agallas. Laila la observó mientras metía el pulgar en la boca del pez, justo por encima de la mandíbula inferior, y con un solo movimiento hacia abajo le sacaba las agallas y las entrañas.

– La ropa es preciosa.

– A mí no me servía para nada -musitó Mariam. Dejó caer el pescado sobre un periódico manchado de viscoso líquido gris y le cortó la cabeza-. Si no era para tu hija, se la habrían comido las polillas.

– ¿Dónde aprendiste a limpiar así el pescado?

– Cuando era niña vivía junto a un arroyo. Solía pescar allí.

– Yo nunca he pescado.

– No es gran cosa. Se trata de esperar sobre todo.

Laila la vio cortar la trucha destripada en tres trozos.

– ¿Has cosido tú la ropa?

Mariam asintió.

– ¿Cuándo?

Mariam metió los trozos de trucha en un cuenco con agua.

– Cuando me quedé embarazada la primera vez. O quizá la segunda. Hace dieciocho o diecinueve años. Ha pasado mucho tiempo ya. Como decía, nunca llegaron a servirme para nada.

– Eres una jayat realmente buena. A lo mejor podrías enseñarme.

Mariam colocó los trozos de trucha lavados en un cuenco limpio. Con las manos goteando agua, levantó la cabeza y miró a Laila como si la viera por primera vez.

– La otra noche, cuando él… Nadie me había defendido nunca -dijo.

Laila examinó las mejillas flácidas de Mariam, los párpados cubiertos de pliegues, las profundas arrugas que rodeaban su boca. Vio esas cosas como si también ella estuviera mirando a la mujer por primera vez. Y, en esa ocasión, no vio las facciones de su rival, sino un rostro marcado por injusticias y cargas soportadas sin protestar, por un destino al que se había resignado. Si se quedaba, ¿sería así ella misma al cabo de veinte años?, se preguntó Laila.

– No podía permitírselo -adujo-. En mi casa no se hacían esas cosas.

– Ésta es tu casa ahora. Más vale que vayas acostumbrándote.

– A eso no. Ni hablar.

– Se volverá contra ti también, ¿sabes? -dijo Mariam, secándose las manos con un trapo-. Muy pronto. Y le has dado una hija. Así que tu pecado es aún más imperdonable que el mío.

Laila se puso en pie.

– Sé que fuera hace fresco, pero ¿qué te parece si nosotras, pecadoras, tomamos una taza de chai en el patio?

– No puedo -respondió Mariam, sorprendida-. Tengo que cortar y lavar las judías.

– Te ayudaré a hacerlo por la mañana.

– Y tengo que recoger la cocina.

– Lo haremos juntas. Si no me equivoco, queda un poco de halwa. Está estupendo con chai.

Mariam dejó el paño sobre la encimera. Laila percibió cierta inquietud en la forma en que se bajaba las mangas, se ajustaba el hiyab y entremetía un mechón de pelo.