– No veo ningún pollo -observó Mariam.
– De eso no vas a encontrar en la calle del Pollo -dijo él, y rió.
Había tiendas a ambos lados de la calle y pequeños puestos que vendían sombreros de borreguillo y chapans multicolores. Rashid se detuvo delante de una tienda para admirar una daga de plata grabada, y luego en otra para examinar un viejo rifle que, según le aseguró el vendedor, era una reliquia de la primera guerra contra los británicos.
– Sí, hombre, y yo soy Moshe Dayan -musitó Rashid. Esbozó una sonrisa y a Mariam le pareció que la sonrisa era sólo para ella. Una sonrisa privada, que sólo compartían los esposos.
Pasaron por delante de tiendas de alfombras, de artesanía, de repostería, de flores, y establecimientos donde vendían trajes para hombres y vestidos para mujeres, y en ellas, tras las cortinas de encaje, Mariam vio a chicas jóvenes cosiendo botones y planchando cuellos. De vez en cuando, Rashid saludaba a algún tendero conocido suyo, a veces en farsi, otras en pastún. Mientras se estrechaban la mano y se besaban en la mejilla, Mariam permanecía a unos pasos de distancia. Rashid no la llamó a su lado, no la presentó a nadie.
Le pidió que aguardara a la puerta de una tienda de bordados.
– Conozco al dueño -dijo-. Sólo entraré un minuto para dar el salam.
Mariam esperó fuera, en la atestada acera. Observó los coches que recorrían lentamente la calle del Pollo, avanzando entre la multitud de vendedores ambulantes y transeúntes, y tocando la bocina para que se apartaran los niños y los burros que no se movían. Observó a los mercaderes que ocupaban sus pequeños puestos con aire aburrido, fumando o lanzando escupitajos en escupideras de latón. Sus rostros emergían de las sombras de vez en cuando para ofrecer a los transeúntes telas y abrigos pustin con cuello de piel.
Pero fueron las mujeres las que más atrajeron las miradas de Mariam.
En esa zona de Kabul las mujeres no eran como las que vivían en barrios más pobres, o en el que vivía ella con su marido, donde muchas se cubrían enteramente. Esas mujeres eran -¿qué palabra había usado Rashid?- «modernas». Sí, mujeres afganas modernas casadas con hombres afganos modernos a los que no les importaba que sus mujeres se pasearan entre desconocidos con el rostro maquillado y la cabeza descubierta. Mariam las vio caminando desinhibidamente por la calle, a veces con un hombre, en ocasiones solas, o también con niños de mejillas sonrosadas que llevaban zapatos relucientes y relojes con correa de cuero, y bicicletas con manillares altos y ruedas de radios dorados, a diferencia de los niños de Dé Mazang, que tenían marcas de mosquitos en las mejillas y hacían rodar viejos neumáticos con palos.
Esas mujeres hacían balancear el bolso al compás del frufrú de sus faldas. Mariam incluso vislumbró a una de ellas fumando al volante de un coche. Llevaban las uñas largas, pintadas de rosa o naranja, y los labios rojos como tulipanes. Caminaban sobre tacones altos y con prisa, como si las esperara siempre algún asunto urgente. Llevaban gafas de sol oscuras, y cuando pasaban por su lado, a Mariam le llegaba el aroma de su perfume. Ella imaginaba que todas tenían títulos universitarios, que trabajaban en edificios de oficinas, en despachos propios, donde mecanografiaban y fumaban y hacían llamadas importantes a personas importantes. Todas esas mujeres dejaron perpleja a Mariam, que de pronto fue consciente de su propia inferioridad, de su aspecto vulgar, de su falta de aspiraciones, de su ignorancia respecto a tantas cosas.
De repente Rashid le dio unos golpecitos en el hombro y le tendió algo.
– Toma.
Era un chal de seda marrón oscuro con flecos de cuentas y bordado de hilo de oro en los bordes.
– ¿Te gusta?
Ella alzó la vista. Rashid hizo entonces algo conmovedor: parpadeó y desvió la mirada.
Mariam pensó en Yalil, en el modo enfático y jovial con que le ofrecía su bisutería, la alegría apabullante que no dejaba espacio para más respuesta que una dócil gratitud. Nana tenía razón sobre los regalos de Yalil. No eran más que muestras de penitencia desganada, hipócrita, gestos corruptos que hacía más para tranquilidad suya que para la de ella. Ese chal, en cambio, a ojos de Mariam era un auténtico regalo.
– Es bonito -dijo.
Aquella noche, Rashid volvió a pasar por su habitación. Pero en lugar de quedarse en la puerta fumando, cruzó el cuarto y se sentó junto a ella, que estaba en la cama. Los muelles crujieron bajo su peso.
Se produjo un momento de vacilación y luego él le deslizó una mano bajo el cuello. Sus gruesos dedos le apretaron lentamente la nuca. El pulgar se deslizó hacia abajo y le acarició el hueco por encima de la clavícula, y luego por debajo. Mariam empezó a temblar. La mano siguió bajando lentamente, y sus uñas se enganchaban en la blusa de algodón.
– No puedo -murmuró ella con voz ronca, mirando el perfil de Rashid iluminado por la luna, sus hombros fornidos y su ancho pecho, y los mechones de vello gris que asomaban por el cuello abierto de la camisa.
Él dejó la mano sobre su seno derecho y lo apretó con fuerza a través de la blusa, y Mariam le oyó respirar agitadamente por la nariz.
Su marido se metió en la cama y ella notó su mano desabrochándose el cinturón y desatando luego el cordón de sus pantalones. Apretó los puños, estrujando las sábanas que sujetaban. Rashid se colocó encima de ella y empezó a retorcerse, y ella dejó escapar un gemido. Cerró los ojos y apretó los dientes.
El dolor fue repentino e inesperado. Mariam abrió los ojos. Aspiró una bocanada de aire entre los dientes y se mordió el pulgar doblado. Pasó el brazo libre por encima de la espalda de Rashid e hincó las uñas en su camisa.
Rashid hundió el rostro en la almohada y Mariam se quedó mirando el techo por encima del hombro de su marido, con los ojos muy abiertos, temblando, apretando los labios, sintiendo el calor de su agitada respiración en el hombro. El aliento le olía a tabaco, a las cebollas y el cordero asado que habían comido. De vez en cuando, la oreja de Rashid le rozaba la mejilla y ella notaba que se había afeitado.
Cuando hubo terminado, él se apartó y se tumbó a su lado con el antebrazo sobre la frente. En la oscuridad, Mariam veía las manecillas azules de su reloj. Permanecieron así un rato, de espaldas, sin mirarse.
– No hay nada de que avergonzarse, Mariam -dijo él, algo azorado-. Esto es lo que hacen los esposos. Es lo que el Profeta en persona hacía con sus esposas. No es nada vergonzoso.
Instantes después, Rashid apartó la manta y abandonó la habitación, dejando a Mariam con la impresión de su cabeza en la almohada, esperando que remitiera el dolor que sentía, mirando las estrellas fijas en el firmamento y una nube que ocultaba el rostro de la luna como un velo de novia.
12
Ese año de 1974 el Ramadán cayó en otoño. Por primera vez en su vida, Mariam fue testigo de cómo la aparición de la luna creciente transformaba una ciudad entera, alteraba su ritmo y su estado de ánimo. Percibió el silencio somnoliento que se apoderaba de Kabul. El tráfico se volvía lánguido, escaso, silencioso incluso. Las tiendas se vaciaban. Los restaurantes apagaban las luces, cerraban las puertas. Mariam no veía fumadores en las calles, ni tazas de té humeantes desde los alféizares. Y al llegar el iftar, cuando el sol se hundía en el oeste y disparaban el cañón desde el monte Shir Darwaza, la ciudad entera rompía su ayuno con pan y un dátil, y lo mismo hacía Mariam, quien por primera vez en sus quince años de vida saboreaba la delicia de una experiencia compartida.
Rashid sólo observaba el ayuno unos pocos días. Las raras veces que ayunaba, volvía a casa de muy mal humor. El hambre lo volvía arisco, irritable, impaciente. Una noche, Mariam se demoró unos minutos en terminar de preparar la cena y él se puso a comer pan con rábanos. Y cuando ella le sirvió el arroz, el cordero y el qurma de quingombó, él lo rechazó. No dijo nada y siguió masticando pan, moviendo las sienes mientras la vena de la frente se le abultaba de pura rabia. Siguió mascando y mirando al vacío, y cuando Mariam le dirigió la palabra, la miró sin verla y se limitó a meterse otro trozo de pan en la boca.