Mariam sintió un gran alivio al ver que Rashid terminaba.
Cuando vivía en el kolba, el primero de los tres días del festival Eid-ul-Fitr, que seguía al Ramadán, Yalil visitaba a Mariam y Nana. Vestido con traje y corbata, llegaba con regalos de Eid. Un año regaló a su hija un pañuelo de lana para la cabeza. Los tres se sentaban juntos a tomar el té y luego Yalil se excusaba y se iba.
«A celebrar el Eid con su auténtica familia», decía Nana cuando él cruzaba el arroyo y agitaba la mano para despedirse.
El ulema Faizulá también las visitaba. Llevaba a Mariam chocolatinas envueltas en papel de plata, una cesta llena de huevos cocidos pintados y galletas. Cuando se marchaba, Mariam trepaba a un sauce con sus golosinas. Instalada en una rama alta, se comía las chocolatinas del ulema Faizulá y dejaba caer los envoltorios, que quedaban diseminados en torno al tronco del árbol como flores plateadas. Después de terminar las chocolatinas, empezaba con las galletas y, con un lápiz, dibujaba caras en los huevos cocidos. Pero era escaso el placer que obtenía con todo aquello. Mariam temía el Eid, un tiempo de hospitalidad y ceremonia en que las familias vestían sus mejores galas y se visitaban. Imaginaba un Herat bullicioso y alegre, y a gentes joviales y de ojos brillantes que se hacían regalos con palabras cariñosas, llenas de buenos deseos. Entonces se abatía sobre ella una tristeza que la cubría como un sudario y que sólo se levantaba cuando pasaban las fiestas.
Ese año, por primera vez, Mariam vio con sus propios ojos el Eid que había imaginado de niña.
Rashid y ella salieron de casa. Era la primera vez que Mariam veía semejante animación. Sin arredrarse por el frío, las familias inundaban la ciudad en sus rondas frenéticas de visitas a la parentela. En su calle, Mariam vio a Fariba y a su hijo Nur, que llevaba traje. Fariba se había cubierto la cabeza con un pañuelo blanco y caminaba junto a un hombre delgado y con gafas, de aspecto tímido. Su hijo mayor también los acompañaba; Mariam recordaba que Fariba había mencionado su nombre, Ahmad, en el tandur, aquel primer día. Ahmad tenía unos ojos inquietantes y hundidos, y su rostro era más serio, más solemne que el de su hermano menor, sugiriendo una madurez precoz, de la misma forma que el de su hermano se veía aún infantil. Ahmad llevaba al cuello un reluciente colgante con el nombre de Alá.
Fariba debió de reconocerla al verla caminando junto a Rashid con el burka, porque la saludó con la mano y exclamó:
– Eid mubarak!
Mariam asintió apenas.
– ¿Así que conoces a esa mujer, la esposa del maestro? -preguntó Rashid.
Mariam dijo que no.
– Será mejor que te mantengas alejada de ella. Es una chismosa entrometida. Y el marido se cree una especie de intelectual, pero no es más que un ratón. Fíjate en él. ¿No parece un ratón?
Fueron a Shar-e-Nau, donde los niños correteaban alegremente con sus camisas nuevas bordadas con cuentas y sus chalecos de vistosos colores, y comparaban regalos de Eid. Las mujeres llevaban bandejas con dulces. Mariam vio farolillos colgados de los escaparates de las tiendas, y oyó la música que resonaba en los altavoces. Los desconocidos le gritaban «Eid mubarak» al pasar.
Por la noche fueron al barrio de Chaman y, desde detrás de Rashid, Mariam contempló los fuegos artificiales que iluminaban el cielo con destellos verdes, rosas y amarillos. Echaba de menos poder sentarse con el ulema Faizulá a la puerta del kolba para observar los fuegos artificiales que estallaban sobre Herat en la lejanía, y las súbitas explosiones de color reflejadas en los ojos amables y aquejados de cataratas de su tutor. Pero, sobre todo, echaba de menos a Nana. Mariam deseó que su madre estuviera viva para ver todo aquello. Para verla a ella, en medio de todo aquello. Para ver por fin que la alegría y la belleza no eran cosas inalcanzables. Ni siquiera para personas como ellas.
Recibieron visitas por la festividad Eid. Todos eran hombres, amigos de Rashid. Cuando llamaban a la puerta, Mariam sabía que debía subir a su habitación y quedarse allí encerrada mientras los hombres bebían té, fumaban y charlaban en la planta baja. Rashid le había advertido que no bajara hasta que se fueran las visitas.
A ella no le importaba. De hecho, incluso la halagaba. Rashid veía su relación como algo santificado, y consideraba que su honor, su namus, merecía ser protegido. Esa protección la hacía sentirse apreciada, valiosa, importante.
En el tercer y último día del Eid, Rashid fue a visitar a algunos amigos. Mariam, que había tenido el estómago revuelto toda la noche, puso un poco de agua a hervir y se preparó una taza de té verde espolvoreado con cardamomo. En la sala de estar se encontró con las huellas de los visitantes de la noche anterior: tazas volcadas, semillas de calabaza a medio masticar metidas entre los cojines y posos resecos en los platos. Mariam se dispuso a limpiarlo todo, maravillándose de lo activamente perezosos que podían ser los hombres.
No había pretendido entrar en la habitación de Rashid. Pero la limpieza la llevó de la sala de estar a la escalera, y de ahí al pasillo y a la puerta de su marido, y antes de darse cuenta se encontró en su dormitorio por primera vez, sentada en su cama, sintiéndose como una intrusa.
Paseó la mirada por las pesadas cortinas verdes, los pares de zapatos relucientes, pulcramente alineados junto a la pared, la puerta del armario, que mostraba la madera bajo un desconchón de la pintura. Vio un paquete de cigarrillos sobre la cómoda, al lado de la cama. Se puso uno entre los labios y se colocó delante del pequeño espejo ovalado de la pared. Echó una bocanada de aire al espejo y fingió sacudir la ceniza. Luego devolvió el cigarrillo a su sitio. Jamás podría imitar la gracia perfecta con que fumaban las mujeres de Kabul. En ella parecía un acto tosco, ridículo.
Sintiéndose culpable, abrió el primer cajón de la cómoda.
Lo primero qué vio fue la pistola. Era negra, de culata de madera y cañón corto. Antes de cogerla, Mariam se fijó bien en cómo estaba colocada. Le dio vueltas entre las manos. Era mucho más pesada de lo que parecía. La culata tenía un tacto suave y el cañón estaba frío. Le resultó inquietante que Rashid poseyera algo cuyo único propósito era matar a otras personas. Pero sin duda él tenía una pistola simplemente para proteger la casa. Para protegerla a ella.
Debajo del arma había varias revistas con las esquinas dobladas. Mariam abrió una y sintió que el corazón le daba un vuelco y se quedó boquiabierta sin pretenderlo.
En todas las páginas había mujeres, mujeres hermosas que no llevaban camisa ni pantalones ni ropa interior. Estaban completamente desnudas. Yacían en lechos entre sábanas revueltas y devolvían la mirada a Mariam con los párpados entornados. En la mayoría de las fotos tenían las piernas abiertas y lo mostraban todo. En algunas, las mujeres estaban postradas, como si -Dios no permitiera semejante cosa- adoptaran la postura sujda para rezar, y miraban hacia atrás por encima del hombro, con expresión de aburrido desdén.
Mariam volvió a dejar rápidamente la revista donde la había encontrado. Se sentía aturdida. ¿Quiénes eran esas mujeres? ¿Cómo podían permitir que las fotografiaran así? Se le revolvía el estómago con sólo pensarlo. Así pues, ¿era eso lo que hacía Rashid las noches que no iba a su habitación? ¿Lo había decepcionado Mariam en ese aspecto en particular? ¿Y todo lo que decía siempre sobre el honor y el decoro, cuando censuraba a sus clientas, que al fin y al cabo sólo le mostraban los pies para que les tomara las medidas de los zapatos? «Sólo el marido puede ver el rostro de una mujer», le había dicho. Sin duda las mujeres de la revista tenían marido, o al menos algunas de ellas. Como mínimo, tendrían hermanos. Entonces ¿por qué Rashid insistía en que ella se cubriera, y en cambio no le parecía mal ver las partes íntimas de las esposas y hermanas de otros hombres?