– Eso es Shahr-e-Zohak. La Ciudad Roja. Antes era una fortaleza. La construyeron hace unos novecientos años para defender el valle de los invasores. El nieto de Gengis Kan la atacó en el siglo XIII, pero lograron acabar con él. Tuvo que ser Gengis Kan en persona quien la destruyera.
– Y ésa, mis jóvenes amigos, es la historia de nuestro país: una invasión tras otra -intervino el taxista, echando la ceniza del cigarrillo por la ventanilla-. Macedonios, sasánidas, árabes, mongoles. Y ahora, los soviéticos. Pero nosotros somos como esas murallas, maltrechas y no demasiado bonitas, pero seguimos en pie. ¿No es cierto, badar?
– Cierto -convino babi.
Media hora más tarde, el taxista aparcó el vehículo.
– Vamos, salid -indicó babi-. Venid a echar un vistazo.
Los dos niños bajaron del coche.
– Ahí están. Mirad -dijo babi, señalando.
Tariq dejó escapar un grito ahogado. Laila también, y supo entonces que no volvería a ver cosa igual aunque viviera cien años.
Los dos budas eran enormes, y alcanzaban una altura mucho mayor de lo que ella había imaginado por las fotos. Tallados en una pared rocosa blanqueada por el sol, los contemplaban desde lo alto tal como habían contemplado las caravanas que atravesaban el valle siguiendo la Ruta de la Seda, casi dos mil años antes. A ambos lados de las estatuas, en toda la extensión del nicho se abrían multitud de cuevas en la pared rocosa.
– Me siento muy pequeño -murmuró Tariq.
– ¿Queréis subir? -preguntó babi.
– ¿A las estatuas? -dijo Laila-. ¿Se puede?
Su padre sonrió y le tendió la mano.
– Vamos.
La ascensión fue difícil para Tariq, que hubo de sujetarse a Laila y a babi. Los tres subieron lentamente por la escalera angosta, sinuosa y escasamente iluminada. Fueron viendo las negras bocas de las cuevas a lo largo del camino, y un laberinto de túneles que perforaban la pared rocosa en todas direcciones.
– Cuidado dónde ponéis los pies -dijo babi, y su voz produjo un sonoro eco-. El suelo es peligroso.
En algunas partes, la escalera se abría a la cavidad de los budas.
– No miréis hacia abajo, niños. Mirad hacia delante todo el rato.
Mientras subían, babi les contó que en otros tiempos Bamiyán había sido un floreciente centro budista, hasta que cayó en manos de los árabes islámicos en el siglo IX. Las paredes de arenisca eran el hogar de los monjes budistas, que abrían cuevas en la roca para vivir en ellas y ofrecerlas como santuario a los cansados peregrinos. Los monjes, añadió, pintaban hermosos frescos en los techos y las paredes de sus cuevas.
– En cierto momento -explicó-, llegó a haber cinco mil monjes viviendo en estas cuevas como eremitas.
Tariq resollaba cuando llegaron a lo más alto. Babi también jadeaba, pero sus ojos brillaban de emoción.
– Estamos justo encima de las cabezas -señaló, secándose la frente con un pañuelo-. Desde ese saliente podemos asomarnos.
Se acercaron muy despacio al escarpado antepecho y los tres muy juntos, con el adulto en el centro, contemplaron el valle.
– ¡Mirad eso! -exclamó Laila.
Su padre sonrió.
El valle de Bamiyán estaba alfombrado de fértiles campos de cultivo. Babi les contó que eran de trigo de invierno y alfalfa, y también de patatas. Los campos estaban bordeados de álamos y atravesados por arroyos y acequias, en cuyas orillas vieron diminutas figuras femeninas arrodilladas haciendo la colada. El padre de Laila señaló los arrozales y los campos de cebada que cubrían las lomas. Era otoño, y la muchacha divisó varias personas que, vestidas con vistosas túnicas, ponían a secar las cosechas en las azoteas de sus casas de adobe. La carretera principal que atravesaba el pueblo también estaba flanqueada de álamos. En ella había pequeñas tiendas, casas de té y barberos que trabajaban en ambas aceras. Más allá del pueblo, del río y los arroyos, Laila vio el pie de las colinas, árido y pardo, y más allá todavía, el Hindú Kush con sus cumbres nevadas, que formaba parte del horizonte de Afganistán.
El cielo aparecía inmaculado, de un azul perfecto.
– Qué silencio -comentó ella en voz baja. Veía ovejas y caballos diminutos, pero no oía sus balidos ni sus relinchos.
– Es lo que más me impresiona de este lugar -dijo babi-. El silencio. La paz. Quería que vosotros también lo experimentarais. Y también quería que vierais la herencia cultural de vuestro país, niños, para que aprendáis de su rico pasado. Mirad, algunos temas puedo enseñároslos yo. Otros los aprendéis de los libros. Pero hay cosas que, bueno, hay que verlas y sentirlas.
– Mirad -indicó Tariq.
Vieron a un halcón que sobrevolaba el pueblo en círculos.
– ¿Alguna vez has traído a mammy aquí arriba? -preguntó Laila.
– Claro, muchas veces. Antes de que nacieran los chicos. Y después también. Tu madre era muy aventurera por entonces y… muy vivaz. Era la persona más alegre y feliz que he conocido jamás. -Sonrió al evocarlo-. Tenía una risa muy especial. Te juro que me casé con ella por esa risa, Laila. Te avasallaba. Te dejaba sin defensas.
La niña experimentó una oleada de afecto. A partir de entonces, recordaría siempre a su padre de aquella manera: recordando a mammy, acodado en el saliente, con el mentón apoyado en las manos, el viento alborotándole el pelo y los ojos entrecerrados para protegerse del sol.
– Voy a echar un vistazo a esas cuevas -dijo Tariq.
– Ten cuidado -advirtió babi.
– Sí, Kaka yan -respondió el eco de la voz de Tariq.
Laila contempló a tres hombres que en lo hondo del valle charlaban cerca de una vaca atada a una cerca. A su alrededor, los árboles habían empezado a adquirir una tonalidad ocre, anaranjada y rojo escarlata.
– Yo también echo de menos a los chicos, ¿sabes? -dijo babi. Los ojos se le llenaron de lágrimas al tiempo que le temblaba la barbilla-. Puede que yo no… Tu madre sólo conoce la alegría o la tristeza más extremas, y no sabe disimular. Nunca ha sabido. Supongo que yo soy diferente. Tiendo más a… Pero a mí también me ha destrozado la muerte de los chicos. Yo también los echo de menos. No pasa un día sin que… Es muy duro, hija. Muy, muy duro. -Se apretó los ojos con el pulgar y el índice. Cuando trató de seguir hablando, se le quebró la voz. Se mordió el labio y esperó. Respiró despacio y profundamente antes de mirarla-. Pero me alegro de tenerte a ti. Todos los días doy las gracias a Dios por tenerte a ti. Todos los días. A veces, cuando tu madre está en sus horas bajas, me siento como si fueras lo único que me queda, Laila.
Ella estrechó a su padre y apoyó la mejilla en su pecho. Él pareció sobresaltarse un poco, pues, al contrario que la madre, raras veces expresaba su afecto físicamente. Por eso le plantó un rápido beso en la coronilla y le devolvió el abrazo torpemente. Estuvieron así un rato, contemplando el valle de Bamiyán.
– A pesar de lo mucho que amo este país, algunos días pienso en abandonarlo -dijo babi.
– ¿Y adonde irías?
– A cualquier sitio donde sea fácil olvidar. Supongo que primero a Pakistán, durante un par de años, hasta tener listos los papeles.
– ¿Y luego?
– Y luego, bueno, el mundo es muy grande. Tal vez a Estados Unidos. A algún sitio cerca del mar. Como California.
Su padre dijo que los americanos eran un pueblo generoso, que los ayudarían con dinero y comida durante un tiempo, hasta que pudieran mantenerse por sí mismos.
– Yo encontraría trabajo y en unos años, cuando ahorráramos lo suficiente, abriríamos un pequeño restaurante afgano. Nada demasiado lujoso, sólo un rincón modesto, con unas cuantas mesas y alfombras. Tal vez colgaríamos algunas fotografías de Kabul. Daríamos a probar a los americanos la comida afgana. Y con tu madre de cocinera, harían cola en la puerta.