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»Y tú seguirías yendo al colegio, por supuesto. Ya sabes lo que pienso sobre el tema. Eso sería lo primero: que tú recibieras una buena educación, en el instituto y luego en la universidad. Pero en tu tiempo libre, si quisieras, podrías ayudarnos, anotar los pedidos, llenar las jarras de agua, esa clase de cosas.

Dijo que en el restaurante celebrarían fiestas de cumpleaños, banquetes de boda y fiestas de Año Nuevo. Se convertiría en un punto de encuentro para los afganos que, como él, hubieran huido de la guerra. Y por la noche, cuando el restaurante quedara vacío y estuviera limpio, se sentarían los tres a tomar un té entre las mesas vacías, cansados pero agradecidos por su buena suerte.

Cuando babi terminó de hablar, los dos se quedaron muy callados. Sabían que mammy se negaría a ir a ninguna parte. Abandonar el país había sido algo impensable mientras Ahmad y Nur estaban vivos. Pero desde que se habían convertido en shahid, hacer las maletas y salir corriendo sería una afrenta aún peor, una traición, como renegar del sacrificio que habían hecho.

Laila ya se imaginaba el comentario de su madre: «¿Cómo podéis pensarlo siquiera? ¿Su muerte no significa nada para ti, primo? Mi único consuelo es saber que piso el mismo suelo que han regado con su sangre. No. Jamás.»

Y babi no se iría sin ella, de eso Laila estaba segura, aunque mammy no fuera ya ni una esposa para él ni una madre para ella. Su padre se sacudiría de encima sus sueños, igual que se sacudía la harina de la chaqueta cuando volvía a casa del trabajo, y todo por su mujer.

La muchacha recordaba que en una ocasión su madre había dicho a su padre que se había casado con un hombre sin convicciones. Mammy no lo entendía. No entendía que, si se mirara a un espejo, no descubriera en su propia imagen la única convicción inquebrantable de la vida de su marido.

Más tarde, después de comer huevos duros y patatas hervidas con pan, Tariq echó una cabezada bajo un árbol a orillas de un arroyo que gorgoteaba. Durmió con la chaqueta pulcramente doblada a modo de almohada y las manos cruzadas sobre el pecho. El taxista se fue al pueblo a comprar almendras. Babi se sentó bajo una acacia de grueso tronco para leer un libro. Laila sabía cuál era; él mismo se lo había leído. Contaba la historia de un viejo pescador llamado Santiago que atrapaba un enorme pez. Pero cuando volvía a la orilla con su bote, no quedaba nada del pez capturado, pues se lo habían comido los tiburones.

La niña se sentó al borde del arroyo y metió los pies en el agua. Los mosquitos zumbaban sobre su cabeza y en el aire danzaba el polen de los álamos. Cerca de allí se oía el sonoro vuelo de una libélula. Vio los destellos del sol reflejado en sus alas mientras el insecto volaba de una brizna de hierba a otra, fulgores violáceos, verdes y anaranjados. Al otro lado del arroyo, un grupo de chicos hazaras recogían boñigas secas de vaca y las echaban en unos sacos que llevaban a la espalda. Un burro rebuznó. Un generador se puso en marcha con un petardeo.

La muchacha volvió a pensar en el sueño de su padre. «Algún sitio cerca del mar.»

Cuando estaban en lo alto de las efigies de Buda, Laila había ocultado algo a su padre: que se alegraba de que no pudieran irse, por un motivo importante: habría echado de menos a Giti y su rostro serio, sí, y también a Hasina, con su sonrisa maliciosa y sus payasadas. Pero, sobre todo, Laila tenía demasiado presente el tedio insoportable de aquellas cuatro semanas que Tariq había pasado en Gazni. Recordaba con excesiva viveza que el tiempo discurría infinitamente despacio, que ella se había arrastrado por los rincones sintiéndose perdida, sin rumbo. ¿Cómo iba a soportar una ausencia permanente?

Tal vez era absurdo desear tanto la compañía de una persona determinada en un país donde las balas habían abatido a sus propios hermanos. Pero no tenía más que recordar a Tariq abalanzándose sobre Jadim con su pierna ortopédica para que nada en el mundo le pareciera más sensato.

Seis meses más tarde, en abril de 1988, babi volvió a casa con una gran noticia.

– ¡Han firmado un tratado! -exclamó-. En Ginebra. ¡Es oficial! Se van. ¡Dentro de nueve meses ya no habrá soviéticos en Afganistán!

Mammy, que estaba sentada en la cama, se encogió de hombros.

– Pero el régimen comunista seguirá -objetó-. Nayibulá es una marioneta de los soviéticos. No se irá a ninguna parte. No, la guerra continuará. Esto no es el final.

– Nayibulá no durará mucho -aseguró babi.

– ¡Se van, mammy! ¡Se van de verdad!

– Celebradlo vosotros si queréis. Pero yo no descansaré hasta que los muyahidines organicen un desfile de la victoria aquí mismo, en Kabul.

Y con estas palabras, volvió a tumbarse y se tapó con la manta.

22

Enero de 1989

En un día frío y nublado de enero de 1989, tres meses antes de que Laila cumpliera once años, sus padres, Hasina y ella fueron a ver uno de los últimos convoyes soviéticos que abandonaban la ciudad. Los espectadores se habían concentrado a ambos lados de la carretera frente al Club Militar, cerca de Wazir Akbar Jan. Rodeados de nieve fangosa, contemplaron la hilera de tanques, camiones blindados y jeeps cuyos faros iluminaban los ligeros copos de nieve. Se oían insultos y abucheos. Soldados afganos mantenían a raya a la multitud. De vez en cuando, lanzaban al aire un disparo de advertencia.

Mammy sostenía una foto de Ahmad y Nur por encima de la cabeza. Era la imagen en la que aparecían sentados bajo el peral, espalda contra espalda. Había otras mujeres como ella, mujeres que mostraban en alto fotografías de maridos, hermanos, hijos shahid.

Alguien dio unos golpecitos en el hombro de Laila y de Hasina. Era Tariq.

– ¿De dónde has sacado eso? -exclamó Hasina.

– Quería vestirme adecuadamente para la ocasión -explicó él. Llevaba un enorme gorro ruso de pieles con orejeras, que se había bajado-. ¿Qué tal estoy?

– Ridículo -dijo Laila entre risas.

– De eso se trata.

– ¿Y tus padres han venido contigo y te han dejado llevar eso?

– Están en casa -contestó Tariq.

En otoño, el tío de Tariq que vivía en Gazni había muerto de un ataque al corazón, y unas semanas más tarde, el padre también había sufrido un infarto, a resultas del cual se hallaba débil y sin fuerza, propenso a padecer ansiedad y ataques depresivos que le duraban semanas. Laila se alegraba de ver a Tariq recuperado después de haberlo visto alicaído y malhumorado durante semanas, desde la enfermedad de su padre.

Los tres niños se escabulleron mientras mammy y babi se quedaban viendo partir a los soviéticos. Tariq compró un plato de judías hervidas con espeso chutney de cilantro para cada uno a un vendedor ambulante. Comieron bajo el toldo de una tienda de alfombras cerrada, y luego Hasina se fue en busca de su familia.

En el autobús de vuelta a casa, Tariq y Laila se sentaron detrás de los padres de ella. Mammy iba junto a la ventana, con la mirada fija en el exterior y la fotografía de sus hijos apretada contra el pecho. Junto a ella, babi escuchaba impasible los argumentos de un hombre, según el cual los soviéticos se iban, sí, pero enviarían armas a Nayibulá.

– Es su marioneta. Seguirán con la guerra a través de él, no le quepa duda.

En el otro lado del autobús, alguien se manifestó de acuerdo con lo dicho.

Mammy musitaba para sí largas plegarias, que se alargaban de forma interminable hasta que se quedaba sin aliento y tenía que pronunciar las últimas palabras con un débil y agudo chillido.