Una noche, pocas semanas después de que el pequeño cumpliera dos años, Rashid se presentó en casa con un televisor y un reproductor de vídeo. El día había sido cálido, casi agradable, pero al atardecer había refrescado y la noche se presentaba fría y sin estrellas.
Rashid colocó el televisor sobre la mesa de la sala de estar y dijo que lo había comprado en el mercado negro.
– ¿Otro préstamo? -preguntó Laila.
– Es un Magnavox.
Aziza entró en la sala de estar y, al ver el aparato, corrió hacia él.
– Cuidado, Aziza yo -le advirtió Mariam-. No lo toques.
Aziza tenía el cabello tan claro como su madre y también había heredado sus hoyuelos en las mejillas. Se había convertido en una niña tranquila y pensativa, con un comportamiento muy maduro para sus seis años. A Laila le maravillaba la forma de hablar de su hija, su ritmo y su cadencia, sus pausas reflexivas y sus entonaciones, como una voz adulta, tan dispar con el cuerpo inmaduro que la albergaba. Era Aziza la que, con desenfadada autoridad, había tomado a su cargo la tarea de despertar a Zalmai todos los días, vestirlo, darle el desayuno y peinarlo. Era ella quien lo ponía a dormir la siesta, la que actuaba como pacificadora, siempre comedida, de su imprevisible hermano. Al lado de éste, Aziza acostumbraba menear la cabeza con un gesto exasperado de asombrosa madurez.
Aziza apretó el botón de encendido del televisor. Rashid frunció el ceño, agarró a la niña por la muñeca y le puso la mano sobre la mesa con gran brusquedad.
– Este televisor es de Zalmai -dijo.
Aziza se fue hacia Mariam y se sentó en su regazo. Las dos eran inseparables. Con el beneplácito de Laila, Mariam había empezado a enseñar versículos del Corán a la niña. Aziza recitaba ya de memoria la surá de ijlas y la de fatiha, y sabía realizar los cuatro ruqats de la plegaría matinal.
– Es lo único que puedo darle -había dicho Mariam a Laila-: los rezos. Son las únicas posesiones que he tenido en mi vida.
Zalmai entró en la sala de estar. Rashid contempló a su hijo con ansia, igual que la gente espera los sencillos trucos de los magos callejeros. El pequeño tiró del cable del televisor, apretó los botones, apoyó las palmas sobre la pantalla. Cuando las levantó, la huella de sus manitas desapareció del cristal. Rashid sonrió con orgullo y siguió observando al niño, que apretaba las manos contra la pantalla y las levantaba una y otra vez.
Los talibanes habían prohibido la televisión. Habían roto cintas de vídeo públicamente y luego las habían enganchado a los postes de las vallas. Las parabólicas habían acabado colgadas de las farolas. Pero Rashid dijo que el hecho de que algo estuviera prohibido no significaba que no pudiera encontrarse.
– Mañana empezaré a buscar cintas de dibujos animados -dijo-. No será difícil. En los bazares clandestinos se encuentra de todo.
– Entonces quizá podrías conseguirnos un pozo nuevo -señaló Laila, y se ganó una mirada despectiva.
Más tarde, después de otro plato de arroz blanco sin acompañamiento alguno y de privarse nuevamente del té por culpa de la sequía, Rashid se fumó un cigarrillo y comunicó a Laila su decisión.
– No -dijo ella.
Rashid puntualizó que no se lo estaba consultando.
– Me da igual.
– Espera a oír toda la historia.
Rashid explicó que había pedido dinero a más amigos de lo que les había contado hasta entonces y que la tienda ya no daba para mantenerlos a los cinco.
– No te lo había dicho antes para que no te preocuparas. Además -añadió-, te sorprendería la cantidad de dinero que consiguen.
Laila volvió a decir que no. Estaban en la sala de estar. Mariam y los niños se encontraban en la cocina. Oyó el ruido de los platos, la risa aguda de Zalmai y a Aziza diciéndole algo a Mariam en su habitual tono firme y razonable.
– Habrá otros niños como ella, más pequeños incluso -insistió Rashid-. Todo el mundo en Kabul hace lo mismo.
Laila contestó que le daba igual lo que hicieran otras personas con sus hijos.
– La tendré vigilada -añadió Rashid, que empezaba a perder la paciencia-. Es un lugar seguro. Hay una mezquita al otro lado de la calle.
– ¡No permitiré que conviertas a mi hija en una mendiga! -espetó Laila.
La bofetada sonó con fuerza cuando la palma de la gruesa mano de Rashid chocó con la mejilla de Laila, volviéndole la cara. También acalló los ruidos de la cocina. Por unos instantes, la casa quedó sumida en un absoluto silencio. Luego se oyó el ruido de pasos apresurados en el pasillo y Mariam y los niños entraron en la sala de estar, mirando a uno y a otro.
Entonces Laila le asestó un puñetazo.
Era la primera vez que golpeaba a alguien, sin contar los puñetazos que había intercambiado en broma con Tariq. Pero ésos habían sido golpes flojos, con los puños abiertos, tímidamente amistosos, cómoda expresión de inquietudes que resultaban emocionantes y desconcertantes a la vez. Se los lanzaba al músculo que Tariq llamaba «deltoides» con tono enterado.
Laila observó el arco que trazó su puño al hendir el aire, y notó cómo se arrugaba la piel basta y sin afeitar de Rashid bajo sus nudillos. Se oyó un sonido como el de un saco de arroz al caer al suelo. El golpe fue fuerte. El impacto hizo que el hombre se tambaleara y reculara dos pasos.
En el otro extremo de la habitación se oyó un gemido ahogado, un chillido y un grito. Laila no sabía a quién correspondía cada sonido. En ese momento, estaba demasiado sorprendida para darse cuenta de nada o para que le importara siquiera. Simplemente, necesitaba asimilar lo que había hecho. Cuando lo consiguió, estuvo a punto de sonreír. Estuvo a punto de sonreír de oreja a oreja cuando vio con asombro que Rashid abandonaba tranquilamente la sala de estar.
De repente, a Laila le pareció que las penurias colectivas de Mariam, Aziza y ella misma, desaparecían sin más, que se evaporaban como la huella de las manos de Zalmai en la pantalla del televisor. Aunque fuera absurdo, le pareció que había valido la pena sufrir todo lo que habían sufrido para llegar a ese momento culminante, a ese acto de desafío que pondría fin a todas las humillaciones.
Laila no se percató de que Rashid había vuelto hasta que notó su mano alrededor de la garganta. Hasta que él la levantó del suelo y la lanzó contra la pared.
De cerca, el rostro despectivo de su marido parecía increíblemente grande. Reparó en lo abotargado que se estaba volviendo con la edad, y en que habían aumentado los vasos sanguíneos rotos que trazaban caminos diminutos en su nariz. Rashid no pronunció palabra. En realidad, ¿qué podía decirse, qué era necesario decir, cuando uno le metía a su mujer el cañón de una pistola en la boca?
Fueron las redadas lo que motivaron que cavaran el agujero en el patio. En ocasiones eran mensuales, a veces semanales. Últimamente, casi todos los días. Por lo general, los talibanes confiscaban cosas, pateaban algún culo y propinaban un par de golpes en la cabeza. Pero también azotaban públicamente a la gente en las palmas de las manos o las plantas de los pies.
– Con cuidado -jadeó Mariam, arrodillada al borde del agujero. Bajaron el televisor hasta el fondo, sujetando cada uno un extremo del plástico en el que lo habían envuelto-. Creo que así está bien.
Cuando terminaron de tapar el televisor, aplanaron la tierra y echaron un poco más alrededor del agujero para que no se notara tanto.
– Ya está. -Mariam suspiró, limpiándose las manos en el vestido.
Habían convenido en que desenterrarían el aparato cuando fuera más seguro, cuando los talibanes redujeran las redadas, en un mes, o dos, o seis, o quizá más.
En el sueño de Laila, Mariam y ella se encuentran detrás del cobertizo, cavando de nuevo. Pero esta vez es a Aziza a quien entierran. La respiración de la niña empaña el plástico en el que la han envuelto. Ella ve el pánico en sus ojos y la blancura de la palma de sus manos cuando empujan y golpean el plástico. La pequeña suplica. Laila no oye sus gritos. «Sólo será una temporada -le grita-. Sólo una temporada. Es por culpa de las redadas, ¿sabes, cariño? Cuando terminen las redadas, mammy y jala Mariam te sacarán de aquí. Te lo prometo, mi amor. Entonces podremos jugar. Podremos jugar todo lo que quieras.» Laila llena la pala de tierra.