– ¿Qué te parece si hoy las rezamos tú y yo juntos.
– Tú no sabes hacerlo como él.
Laila apretó el hombro de su hijo. Le dio un beso en la nuca.
– Puedo intentarlo.
– ¿Dónde está baba yan?
– Baba yan se ha ido -contestó Laila, notando de nuevo un nudo en la garganta.
Ahí estaba: había pronunciado por primera vez la gran mentira condenatoria. ¿Cuántas veces más tendría que soltar esa misma falsedad?, se preguntó Laila con abatimiento. ¿Cuántas veces más tendría que engañar a su hijo? Recordó el júbilo con que Zalmai acudía corriendo cuando Rashid regresaba a casa, y a éste levantándolo por los codos para girar con él una y otra vez hasta que las piernas del niño se levantaban en el aire, y luego los dos se echaban a reír cuando Zalmai caminaba tambaleándose, mareado como un borracho. Recordó sus ruidosos juegos, sus risas bullangueras, sus miradas de complicidad.
La vergüenza y el dolor por su hijo se abatieron sobre Laila como una mortaja.
– ¿Adónde ha ido?
– No lo sé, mi amor.
¿Cuándo volvería? ¿Le traería un regalo baba yan cuando regresara?
Finalmente, rezaron juntos. Veintiún Bismalá-e-rahman-e-rahims, uno por cada articulación de siete dedos. Laila vio a su hijo juntar las manos frente a la cara y soplar sobre ellas, y colocárselas luego con el dorso sobre la frente y hacer un movimiento de rechazo, al tiempo que susurraba: «Babalu, vete, no vengas a Zalmai, no quiero saber nada de ti. Babalu, vete.» Para terminar, dijeron tres veces Alá-u-akbar. Más tarde, en medio de la noche, a Laila la sobresaltó una voz apagada: «¿Se ha ido baba yan por mi culpa? ¿Por lo que he dicho del hombre que estaba abajo contigo?»
Laila se inclinó sobre él con intención de tranquilizarlo, de asegurarle que él no había hecho nada malo, que no tenía nada que ver con él. Pero Zalmai ya se había quedado dormido, y su pecho bajaba y subía al ritmo de la respiración.
Cuando Laila se acostó, estaba aturdida, ofuscada. Era incapaz de razonar. Sin embargo, al despertarse con la llamada del muecín a la oración de la mañana, había recobrado la lucidez.
Se sentó en la cama y estuvo un rato contemplando a Zalmai, que dormía con la barbilla apoyada en un puño. Laila imaginó a Mariam entrando en la habitación a hurtadillas durante la noche, mientras el pequeño y ella dormían, para observarlos mientras consideraba posibles planes.
Laila se levantó. Le costó un gran esfuerzo ponerse en pie. Le dolía todo el cuerpo. En el cuello, los hombros, la espalda, los brazos y los muslos tenía las heridas causadas por la hebilla del cinturón de Rashid. Salió de la habitación silenciosamente, haciendo muecas de dolor.
La habitación de Mariam estaba sumida en una penumbra un poco más que gris, del tipo que Laila siempre había asociado con gallos cacareando y gotas de rocío en la hierba. La mujer estaba sentada en un rincón, sobre una estera de rezo, de cara a la ventana. Laila se agachó despacio para sentarse delante de ella.
– Deberías ir a ver a Aziza esta mañana -observó Mariam.
– Sé lo que piensas hacer.
– No vayas a pie. Coge el autobús, así pasarás desapercibida. Los taxis son demasiado llamativos. Si coges uno tú sola seguro que te detienen.
– Anoche me prometiste que…
Laila no pudo terminar la frase. Los árboles, el lago, la aldea sin nombre. Comprendió que todo era una ilusión vana, una bonita mentira para apaciguarla, el consuelo que se arrulla a un niño afligido.
– Lo decía en serio -la interrumpió Mariam-. Lo decía en serio para ti, Laila yo.
– No quiero nada si no es contigo -gimió ella.
La mujer mayor esbozó una sonrisa lánguida.
– Quiero que sea tal como dijiste para todos, Mariam -replicó la joven-. Para mí, para ti y los niños. Tariq tiene una casa en Pakistán. Podemos ocultarnos allí durante un tiempo, esperar a que se olvide todo…
– Eso no va a ser posible -replicó la otra en tono paciente, como hablaría una madre con un niño con buenas intenciones, pero equivocado.
– Nos cuidaremos la una a la otra -dijo Laila atropelladamente, con los ojos llenos de lágrimas-. Como tú dijiste. No. Yo cuidaré de ti, para variar.
– Oh, Laila yo.
La mujer más joven se lanzó a una atropellada perorata. Trató de negociar haciendo promesas. Ella se encargaría de todas las tareas de la casa, dijo, y también de cocinar.
– Tú no tendrás que hacer nada nunca más. Tú descansarás, dormirás hasta tarde, tendrás tu jardín. Todo lo que quieras me lo podrás pedir y yo te lo iré a buscar. Pero no hagas esto, Mariam. No me dejes. No le rompas el corazón a Aziza.
– Cortan manos por robar pan. ¿Qué crees que harán cuando encuentren a un marido muerto y dos esposas desaparecidas?
– No se enterará nadie. No nos encontrarán.
– Sí, tarde o temprano nos encontrarán. Son como sabuesos. -Mariam hablaba en voz baja, en tono admonitorio, haciendo que las promesas de Laila parecieran fantásticas, falsas, insensatas.
– Mariam, por favor.
– Y cuando nos encontraran, te considerarían tan culpable como a mí. Y a Tariq también. No permitiré que viváis los dos huyendo siempre como fugitivos. ¿Qué les ocurriría a tus hijos si os cogieran?
A Laila le escocían los ojos rebosantes de lágrimas.
– ¿Quién se ocuparía de ellos entonces? ¿Los talibanes? Piensa como una madre, Laila yo. Piensa como una madre. Es lo que yo hago.
– No puedo.
– Pues no te queda más remedio.
– No es justo -gimió Laila.
– Sí lo es. Ven aquí. Ven a tumbarte aquí.
Laila gateó hasta ella y apoyó la cabeza sobre su regazo. Recordó todas las tardes que habían pasado juntas, trenzándose los cabellos la una a la otra, y a Mariam escuchando pacientemente sus pensamientos al azar y sus historias corrientes con aire agradecido, con la expresión de una persona a la que se ha concedido un privilegio único y codiciado.
– Es justo -afirmó Mariam-. He matado a nuestro marido. He privado de su padre a tu hijo. No es correcto que huya. No puedo. Aunque no nos cogieran nunca, yo no podría… -Le temblaron los labios-. Jamás escaparía del dolor de tu hijo. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara? ¿Cómo iba a atreverme a mirarlo a la cara, Laila yo?
Mariam jugueteó con un mechón de pelo de su compañera, le desenredó un terco rizo.
– Para mí, todo acaba aquí. No anhelo nada más. Todo lo que deseaba de niña tú me lo has dado ya. Tú y tus hijos me habéis hecho muy feliz. Todo está bien, Laila yo. No te preocupes ni te entristezcas.
La joven no halló ninguna réplica razonable a las palabras de Mariam. Aun así, continuó divagando de forma tan incoherente como infantil sobre los árboles frutales que plantarían y las gallinas que tendrían. Siguió hablando de casitas en lugares sin nombre, y de paseos a lagos rebosantes de truchas. Y al final, cuando se quedó sin palabras, descubrió que en cambio seguía teniendo lágrimas, y no le quedó más remedio que rendirse y llorar como una niña abrumada por la lógica aplastante de un adulto. Se encogió y enterró la cara una última vez en el agradable y cálido regazo de Mariam.
A media mañana, la mujer mayor metió pan e higos secos para la comida de Zalmai, y también unos cuantos higos y galletas con forma de animales para Aziza. Luego le entregó la bolsa a Laila.
– Dale un beso a la niña de mi parte -pidió-. Dile que es la nur de mis ojos y la sultana de mi corazón. ¿Lo harás?
Laila asintió con los labios apretados.
– Coge el autobús, como te he dicho, y no levantes la cabeza.
– ¿Cuándo volveré a verte, Mariam? Quiero verte antes de declarar. Yo les contaré cómo ha ocurrido todo. Les explicaré que no ha sido culpa tuya, que te viste obligada. Lo comprenderán, Mariam, ¿verdad? Lo comprenderán.