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—Bien. ¿Informes sobre los daños?

La gente rodeaba a Kinsman sonriendo, excitados por la victoria. Pero Harriman seguía todavía escupiendo una corriente continua de palabras a una de las pantallas del teléfono en un extremo del sofá.

Kinsman se abrió paso hacia él.

—Hugh, ¿malas noticias?

Harriman hizo revolotear una mano regordeta hacia él.

—¡Estoy tratando de averiguar, maldición! ¡Dame un minuto o dos!

—¿Qué hacemos con los, eh… prisioneros de la fábrica de agua? —preguntó Perry.

—Que vuelvan a sus habitaciones. Pónles un guardia armado al final de cada corredor. Simplemente hay que controlar que no hagan más daños. —A Kinsman le zumbaba la cabeza—. ¿Alguna novedad de Leonov?

—Recibimos una llamada de Lunagrad hace más o menos una hora —respondió Ellen—. No del coronel Leonov, sino de uno de sus científicos. Era una llamada personal para Landau.

¿Landau?

—¿Ninguna otra comunicación?

—No.

Intrigado, Kinsman se abrió camino hasta su escritorio. En una de las pantallas murales vio que todas las secciones de Selene estaban completamente normales, excepto la plaza principal, llena de gente con aire de fiesta. Se paseaban de un lado a otro con caras alegres, excitadas.

Una pantalla mostraba una parte de la fábrica de agua: una explosión había reventado media docena de caños y la preciosa y sagrada agua salía a borbotones inundando el área hasta la altura de las rodillas, mientras un equipo de reparaciones se movía tratando de detener la pérdida. Kinsman sentía como si una de sus propias arterias se hubiera abierto: era como si la sangre vital se estuviera desperdiciando.

Se dejó caer en una silla junto al escritorio y encontró una línea de teléfono libre. Apretó un botón y miró hacia arriba. Ellen le alcanzó los auriculares.

—Lunagrad —le dijo a la computadora—. El coronel Leonov.

Pero una de las operadoras apareció en la pantalla sacudiendo su cabeza:

—Lo siento, señor, pero las comunicaciones con Lunagrad no son continuas. En este momento no tenemos ninguna respuesta.

¡Jesucristo!

—Usen el sistema de comunicación láser de superficie. Sáquenlo de su orientación hacia las estaciones espaciales y diríjanlo hacia el espejo receptor de Lunagrad.

—Señor, necesitaré una autorización y…

—Habla Kinsman. Voy a poner al capitán Perry al teléfono, y será mejor que cuando él llegue aquí, ese láser esté apuntando al receptor de Lunagrad. ¡Quiero una comunicación, y la quiero ahora!

—¡Sí, señor! —La muchacha tenía los ojos asombrados.

Kinsman llamó a Perry a su escritorio y le explicó lo que quería que hiciera. Se dirigió luego al sofá donde Harriman estaba conversando, aún muy animado.

¿Qué hace toda esta gente aquí?, se preguntó. Al recorrer la habitación con los ojos vio al jefe de la sección ingenieros, a dos de los científicos más antiguos, a un par de jóvenes no comisionados de la Fuerza Aérea que trabajaban en las instalaciones de la catapulta, y a varias otras personas de diferentes secciones administrativas, e incluso a unos pocos que no pudo ubicar. Y Ellen. Ésta se levantó del escritorio y se le acercó.

—¿Cómo va todo?

Chet sacudió la cabeza.

—No lo sé todavía. Ni una palabra de Leonov.

—¿Estás bien?

—Sí. Bien. ¿Y tú?

—Quiero ayudar. ¿Qué puedo hacer?

Se encogió de hombros.

—Siéntate y sufre, como el resto de nosotros.

En ese momento comprendió por qué todos estaban ahí, por qué la gente se estaba reuniendo en la plaza principal. Esperaban. Esperaban a ver si todo funcionaría o no. Esperaban, para saber si vivirían o morirían.

Y yo soy el responsable.

Harriman bufó y golpeó sus manos contra los muslos.

—¡Muy bien, muy bien, impriman los detalles —gritó a una de las pantallas— y manden una copia aquí para que estos enloquecidos lo vean!

Kinsman estaba de pie frente a él.

—¿Y bien?

Harriman se volvió a mirarlo y movió bruscamente una mano.

—Ni muy bueno, ni muy malo. He hecho que todos los equipos de inspección de daños informen directamente a la computadora, y luego la estúpida máquina mezclará todo en unos pocos minutos.

—¿Y?

—Análisis preliminar: la producción de agua se ha reducido en un cuarenta por ciento. Los minerales y otras materias primas se han reducido un poco menos, posiblemente un veinticinco o treinta por ciento. Destrozaron muchas cañerías, pero las grandes maquinarias, las trituradoras…

—Bueno, en realidad no tenían suficientes explosivos como para hacer realmente daño alguno a esos monstruos.

—Cuarenta por ciento. ¿Por cuánto tiempo, quieres saber?

—Sí, ¿cuánto estima la computadora que demorarán las reparaciones?

—Dos semanas —dijo Harriman—. Pero aún es demasiado pronto como para saber… ¡Maldición! Digamos un mes, por lo menos.

Kinsman hizo un rápido cálculo mental.

—Podemos vivir con eso. Habrá escasez de agua durante un mes, más o menos.

Harriman se levantó de un salto.

—Así que tendremos que beber nuestro alcohol puro, ¿no?

Y súbitamente todos se pusieron a reír, casi gritando por el alivio. La enérgica voz de tenor de Perry se oyó por sobre los otros ruidos.

—¡Tengo a Lunagrad en línea! ¡Están buscando a Leonov para que hable!

La oficina quedó en absoluto silencio.

Todo depende de Pete ahora, se dijo Kinsman, dirigiéndose al escritorio. Perry abandonó la silla y Kinsman la ocupó sintiéndose un tanto débil y pequeño junto a ese hombre más joven.

La pantalla del teléfono era un confuso arco iris de rayas y colores, producido por la estática. De pronto se aclaró, y la cara de Piotr Leonov tomó forma. Estaba serio, y su pelo gris acero se veía despeinado.

—Discúlpame, mi amigo. —El corazón de Kinsman se detuvo—. Tendría que haber pensado en la comunicación láser más temprano. Los de la línea dura trataron de apoderarse de los principales centros de comunicaciones y de energía.

—¿Trataron? —Kinsman sintió que su sangre comenzaba a circular nuevamente.

—Sí. Hubo disparos. Lamentablemente, tuvimos que matar a algunos. Pero todo ha terminado ahora. Todo está controlado.

Un suspiro de alivio se escapó de todos los que estaban en la oficina.

—Bien, Pete. Bien… —dijo sobriamente Kinsman—. Tambien nosotros tenemos esta parte de Selene bajo control.

Por primera vez Leonov sonrió.

—Felicitaciones, entonces. Podemos ya brindar por el nacimiento de Selene, la nación más joven de la humanidad…

—No todavía —dijo Kinsman—. Antes hay que apoderarse de las estaciones espaciales. Sin ellas, todo lo que hemos hecho no tiene sentido.

Leonov asintió vigorosamente con la cabeza.

—Tengo listo un grupo de lanzaderas que están siendo abordadas por hombres de confianza. Y las mismas estaciones espaciales están tripuladas por gran variedad de gente: ucranianos, uzbekos, y hasta algunos polacos y checos.

—¿En serio? —Kinsman pudo percibir que la tensión entre la gente que lo rodeaba comenzaba a desaparecer—. ¿Y cómo es eso?

Leonov respondió con una amplia sonrisa.

—Hace unos años tuve una misión como director de personal para operaciones orbitales. Y logré poner énfasis en la preparación, la educación y la habilidad técnica más que en la afiliación y el celo partidario. El entusiasmo y los ideales leninistas, si bien son básicamente correctos, como comprenderás, no son un substituto del conocimiento de la mecánica orbital cuando uno está en una estación espacial.