Ahora se la veía reluciente. Yo quería más. Estábamos en un coche aparcado. Ella se encontraba allí bajo coacción. Yo no podía convencerla con halagos, ni excitarla, para que me diera más. Tenía que buscarlo en otros.
No sabía cómo conseguir más. Bill actuaba por su cuenta y me enseñó el modo de hacerlo.
Joe Walker repasó el listado de todos los Hilliker de Wisconsin. Había un Leigh Hilliker en Tomah. Tomah quedaba cerca de Tunnel City. Bill llamó a Leigh Hilliker. Tenía ochenta y cuatro años. Era primo hermano de mi madre. Dijo que Leoda Wagner había muerto. Ed Wagner estaba hospitalizado en Cross Plains, Wisconsin. Jeanne Wagner era ahora Jeanne Wagner Beck y vivía en Avalanche, Wisconsin. Tenía un marido y tres hijos. Leigh Hilliker estaba al corriente de la investigación que llevábamos a cabo. Había visto el programa de Day One el año anterior. Bill le preguntó si los Wagner lo sabían. Leigh respondió que lo ignoraba. Tenía sus señas y su número de teléfono. No se había mantenido en contacto. No los había llamado para comentarles lo del programa.
Bill consiguió el número de Janet Klock y el del hospital donde estaba Ed Wagner. Los llamó. Les contó lo que estábamos haciendo. Se mostraron tan sorprendidos como encantados. Me creían muerto en alguna cuneta de Los Ángeles hacía quince años.
Tío Ed tenía ochenta años y una dolencia cardíaca congestiva. Leoda había muerto hacía siete años, de cáncer. Janet tenía cuarenta y dos años y era la administradora pública de Cross Plains, Wisconsin. Dijo que tenía algunas fotografías encantadoras. Se las había dado su madre. Tía Jean era guapa. Janet explicó que las fotos se remontaban a su infancia.
Añadió que tía Jean había estado casada anteriormente, con un joven llamado Spalding heredero de la fortuna de la marca de productos deportivos Spalding. El matrimonio había sido muy breve.
Bill me llamó para darme la noticia. Me sentí más que perplejo. Bill me sugirió que fuésemos a Wisconsin. Insistía en la faceta familiar. Accedí. El aspecto familiar no fue un factor de peso en mi decisión. Me convencieron las fotografías y el factor Spalding.
Había más. Estaba ella.
29
Ed Wagner murió. Retrasamos nuestro viaje a Wisconsin.
Ed se encontraba viejo y enfermo, pero no en estado terminal. Murió inesperadamente. Las hermanas Wagner lo enterraron junto a Leoda. El cementerio estaba a cien metros de la puerta trasera de la casa de Janet.
Yo no lo conocía. Lo había visto una docena de veces en total. Siempre tomé la misma actitud severa de mi padre contra él. Era un alemán cabeza cuadrada que se había escaqueado del servicio militar. Las acusaciones resultaban muy poco sólidas. Ed siempre me había tratado bien. Se alegró de saber que estaba vivo y tenía éxito en mi profesión. Yo nunca lo llamé. Quería verlo. Le debía disculpas. Quería dárselas cara a cara.
Llamé a las hermanas Wagner. Hicimos planes para realizar el viaje antes de que su padre muriese. Al principio nos mostramos nerviosos. Luego, nos relajamos. Janet dijo que Leoda se habría sentido orgullosa de mí. Disentí de ella: quería destruir la visión que Leoda daba de su hermana. Janet señaló que Leoda no toleraba calumnias acerca de Geneva. Ed era más liberal. Tenía una opinión equilibrada. Jean bebía demasiado. Estaba preocupada. Nunca había compartido sus problemas con nadie.
Yo hablé con franqueza. Mis primas, también. Describí la vida y la muerte de mi madre en términos brutales. Ellas dijeron que le había roto el corazón a Leoda. Yo repliqué que había intentado arreglar las cosas con ella hacía dieciocho años. Critiqué a mi madre sin tacto. Leoda se escandalizó y con ello eché a perder mi intento de firmar la reconciliación.
Jeannie tenía cuarenta y nueve años y regentaba un invernadero. Su marido era profesor de universidad. Tenían dos hijos y una hija. Janet se había casado con un carpintero y tenía tres hijos y una hija. Yo no los veía desde las Navidades del 66. Leoda me había llevado en avión a Wisconsin. El primo no estuvo a la altura del timador.
Leoda se ofendió. Obsesionó a sus hijas. Desarrolló una inquina maliciosa. Sus hijas, no. Ellas acogieron mi regreso afectuosamente. Jeannie se mostró algo reservada. Janet, entusiasta. Acerca del matrimonio con Spalding, todo lo que sabía era que había durado muy poco. Ignoraba dónde se había celebrado la boda y qué circunstancias rodeaban la anulación o el divorcio. Desconocía el nombre de pila de Spalding. En junio del 58, Janet tenía cuatro años. Jeannie, casi doce. Leoda les explicó que tía Jean había salido a hacer la compra y la habían secuestrado. La policía había encontrado su cuerpo la mañana siguiente. Leoda abrevió el episodio de la muerte de mi madre del mismo modo que había expurgado su vida.
Janet me envió una copia del árbol genealógico de los Hilliker. Me sorprendió. Siempre había creído que mis abuelos eran inmigrantes alemanes. No sé de dónde había sacado tal idea. Mis antepasados poseían apellidos ingleses. El nombre completo de mi abuela era Jessie Woodard Hilliker. Tenía una hermana gemela llamada Geneva. El árbol enumeraba diversos Hilliker, Woodard, Smith, Pierce y Linscott. Llevaban siglo y medio en Norteamérica. Ed y Leoda estaban muertos. Ya no podían disputarme los derechos. Me habría opuesto a las pretensiones de ella con todo el tacto posible. Mis primas apenas conocían a mi madre. Podía permitirles que la compartiesen conmigo, superficialmente. Su corazón oscuro lo guardaba para mí.
Cross Plains era un barrio de las afueras de Madison. Bill y yo llegamos al aeropuerto de la ciudad.
Janet fue a recibirnos. La acompañaban su marido, su hijo menor y su hija.
No la reconocí. En el 66, Janet tenía doce años. No advertí en ella ningún rasgo característico de los Hilliker.
Brian Klock tenía cuarenta y siete años. Habíamos nacido en la misma fecha. Janet me contó que el día del cumpleaños de Brian Leoda rezaba por mí. También era mi aniversario. Nunca se olvidaba. Mindy Klock tenía dieciséis años. Tocaba el piano. Dijo que interpretaría algunas piezas de Beethoven para mí. Casey Klock tenía doce y el aspecto de un chico revoltoso. Los varones Klock poseían una cabellera abundante. Expresé mi envidia por ello y Brian y Casey se echaron a reír. Bill se mostró afable de inmediato. Jamás vi a nadie que supiese hacerlo tan bien. Los Klock nos llevaron a un Holiday Inn, en cuyo restaurante los invitamos a cenar. La conversación se desarrolló de manera fluida. Bill describió nuestra investigación. Mindy me preguntó si conocía algún astro del cine y mencionó sus ídolos del momento. Le dije que eran homosexuales. No me creyó. Le comenté algunos chismes de Hollywood. Janet y Brian se rieron. Bill también, y añadió que yo tenía la boca llena de mierda. Casey se hurgó la nariz y jugueteó con la comida.
Nos lo pasamos bien. Janet expuso el plan para el día siguiente. Iríamos a Tunnel City y a Tomah. Por el camino recogeríamos a Jeannie. Mencioné las fotos. Ella dijo que las tenía en casa y que las veríamos al día siguiente, por la mañana.
La cena se prolongó. La comida era extraña. Cada plato iba acompañado de queso fundido y salchicha. Imaginé que se trataba de una aberración regional. Los Klock hablaban con fuerte acento, similar al de Ed y Leoda. Escuché sus voces en el aire. No lograba recordar la voz de mi madre. Hablamos de ella. Janet y Brian se mostraron reverentes. Les dije que aflojaran un poco.