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Robé algunos libros de bolsillo de Spillane, los leí y quedé deslumbrado y asustado. No creo que me enterase por completo del argumento, pero sé que eso no impidió que disfrutase con ellos. Me encantaron los tiroteos, las escenas de sexo y el fervor anticomunista de Mike Hammer. El conjunto era justo lo bastante hiperbólico como para evitar que sintiese demasiado miedo. No era explícito y aterrador en el sentido extremo que lo eran mi madre y la Rubia y el Hombre Moreno.

Mi padre me permitía cada vez más libertad. Me dijo que podía ir al cine solo y sacar a Minna a dar el último paseo del día. Por la noche Hancock Park era un mundo muy distinto.

La oscuridad hacía retroceder los colores y las farolas de las esquinas despedían un agradable fulgor. Las casas se convertían en telones de fondo para las luces de las ventanas.

Desde las sombras del exterior, miré el interior de las casas. Vi cortinajes, paredes desnudas, destellos de color y siluetas pasar por delante de ellas. Vi chicas con uniformes de escuelas privadas. Vi algunos hermosos árboles de Navidad.

Estos paseos de última hora eran inquietantes y seductores. La oscuridad reforzaba mi sentido de propiedad del lugar y disparaba mi imaginación. Empecé a acechar patios traseros y a asomarme a las ventanas posteriores.

El simple hecho de merodear por allí constituía algo emocionante en sí mismo. Las ventanas posteriores me ofrecían imágenes íntimas.

Lo mejor eran las ventanas de los cuartos de baño. Veía mujeres medio vestidas y mujeres y chicas en albornoz. Me gustaba observarlas mientras hacían muecas delante del espejo.

Encontré un guante de béisbol en una mesa de picnic. Me lo llevé. Detrás de otra casa encontré un balón de fútbol, de cuero auténtico. Lo robé y lo rajé por la mitad con una navaja, para ver qué tenía dentro.

Aún no había llegado a la adolescencia y ya era un ladrón y un mirón. Me encaminaba hacia una cita íntima con una mujer profanada.

8

Me llegó en un libro. Un regalo inocente quemó mi mundo hasta los cimientos.

Cuando cumplí once años mi padre me dio un libro. Se trataba de una obra de no ficción, un canto al Departamento de Policía de Los Ángeles titulado La Placa; su autor era Jack Webb, astro y cerebro del programa de televisión Redada.

El programa se basaba en casos del DPLA. Los policías hablaban con voz monótona y trataban a los sospechosos con brusquedad y desprecio. Éstos, por su parte, mostraban una verborrea incontenible, producto de su pusilanimidad. Los polis no daban crédito a ninguna de sus tonterías.

Redada era la saga de unas vidas sin oportunidades, sin futuro, enfrentadas a la autoridad. Los métodos represivos de la policía aseguraban un Los Ángeles virtuoso. El programa tenía un tono severo y rezumaba autocompasión subliminal. Era la épica de unos hombres aislados que ejercían una profesión aislante, privados de ilusiones convencionales y traumatizados por el contacto diario con la hez. Era la angustia del varón al estilo de los años cincuenta: la alienación como anuncio de servicio público.

El libro era el programa de televisión, pero libre de frenos. Jack Webb detallaba los métodos policiales y se lamentaba profusamente de la carga que soportaban los varones blancos del DPLA. Comparaba a los delincuentes con comunistas, y no había la menor ironía en ello. Ilustraba los terrores y las prosaicas satisfacciones del trabajo policial mediante anécdotas de la vida real. Libre de las limitaciones de la estricta censura televisiva, recogía algunos casos verdaderamente escabrosos.

El asunto de la bomba incendiaria del club Meca fue todo un acontecimiento. El 4 de abril de 1957 cuatro indeseables fueron expulsados de una taberna del vecindario. Un rato después, regresaron con un cóctel molotov e incendiaron el local, que quedó convertido en cenizas. Murieron seis clientes. Al cabo de pocas horas el DPLA atrapó a los autores, que fueron juzgados, encontrados culpables y condenados a muerte.

Donald Keith Bashor era ladrón de pisos. Reventaba pequeños apartamentos en el distrito de Westlike Park. En dos ocasiones, sendas mujeres lo sorprendieron en plena acción. Bashor las mató a golpes. Fue capturado, juzgado y condenado. En octubre del 57 entró en la cámara de gas.

Stephen Nash era un psicópata a quien le faltaban varias piezas dentales y que estaba furioso con el mundo. Mató a un hombre de una paliza y apuñaló a un chico de diez años bajo el rompeolas de Santa Mónica. El DPLA le echó el guante en el 56. Confesó nueve asesinatos más y se calificó a sí mismo como «el rey de los asesinos». Fue juzgado, condenado y sentenciado a muerte.

Las historias eran horrorosas. Los villanos daban muestras de estupidez y de tener tendencias nihilistas.

Stephen Nash mataba por impulso. Sus asesinatos carecían de cálculo y su intención al perpetrarlos no era sembrar un horror indecible. Nash no sabía convertir su furia en gestos simbólicos y volcarla como tal sobre un ser humano vivo. Le faltaba la voluntad de cometer asesinatos o la inclinación a ello que despertaban la fascinación del gran público.

El asesino de la Dalia Negra sabía lo que el otro ignoraba. Comprendía la mutilación como lenguaje. Asesinó a una mujer joven y hermosa y de este modo se aseguró su celebridad anónima.

Leí el relato de Jack Webb sobre el caso de la Dalia Negra. La lectura fe llevó a lo más hondo y oscuro de mí.

La Dalia Negra era una muchacha llamada Elizabeth Short. Su cuerpo fue encontrado en enero de 1947 en un solar vacío, seis kilómetros al sur del edificio de apartamentos donde yo vivía.

Elizabeth Short estaba cortada en dos por la cintura. El asesino había limpiado el cuerpo y lo había desnudado. Lo había abandonado a pocos centímetros de una acera de la ciudad, con las piernas bien abiertas.

La torturó durante días. La golpeó y la cubrió de cortes con un cuchillo afilado. Apagó cigarrillos en sus pechos y le rajó las mejillas desde las comisuras de los labios hasta las orejas.

Aquello atenuó su sufrimiento de manera espantosa. Fue sometida a abusos y aterrorizada sistemáticamente. Después de muerta, el asesino hurgó en el interior de su tronco y cambió los órganos de lugar. El crimen fue un acto de pura locura misógina y, por lo tanto, fácil de malinterpretar.

En el momento de su muerte Betty Short tenía veintidós años. Era una chica alocada que vivía fantasías de chica alocada. Un reportero, se enteró de que sólo se vestía de negro y la bautizó «la Dalia Negra». El apodo la desvalorizaba, envilecía su memoria y convertía a la muchacha en una hija perdida santificada y en una buscona sin clase.

El caso tuvo un eco enorme en la prensa. Jack Webb enfocó su resumen de doce páginas según el pensamiento dominante en la época: las mujeres fatales tenían finales escabrosos y eran cómplices en atraer sobre ellas la muerte por vivisección. Webb no entendía las intenciones del asesino ni sabía que sus manipulaciones ginecológicas definían el crimen. No sabía que el asesino tenía un miedo terrible a las mujeres. No sabía que había abierto en dos a la Dalia para ver qué hacía a las mujeres diferentes de los hombres.

Por entonces yo tampoco sabía todas esas cosas. Lo que sabía era que tenía una historia a la que ir al encuentro y de la que huir.

Webb describió los últimos días de la Dalia. La muchacha iba al encuentro de los hombres y huía de ellos, forzando sus recursos mentales hasta conducirlos al borde de la esquizofrenia. Buscaba un lugar seguro donde esconderse.

Un par de fotografías acompañaban al relato.

La primera mostraba a Betty Short en la esquina de la calle Treinta y nueve y Norton. Sus piernas quedaban medio tapadas. Varios hombres, algunos armados, otros con blocs de notas, estaban de pie en torno al cuerpo.