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El doctor me inyectó un potente tranquilizante. Regresé a mi dormitorio dando tumbos y caí redondo sobre mi litera.

Desperté después de la merienda. Me sentía aturdido y arrastraba las palabras al hablar. Una idea fue tomando cuerpo en mi mente: lo único que tenía que hacer era exagerar un poco más mi expresión de temor por la seguridad de mi padre.

A la mañana siguiente comencé a tartamudear; resulté convincente desde la primera sílaba. Como los actores del Método, sabía aprovechar los recursos que me ofrecía la vida real.

El sargento de mi pelotón se tragó la actuación, aun cuando yo no era un auténtico actor, sino un mero comicastro. Escribí una nota en la que expresaba mi grave preocupación por mi padre. El sargento lo llamó y me dijo que por el modo en que hablaba no le parecía que estuviese muy bien.

Fui asignado a una unidad: Compañía A, 2.° Batallón, 5.a Brigada de Instrucción. Desde el momento en que recibí el uniforme me calificaron de posible pirado. El comandante de la compañía escuchó mi torturado discurso y dijo que no era un elemento adecuado para aquel ejército.

Un miedo real, auténtico, dio forma a mi actuación. Un sentido dramático innato acabó de pulirla. En un instante de acaloramiento habría sido capaz de estallar de verdad. Mi cuerpo, largo y crispado, fue la herramienta de un gran actor.

Empecé la instrucción básica. Soporté dos días de marchas y de los acostumbrados ejercicios militares. Mis compañeros de instrucción destacaban a mi lado; yo era un payaso tambaleante llegado de Marte.

El comandante de la compañía me llamó a su despacho. Dijo que se me concedía un permiso de dos semanas y que la Cruz Roja me llevaría a casa. Mi padre acababa de sufrir otro ataque.

El viejo tenía un aspecto sorprendentemente bueno. Compartía habitación con otro apopléjico, quien me hizo saber que todas las enfermeras estaban asombradas de la enorme cachiporra de mi padre. Lo comentaban entre risas y se la miraban mientras él dormía.

Durante dos semanas visité a mi padre cada día. Le dije que volvía a casa para ocuparme de él. Hablaba en serio. El mundo exterior, el real, me impulsaba, por miedo, a querer al viejo una vez más.

El permiso fue toda una descarga. Adorné mi uniforme con insignias sobrantes de guerra y me paseé por Los Ángeles como si fuera todo un personaje. Llevaba alas de paracaidista, la insignia de infantería de combate y cuatro galones de méritos en campaña. Era el soldado raso más autocondecorado de la historia militar.

A finales de mayo volé de regreso a Fort Polk. Volví a mi fingido tartamudeo y actué ante un psiquiatra militar. El hombre recomendó que me licenciaran de inmediato. Su informe señalaba «dependencia extrema de figuras de apoyo», «bajo rendimiento en situaciones de estrés» y «marcada incompetencia para el servicio militar».

La licencia fue concedida. El papeleo tardaría un mes en completarse.

Lo había conseguido. Había conseguido engañarlos. Los había obligado a creerme.

La Cruz Roja llamó unos días más tarde. Mi padre acababa de sufrir otro ataque.

La Cruz Roja me llevó hasta él, de modo que pude verlo antes de que expirara.

Estaba demacrado, lleno de agujeros y manchado de desinfectante rojo; tenía tubos conectados a su nariz y a sus brazos.

Sostuve su mano derecha junto a la barandilla de la cama y le dije que se pondría bien. Sus últimas palabras inteligibles fueron: «Trata de ligarte a todas las camareras que te sirvan.»

Una enfermera me condujo hacia una sala de espera. Al cabo de unos minutos, un médico entró para informarme de que mi padre había muerto.

Era el 4 de junio de 1965. Había sobrevivido a mi madre menos de siete años.

Caminé hasta Wilshire y allí tomé un autobús de regreso al motel. Me forcé a llorar, igual que un día había hecho a causa de la pelirroja.

10

El Ejército me soltó en julio. Obtuve una licencia general «en condiciones honorables». Era libre, blanco, y tenía diecisiete años. Me dieron de baja justo cuando los que irían a Vietnam empezaban a prepararse.

Mis compañeros reclutas seguirían una instrucción especial y lo más probable era que después los enviasen a Vietnam. Esquivé sus balas con el aplomo de un actor del Método. Pasé el último mes en Fort Polk engullendo novelas policíacas. Seguí tartamudeando y vagando por el dormitorio de la Compañía A. Engañé a todo el Ejército de Estados Unidos.

Volé de nuevo a Los Ángeles y fui directamente a mi antiguo barrio. Encontré un apartamento de una sola habitación en el cruce de Beverly con Wilton. El Ejército me había mandado de regreso a casa con quinientos dólares. Falsifiqué la firma de mi padre en sus tres últimos cheques de la Seguridad Social y los cambié en una tienda de licores. Mi cuenta bancaria engordó hasta alcanzar los mil dólares.

Mi tía Leoda prometió enviarme cien dólares cada mes. Me advirtió de que el dinero del seguro no iba a durarme siempre. Me inscribió para que obtuviera las ayudas de la Seguridad Social y de la Asociación de Veteranos, una especie de pensión mínima de orfandad que terminaría cuando cumpliese dieciocho años. Insistió en que volviera a la escuela. Los chicos que estudiaban con plena dedicación seguían cobrando la pasta hasta los veintiún años.

También me dijo que se alegraba de que mi padre hubiese muerto. Seguramente la ayudaba a mitigar la pena que sentía por mi madre.

La escuela era para pelotilleros y espásticos. Mi lema era «Vive libre o muere».

Minna había acabado en la perrera. Mi antiguo apartamento estaba cerrado a cal y canto. El propietario se había quedado las pertenencias de mi padre a cambio de los alquileres atrasados. Mi nuevo cubil era una maravilla. Tenía cuarto de baño, una pequeña cocina americana y una sala de tres metros y medio por uno y medio, con una cama empotrada. Llené las paredes con pegatinas derechistas y con varios desplegables de las playmate del mes.

Durante una semana salí de casa con el uniforme. Pisé la tumba de mi padre y alardeé con mi traje verde del Ejército cubierto de insignias inmerecidas. Me hice con un nuevo vestuario de Silverwoods y Desmond. Era puro estilo Hancock Park: camisas de algodón, jerséis de cuello redondo y pantalones de hilo.

Los Ángeles estaba resplandeciente y hermoso. Sabía que justo allí, en mi ciudad natal, perseguía cierto destino jodido y cambiante.

Fui tirando con el dinero que tenía en el banco y empecé a buscar trabajo. Encontré uno que consistía en repartir propaganda por la calle, pero lo dejé, muerto de aburrimiento, al cabo de una semana. Luego estuve limpiando mesas en la parrilla Sizzler, una de las más conocidas de Los Ángeles, pero me despidieron porque se me caían los platos a montones. Después encontré trabajo en la cocina de un Kentucky Fried Chicken, de donde me largaron por hurgarme la nariz delante de los clientes.

Tuve tres empleos diferentes en dos semanas. Resté importancia a mis fracasos y decidí pasar el verano sin trabajar.

Lloyd, Fritz y Daryl me redescubrieron. Yo tenía piso propio, lo cual me convertía en un lacayo viable.

Permitieron que entrase de nuevo en su pandilla, que se convirtió en quinteto con la aparición de un chico brillante llamado George. Fritz y George iban a ingresar respectivamente en la USC y en la Cal-Tech. A Lloyd y a Daryl les quedaba por delante otro año de instituto.

La pandilla se reunía en mi casa y en la de George. El padre de George, que se llamaba Rudy, era guardia jurado en las autopistas y un reconocido líder derechista. Se emborrachaba cada noche e insultaba a los liberales y a Martin Luther King, «ese mamón». Le encantaba lo de los «pasajes de barco para África» y desde el principio demostró un interés paternal por mí.

Tener amigos era estupendo. Dilapidé los mil dólares invitándolos a parrilladas y al cine. Nos desplazábamos con el Fairlane del 64 de Fritz. Los paseos en bicicleta eran agua pasada.