El chalado me sugirió que robase unos cuantos. Me gustó la idea; te permitía tener tu suministro de anfetas sin necesidad de contactos en el mundo de la droga o de receta médica. Robé tres inhaladores en una tienda Save-On y me los tomé con un refresco.
Los algodones medían cinco centímetros de largo y tenían el diámetro de un cigarrillo. Estaban empapados de una solución que olía a demonios. Inhalé uno y contuve la reacción de expulsarlo. Se quedó en su sitio y su efecto duró media hora.
El coloque fue fetén. Se subía al cerebro y te tensaba los riñones. Era tan bueno como cualquier estimulante de los que vendían en las farmacias.
Regresé al Robert Burns Park y me pasé la noche inhalando. El cuelgue me duró ocho horas y me dejó machacado y esquizofrénico. El vino barato me quitó el malestar y me puso nuevamente eufórico.
Había encontrado algo que siempre podría tener.
Me apliqué a ello con ahínco. Cada tres o cuatro días robaba inhaladores y desaparecía. Me colocaba en los lavabos de hombres de la biblioteca y volvía al Robert Burns Park flotando. El impulso de la anfeta me proporcionó las fantasías sexuales y delictivas más elaboradas. Robé una linterna y algunas revistas porno y las integré en mi mundo privado.
La vida al aire libre no estaba nada mal. Le dije a la tía Leoda que me mandara los cien pavos a casa de Lloyd. Pensó que vivía con un colega. Omití explicarle que me había convertido en un campista permanente.
Me olvidé de integrar el factor lluvia en mi ecuación de vida al aire libre, lo que me obligó a buscar un refugio. Encontré una casa abandonada en la Octava y Ardmore y me instalé en ella.
Era un edificio de dos plantas sin luz ni agua corriente. En la sala había un sofá con tapizado imitación cuero. En él se dormía bien, y era cómodo para masturbarse.
Tomé posesión del lugar. Dejé abierta la puerta delantera y cada vez que salía escondía mis cosas en un armario. Pensaba que estaba siendo discreto, pero me equivocaba.
Ocurrió a finales de noviembre. Cuatro polis tiraron la puerta a patadas y me apuntaron con sus pistolas.
Me arrojaron al suelo y me esposaron. Me clavaron esas grandes cacharras del calibre doce en la cara, me metieron en un coche, me llevaron a la comisaría de Wilshire y me empapelaron por allanamiento de morada.
Mi compañero de celda era un chico negro acusado de robo a mano armada. Había atracado una tienda de licores. Todo había ido perfecto, pero advirtió que se le había caído el peine afro en la escena del delito. Cuando volvió para recuperarlo el propietario lo reconoció. La pasma lo arrestó allí mismo.
Yo estaba asustado. Aquello era peor que la prisión de menores de Georgia Street.
Me interrogó un detective. Le dije que no había entrado en la casa a robar, sino que dormía en ella. Me creyó y dejó los cargos en intrusión.
Un carcelero me llevó al ala en que estaban los reclusos que habían cometido delitos leves.
Se me pasó un poco el miedo. Mis compañeros de celda dijeron que nadie iba a parar a la cárcel por intrusión y que lo más probable era que me soltaran pronto.
Pasé el sábado y el domingo en las celdas de la comisaría de Wilshire. Nos daban de comer dos veces al día y un par de tazas de café. Los otros estaban allí por borrachos o por pegar a sus mujeres. Todos mentíamos sobre los beneficios que habíamos obtenido con nuestro delito y las mujeres a las que nos habíamos tirado.
El lunes por la mañana, a primera hora, un autobús de la Oficina del Sheriff nos llevó al Palacio de Justicia. Fuimos conducidos a la Lincoln Heights Division, famosa por su calabozo para borrachos. Allí esperamos a que nos enviaran ante el juez. El calabozo tenía unos cuarenta metros cuadrados y estaba lleno de hombres de los bajos fondos. Los agentes nos lanzaban bolsas de comida, por las que había que pelearse. Yo era alto y logré agarrar mi ración en el aire.
Pasaban las horas. Unos cuantos borrachos comenzaron a padecer el síndrome de abstinencia. Pasaríamos ante el juez de diez en diez.
El juez resultó ser una mujer llamada Mary Waters. Los tipos del calabozo decían que era una vieja puta y antipática.
Cuando estuve ante ella me declaré culpable. Me espetó que parecía un prófugo de la mili. Contesté que no. Decretó detención sin fianza, pendiente de libertad condicional. Debía presentarme de nuevo en el juzgado el 23 de diciembre.
Estábamos a 2 de diciembre. Tenía por delante tres semanas movidas. Recobré la compostura. Un agente me esposó a una cadena de doce hombres. Otro nos llevó a un gran autobús blanco y negro.
El autobús nos condujo a la Prisión Central del Condado. Era un edificio enorme, a dos kilómetros al noroeste del centro de Los Ángeles. Los trámites de admisión duraron doce horas.
Los vigilantes nos registraron hasta las orejas y nos rociaron con una solución antiparasitaria antes de que cambiáramos nuestra ropa por el uniforme de la prisión. Nos hicieron análisis de sangre y nos pusieron varias vacunas. Nos pasamos horas yendo de un funcionario a otro. Cuando al fin me adjudicaron una celda ya eran casi las tres de la madrugada.
Éramos seis allí dentro, aunque el lugar estaba proyectado para cuatro. Un funcionario me indicó que pusiera el colchón debajo de la litera inferior de la izquierda. Estaba tan cansado que me quedé dormido en cuanto me acosté.
Desperté a las seis de la mañana, para el desayuno. Un funcionario dijo unos cuantos nombres por megafonía, entre ellos el mío. Iban a trasladarnos a la prisión del Palacio de Justicia.
Un interno dijo que era la misma historia de siempre. Te empapelaban en el distrito judicial «nuevo» y luego te enviaban a otro sitio. En contraposición, la prisión del Palacio de Justicia era conocida como el distrito judicial «viejo».
Un funcionario me encadenó a unos tipos y otros dos nos condujeron hasta una furgoneta. Cuando llegamos a la prisión nos metieron en un ascensor que subió hasta la planta decimotercera.
La celda que me tocó estaba al doble de su capacidad. Un funcionario dijo que los nuevos dormiríamos en el pasillo. Tenías que enrollar la colchoneta por la mañana y vagar de una celda a otra hasta que se apagaban las luces.
Pasé veinte días de ese modo. Una voz interior me hablaba de mi Gestalt básica.
Eres grande pero no duro, cometes delitos pero no eres un delincuente de verdad. Vigila tus actos, cuidado con lo que dices. Quédate tranquilo y contén la respiración durante veinte días.
Yo mismo me daba este mensaje de manera instintiva. No verbalizaba el pensamiento; ignoraba que mi mera presencia gritaba: chico estúpido, eres un tarugo, un inútil.
Mantuve la boca cerrada. Me programé para ser estoico. Intentaba no traicionar mi miedo abiertamente. Los otros internos se reían sólo de verme. La mayoría de ellos eran criminales a la espera de juicio; comprendían y desdeñaban a los tipos débiles.
Se burlaban de mi andar espasmódico, y acortaron mis dos nombres al odiado «Leroy». Me llamaban el Profesor Chiflado. Nunca me pusieron una mano encima. Creían que no era merecedor de semejante desprecio.
Lloyd vino a verme. Dijo que había telefoneado a mi tía y le había contado que yo estaba en la cárcel. Del dinero de mi seguro no quedaba casi nada, pero aun así la vieja se había ofrecido a anticiparme doscientos billetes. Lloyd me informó de que en los Apartamentos Versailles, en la Sexta con St. Andrews, alquilaban un cuartucho de mala muerte por ochenta dólares al mes.
Cuando hubieron pasado los veinte días se presentó un oficial de la libertad condicional. Me explicó que la jueza Waters iba a soltarme. Aplazarían la sentencia y me concederían tres años de libertad a prueba. Tendría que buscarme un trabajo.