En Bel-Air seguí colocándome. Compré un reproductor de casetes y me pasaba horas ciego de hierba escuchando a los compositores románticos alemanes. Por la noche vagaba por los campos de golf y luchaba con aquella novela emergente.
Lloyd se trasladó al hotel Westwood. Había dejado el alcohol y la droga dura y se mantenía con marihuana. Flirteaba con la idea de la sobriedad real. Le dije que no me interesaba.
Mentía.
Tenía casi treinta años. Quería hacer cosas, no robaba, no tenía fantasías sexuales con mi madre. Dios u otras fuerzas cósmicas me habían devuelto el cerebro de manera permanente. No oía voces. No estaba tan jodido como antes.
Y no era un ser humano civilizado.
Mantenerme a base de marihuana me llenaba físicamente. Comía mucho, cargaba bolsas de golf y hacía gimnasia. Era alto, fuerte y corpulento. Tenía ojos pardos, muy grandes y llevaba gafas con montura metálica que acentuaban su tamaño. Estaba colocado todo el rato. Parecía un loco consumido por un monólogo interior. Los desconocidos me encontraban molesto.
Las mujeres me tenían miedo. Intenté hablar con algunas en una librería y se asustaron muchísimo. Sabía que tenía mal aspecto y que mi nivel de higiene estaba por debajo de la media.
Tenía hambre. Quería amor y sexo. Quería dar mis historias mentales al mundo.
Sabía que en aquellas circunstancias no podía conseguir esas cosas. Debía renunciar a toda clase de droga. No podía beber. No podía robar. No podía mentir. Tenía que ser un jodido hijo de puta encerrado en sí mismo, estricto y severo. Tenía que repudiar mi vieja vida y a partir de la fuerza disecada de ésta, y sólo de ella, construir una nueva.
Me gustó el concepto, resultaba atractivo para mi naturaleza extremista. Me gustaba el carácter de autoinmolación. Me gustaba el aire de apostasía absoluta.
Durante semanas le di vueltas a la idea. Estimulaba mi impulso narrativo y amargaba mi gusto por la droga. Quería cambiar por completo mi vida.
Lloyd se había limpiado en Alcohólicos Anónimos. Me aseguró que la abstinencia total era mejor que el alcohol y la hierba en sus mejores momentos. Le creí. Siempre había sido más listo y fuerte que yo, y más lleno de recursos.
Seguí su pista. «Al carajo», me dije, y abandoné mi antigua vida.
Alcohólicos Anónimos era un desenfreno. El panorama a finales de los años setenta era una locura: redención, sexo, Dios y unas caídas tan brutales como estúpidas. Era mi educación sentimental y mi camino de regreso a la vida.
Me encontré con muchas personas cuya vida era igual a la mía con ligeras variaciones. Oí historias que superaban a las mías en horror. Hice amigos. Aprendí preceptos morales y desarrollé una fe en Dios expresada con sencillez que no era más compleja y sentida que la de un niño en una escuela dominical.
Entrar en Alcohólicos Anónimos fue doloroso. Sus reuniones me pasaron factura. La gente mantenía conversaciones ambiguas y trilladas. Sólo me quedaba para tomar las manos a las mujeres durante la plegaria al Señor.
Las mujeres me magnetizaban, y si volvía era por ellas, para tomarlas de la mano. La lujuria y mi voluntad apostólica me mantenían sobrio.
Alcohólicos Anónimos hizo un trabajo sutil conmigo. Su literatura criticaba el alcoholismo y la drogodependencia de manera brillante. Comprendí que yo era un elemento más de una plaga común. En ese contexto mi historia resultaba banal y sólo unos pocos detalles incidentales la hacían única. La crítica imbuía a los principios de Alcohólicos Anónimos de una gran fuerza moral. Yo los encontraba absolutamente creíbles y confiaba en su eficacia.
Los principios me vencieron. La gente me hizo capitular.
Trabé amistad con algunos tipos. Me relajé con las mujeres y di rienda suelta a mi ego en los atriles de Alcohólicos Anónimos. Enseguida me convertí en un magnífico orador. Mi exhibicionismo autodestructivo dio un giro completo.
En Alcohólicos Anónimos del Westside había ganas de placeres mundanos. Los asistentes a las reuniones eran jóvenes, blancos y lascivos. El alcohol y la droga no existían. El sexo, sí. El lema era: «Mantente sobrio, ten confianza en Dios y folla.»
Después de las reuniones, la gente se desmadraba. Un chico dio una fiesta en la que hubo intercambio de parejas. Había hombres y mujeres que se conocían en el local y a las dos horas se casaban en Las Vegas. Las fiestas nudistas en piscinas abundaban. Las mujeres atacaban a los hombres con todo descaro. Annie B., conocida como la Salvaje, le enseñó los pechos a Kenny Deli después de la reunión de los martes en Ohio Street.
Me acosté con mujeres. Tuve líos de una, dos y tres noches, y penosos intentos de monogamia estricta. Dejé que los adictos al caballo que estaban desintoxicándose cayeran redondos en la pista mientras yo bailaba con los ligues de última hora. Ganaba trescientos dólares a la semana y me gastaba casi todo en mujeres. Elegía prostitutas yonquis, las llevaba a las reuniones de Alcohólicos Anónimos y les hacía tragar la historia de la Dalia Negra para que se asustaran y se desenganchasen. Era un libertinaje frenético, a menudo alborozado.
Sobrio, hice realidad casi todos mis sueños sexuales inducidos por la droga.
El mundo real eclipsó el fantástico. Sólo persistía esa historia. Sabía que era una novela.
Me perseguía como un fantasma. Invadía mis pensamientos en momentos extraños. Yo no sabía si tenía huevos para escribirla. Disfrutaba de una época de bonanza. Ignoraba que el motivo de todo eran cosas viejas.
Mi madre llevaba muerta veinte años. Mi padre, trece. Soñaba con él. Con ella no soñaba nunca.
Mi nueva vida era abundante en fervor y escasa en retrospección. Sabía que había abandonado a mi padre y acelerado su muerte y había pagado la deuda con creces. Mi madre era otra cosa.
Sólo la conocía con vergüenza y repugnancia. La expolié en un sueño febril y negué mi propio mensaje de anhelo. Me asustaba resucitarla y amarla con el cuerpo y el alma.
Escribí la novela y se vendió. Trataba de mí y del mundo del delito en Los Ángeles. Me daba miedo acechar a la pelirroja y desvelar sus secretos. Aún no había encontrado al hombre que me la devolvería.
III. STONER
Tú eras un fantasma. Te encontré en las sombras y tendí las manos hacia ti de muchas y terribles maneras. Tú no me censuraste. Soportaste mis ataques y dejaste que me castigara a mí mismo.
Tú me hiciste. Tú me formaste. Me diste una presencia fantasmal que brutalizar. Nunca me pregunté cómo rondabas fantasmagóricamente a los demás. Nunca me cuestioné el que poseyera tu espíritu.
No quería compartir mi derecho sobre ti. Te rehice de manera depravada y te encerré bajo llave donde otros no pudieran tocarte. No sabía que el simple egoísmo invalidaba todas mis exigencias sobre ti.
Vives fuera de mí. Vives en los pensamientos enterrados de desconocidos. Vives mediante tu fuerza de voluntad para esconderte y fingir. Vives gracias a tu fuerza de voluntad para evitarme.
Estoy decidido a encontrarte. Sé que no puedo hacerlo solo.
12
Todos sus fantasmas eran mujeres. Corrían por sus sueños de modo intercambiable.
La podrida en la cuneta de la carretera 126. La camarera de la Marina. La adolescente que se quedó muda de estupor después de que la violasen y golpearan.
La lógica del sueño distorsionaba los detalles. Las víctimas se movían entre los escenarios del crimen y mostraban signos de muerte contradictorios. A veces volvían a la vida. Se las veía más viejas o más jóvenes o tal como eran en el momento de su muerte.
Daisie Mae fue sodomizada como Bunny. Karen recibió los golpes de cachiporra que hicieron caer de bruces a Tracy. La cachiporra era de fabricación casera. Los asesinos habían introducido cojinetes en un pedazo de manguera de jardín y habían cerrado los dos extremos. Las resurrecciones instantáneas resultaban desconcertantes. Se suponía que las mujeres tenían que quedarse muertas. El asesinato las acercaba a él. Su amor empezaba en el instante mismo en que morían.