Las víctimas eran mujeres blancas ancianas. Todas habían muerto a palos. En todos los casos, los asesinos habían cortado los hilos telefónicos y habían comido alimentos de la nevera. Mataron a las víctimas con objetos contundentes. En un treinta por ciento de las ocasiones saquearon las casas y robaron los coches. Todas las víctimas fueron ancianas blancas. Todos los coches fueron abandonados en un pequeño radio de West Los Ángeles. Todas las palizas fueron salvajes. Una de las mujeres perdió un ojo. Los asesinos actuaban cada tres o cuatro noches.
Stoner clasificó los crímenes y puso la información por escrito. Envió un boletín urgente a todos los departamentos policiales del condado. Volvió a las comisarías de Lennox, Inglewood y West Los Ángeles e informó de lo averiguado. Todo el mundo pensó lo mismo: debían ponerse en acción de inmediato.
El Departamento de Policía de Beverly Hills llamó a Stoner. Habían visto el boletín. Tenían dos sospechosos para él.
Se llamaban Jeffrey Langford y Roy Benny Wimberly. Eran negros y rondaban los veinticinco años. La gente del Departamento de Policía de Beverly Hills los había arrestado por dos robos con allanamiento. Habían sido condenados a tres años de cárcel en la penitenciaría del estado. En esos momentos quizás estuviesen en libertad.
Stoner llamó a la Oficina de Libertad Condicional del estado y al Departamento de Vehículos a Motor. Averiguó que Wimberly y Langford habían salido en libertad condicional antes de que comenzaran los robos. Langford vivía en West Los Ángeles, cerca del lugar donde habían aparecido los coches robados.
Stoner llamó a una patrulla de la Metropolitana y puso a ambos hombres bajo vigilancia. Wimberly y Langford circularon durante tres días en el jeep de este último. Inspeccionaron dos casas en West Los Ángeles y una casa en Beverly Hills; en los tres casos los moradores eran ancianos blancos.
Stoner llamó al DPLA. Un policía de la Brigada de Robos llamado Varner puso equipos de vigilancia en las dos casas de West Los Ángeles. Stoner llamó al Departamento de Policía de Beverly Hills, que puso un equipo de vigilancia en la casa de su jurisdicción y sacó a los viejos de allí.
Varner cubrió dos casas. Sacó a los ocupantes de la casa número uno. Los de la casa número dos se negaron a marchar. Varner dispuso en la sala de estar dos policías armados con fusiles. Los moradores se avinieron a refugiarse en otro lugar bajo custodia permanente.
Wimberly y Langford empezaron a vigilar sólo la casa número dos.
Stoner supo que no tardarían en dar el golpe. Mandó un helicóptero y dos equipos de vigilancia callejera y distribuyó walkie-talkies. La casa de Langford estaba cubierta. La casa número dos estaba cubierta. El helicóptero debía seguir a los sospechosos desde una distancia prudencial. Stoner estableció un puesto de mando en la comisaría de Lennox, desde donde estaba en contacto directo con la casa número dos y con todas las unidades móviles.
Los sospechosos salieron de casa de Langford el 3 de julio del 81 a la una de la madrugada. Fueron en el jeep hasta el callejón trasero de la casa número dos. El helicóptero siguió todos sus movimientos.
Aparcaron, se apearon, echaron a andar hacia la casa número dos y saltaron la valla. Cortaron los cables exteriores del teléfono. Empezaron a forzar las ventanas del dormitorio trasero, que estaban cerradas con una plancha de madera; los viejos lo habían hecho como precaución adicional. Se olvidaron de decírselo a la policía.
Wimberly y Langford siguieron forzando las ventanas. Las comunicaciones por walkie-talkie desde dentro de la casa número dos cesaron por completo. Stoner contactó con las unidades móviles, aparcadas a una manzana de distancia de la casa número dos.
Wemberly y Langford seguían intentando abrir las ventanas. Hacían un ruido del carajo. Eran tan intrépidos como estúpidos. Se les escapaba la visión de conjunto de la situación.
En la misma manzana, más abajo, estalló un petardo. Las unidades móviles creyeron que se trataba de un disparo. Encendieron las luces y las sirenas y se lanzaron contra los sospechosos.
Wimberly y Langford salieron pitando. Las unidades móviles cerraron el callejón y los atraparon.
Stoner los interrogó en la comisaría de Lennox. No querían confesar los robos ni los asesinatos. Les dijo que Henry Boldt había muerto. No reaccionaron. Añadió que los arrestaba por un total de cinco asesinatos. Se hicieron los murrios durante todo el interrogatorio.
Billy Farrington volvió de vacaciones. Ayudó a Stoner en el interrogatorio de los sospechosos. Langford le dijo a Billy que era un negro de mierda. Stoner se interpuso e impidió que la cosa llegase a más. Wimberly y Langford se negaron a confesar. Stoner registró sus casas. Llenaron varios camiones con objetos robados. Stoner obtuvo una orden de registro de la casa de los padres de Wimberly. Recuperó cortacéspedes, productos de belleza y un espejo chapado en oro. Encontró el jarrón de Dora Boldt. En él no había huellas dactilares. El número que aparecía en la base no era un número de serie. El objeto carecía de valor como prueba.
Los objetos robados quedaron almacenados en Parker Center. Las víctimas los identificaron. Wimberly y Langford fueron condenados por doce cargos de robo. No se recuperaron objetos que sirvieran como prueba inculpatoria de los asesinatos de Dora Boldt y las otras mujeres. Stoner no pudo acusarlos de homicidio. Habría matado al hijo de puta del fotógrafo que pisó el trozo de queso.
Wimberly y Langford fueron juzgados y condenados.
A Langford le cayeron diecisiete años. A Wimberly, de veinte a veinticinco. Langford salió antes con libertad condicional. Los federales lo detuvieron con dos kilos de cocaína. Lo condenaron a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Stoner esperaba que los sentenciaran por homicidio múltiple y tuvo que conformarse con la condena por robo. El caso Wimberly-Langford hizo que se sintiese frustrado y temeroso de lo que pudiera ocurrirles a sus parientes. Wimberly y Langford procedían de familias de clase media. Nadie los había maltratado de pequeños. Stoner aprendió que los hombres mataban por cortacéspedes y por un televisor.
Un hombre secuestró a una vieja de sesenta años. Intentó obligarla a que sacara dinero de un cajero automático. La mujer se equivocó varias veces al marcar. El tipo se hartó y la mató a balazos.
La abandonó en el aparcamiento de una iglesia. Le robó las tarjetas de crédito y se compró unas botas Kinney de la talla cuarenta.
Los hombres del sheriff del condado de Riverside se presentaron en su casa con una antigua orden de busca y captura por saltarse la libertad condicional. Oyó que llamaban a la puerta y se escondió en la cama, debajo de su novia de ciento treinta kilos.
La policía de Riverside lo detuvo dos días después. Les dijo que tenía noticias de un asesinato cometido en el condado de Los Ángeles. Un motorista le había confiado que había matado a una vieja y se había deshecho del cuerpo arrojándolo detrás de una iglesia. Si lo soltaban, los ayudaría a encontrar al tipo.
Los de Riverside llamaron a Stoner y le contaron lo que el hombre decía. Stoner les preguntó si llevaba unas botas Kinney de la talla cuarenta. Respondieron que sí. Stoner les dijo que iba para allá con una orden de detención por homicidio.
El tipo confesó. La Brigada de Robos de la Oficina del Sheriff lo acusó de varios atracos. La novia le hacía de chófer. El tipo se negó a no implicarla.
Los hombres mataban a las mujeres y luego, en un suspiro, se ponían sensibleros con ellas.
Un camboyano se trasladó a Hawaiian Gardens. Tenía dos hijos de su primera mujer, que había muerto en la guerra, y otros dos hijos de su nueva esposa. Eran camboyanoamericanos que trabajaban de firme.
El hombre se enteró de que su mujer lo engañaba. Mató a puñaladas a los dos críos que había tenido con ella y luego se suicidó. Stoner aprendió que los hombres mataban a las mujeres por poderes, como si acabaran con un símbolo.