Выбрать главу

Frank iba a ver el expediente de mi madre. Leería los informes y vería las fotos de la escena del crimen. Vería a Jean Ellroy muerta. Aquello me afectó de inmediato. Me afectó profunda y rápidamente y en dos niveles distintos.

Yo también tenía que ver el expediente. Tenía que escribir sobre aquella experiencia y publicar el escrito en alguna revista importante. Sería un buen golpe publicitario para mi siguiente novela.

Llamé a mi editor en GQ y se lo propuse. La idea lo puso en acción y habló con su jefe. Éste me dio luz verde. Llamé a Frank Girardot y le pedí que pusiera al corriente a sus hombres del Departamento de Casos No Resueltos. Frank se puso en contacto con los sargentos Bill McComas y Bill Stoner, quienes me aseguraron que podría ver el expediente.

Me dispuse a hacer el viaje, pero el gran terremoto de Los Ángeles retrasó mis planes en varias semanas. El Palacio de Justicia fue clausurado. Homicidios de la Oficina del Sheriff estaba de traslado y los expedientes se hallaban en tránsito. El retraso me dio cierto tiempo para bailar con la pelirroja.

Sabía que era el momento de enfrentarme a ella. Una vieja fotografía me dijo por qué.

Mi mujer la encontró en el archivo de un periódico, compró un duplicado y lo enmarcó. En ella aparecía yo, de pie junto al banco de trabajo de George Krycki. Era el 22 de junio de 1958.

En la foto no se puede discernir mi estado de ánimo. Quizás estuviera aburrido. Quizá, catatónico. Mi actitud no delata nada.

Es mi vida en el nivel cero. Estoy demasiado aturdido, aliviado o perdido en cálculos como para dar señales de simple pena.

La foto tenía treinta y seis años y definía a mi madre como un cuerpo en una cuneta y como fuente de inspiración literaria. Yo no me sentía capaz de separar lo que era suyo de lo que era mío.

Me gusta encerrarme en suites de hotel. Me gusta apagar las luces y poner el acondicionador de aire. Me gustan los ambientes contenidos y con temperatura controlada. Me gusta sentarme en la oscuridad y dejar vagar la mente. Por la mañana me encontraría con Bill Stoner. Pedí al servicio de habitaciones que me subieran algo de cenar y una jarra enorme de café. Apagué las luces y dejé que la pelirroja me llevara por ahí.

Conocí cosas de nosotros. Otras, las presentí. Su muerte corrompió mi imaginación y me proporcionó unos dones explotables. Me enseñó autosuficiencia mediante ejemplos negativos. Mi tendencia a la autoconservación estaba a la altura de mis impulsos autodestructivos. Mi madre me aportó el don y me maldijo con la obsesión. Empezó como curiosidad en lugar de hacerlo como pena infantil. Floreció como una búsqueda de oscuro conocimiento y mutó en una horrible avidez de estimulación. Los impulsos obsesivos estuvieron a punto de matarme. La furia por convertir mis obsesiones en algo bueno y útil me salvó. Sobreviví a la maldición. El don adoptó su forma final en el lenguaje.

Ella me cargaba de energía para el sexo y para la muerte. Era la primera mujer en mi camino hacia la mujer brillante y valerosa con que me había casado. Ella me daba un rompecabezas resistente sobre el cual reflexionar y del que aprender. Me proporcionaba el tiempo y el lugar de su muerte para extrapolar cosas de ella. Era el centro, tácito o susurrado, del mundo de ficción que yo había creado y del mundo placentero en el cual vivía. Y, hasta aquel momento, apenas se lo había reconocido de manera suficientemente rutinaria.

Escribí mi segunda novela, Clandestine, en el 80. Era mi primera confrontación mano a mano con Jean Ellroy. La retrataba como una borracha torturada con un pasado hiperbólicamente torturado en un pueblucho de Wisconsin. Le di un hijo de nueve años y un ex marido malvado que se parecía físicamente a mi padre. Incluí detalles autobiográficos en el libro y situé la acción a principios de los años cincuenta para desarrollar un subargumento policiaco sobre la amenaza roja. Clandestine hablaba de Jean Ellroy de forma anecdótica. La historia giraba en torno a su hijo, de treinta y dos años. El héroe era un policía joven y ambicioso dispuesto a follarse a cuanta mujer se le pusiera por delante y a ascender a toda costa. Yo era un joven escritor ambicioso, impaciente por ascender.

La ascensión significaba dos cosas: escribir una gran novela policiaca y atacar la historia fundamental de mi vida.

Me dispuse a ello. Llevé a la práctica mi decisión consciente de manera inconsciente. Clandestine era más rico y complejo que mi libro anterior. La madre y el hijo estaban perfectamente logrados. Sólo fallaban en comparación con la vida real. No éramos mi madre y yo, sino producto de la ficción. Yo quería que se hicieran a un lado y siguiesen su camino. Había creído que podría perfilar a mi madre con detalles fríos y de ese modo expulsarla de mi vida. Había pensado que podría confesar unos cuantos secretos de juventud y darme por satisfecho. Mi víctima del crimen preferida no era Jean Ellroy. Era Elizabeth Short. De nuevo, dejé a un lado a la pelirroja por la Dalia.

Aún no estaba preparado para Elizabeth. Quería dirigirme a ella como novelista maduro, pero antes quería ampliar mi diálogo con las mujeres.

Dejé Los Ángeles en el 81. Era demasiado conocido y demasiado fácil. Alcohólicos Anónimos era demasiado fácil. Quería desembarazarme de toda aquella gente enganchada a la terapia y a la religión de los doce peldaños. Sabía que podía mantenerme sobrio de todas maneras. Quería volar Los Ángeles y limitar mi dosis de la urbe a lo meramente ficticio. En octubre tenía fijada su salida al mercado Réquiem por Brown. La publicación de Clandestine estaba prevista para algún momento del año 82. Tenía un tercer libro terminado. Quería volver a empezar en algún nuevo local sexy.

Me trasladé a Eastchester, Nueva York, a treinta kilómetros al norte de la Gran Manzana. Alquilé un apartamento en un sótano y conseguí un trabajo de cadi en el Wykagyl Country Club. Tenía treinta y tres años y me creía un auténtico valor en alza. Quería probarme en Nueva York. Quería entrar a saco con la Dalia y encontrar a la mujer trascendental de la vida real que, estaba seguro, nunca encontraría en Los Ángeles.

Nueva York era puro cristal de metadona. Se enredaba con mi vida en un mundo dual. Escribía en mi apartamento y cargaba bolsas de golf a cambio de un sueldo de subsistencia. Manhattan estaba a un latido de distancia. Manhattan estaba lleno de mujeres provocativas.

Mis amigos varones desdeñaban mis gustos en cuestión de mujeres. Las estrellas de cine y las modelos me aburrían. Me gustaban las mujeres de negocios con trajes de chaqueta. Me gustaba la costura de una falda a punto de reventar a causa de los siete kilos de más. Me atraían las personalidades serias. Me interesaban las visiones del mundo radicales y no programáticas. Desdeñaba a diletantes, envidiosos, incompetentes, roqueros, seguidores de extrañas terapias, ideólogos chiflados y a todas las mujeres que no eran ejemplo del equilibrio entre el protestantismo del Medio Oeste y el libertinaje que había heredado de Jean Ellroy. Me gustaban las mujeres atractivas más que las que otros hombres consideraban guapas. Admiraba la puntualidad y la pasión y consideraba ambas como virtudes iguales. Era un fanático moralista y sentencioso que actuaba en una dinámica tiempo perdido / vida recuperada. Esperaba de mis mujeres que observasen las reglas más estrictas, se sometieran a la fuerza carismática que yo pensaba poseer, me follaran hasta ponerme en coma y me sometieran a su carisma y a su rectitud moral sobre una base equitativa.

Todo eso era lo que deseaba. No lo que conseguí. Mis aspiraciones eran ligeramente irrazonables. Las revisaba cada vez que conocía a una mujer con la que deseaba acostarme.