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Bill le preguntó de qué solía hablar Jean. La señora Krycki explicó que de sus aventuras en la escuela de enfermería. Le pedí que describiese aquellas aventuras, pero ella dijo que no recordaba nada más.

Le pedí a la señora Krycki que me hablase de la relación de mi madre con los hombres. Contestó que salía casi todos los sábados por la noche. Nunca llevaba hombres a casa. Nunca se vanagloriaba de ellos, ni siquiera los mencionaba. Le pregunté acerca de mi madre y la bebida. Ella contradijo anteriores declaraciones.

En una ocasión, George había notado que el aliento de Jean olía a alcohol. Otro día, encontró dos botellas vacías en los matorrales. Jean llevaba a casa botellas envueltas en bolsas de papel marrón. Casi siempre se la veía cansada. El matrimonio Krycki sospechaba que era alcohólica.

La señora Krycki dejó de hablar. La miré a los ojos y asentí. A continuación, me soltó una retahíla de datos acerca de mi madre.

Jean tenía un pezón deformado. La señora Krycki había visto el cuerpo en el depósito de cadáveres. Reconoció los pies, que asomaban por debajo de la sábana. Jean siempre andaba descalza por el jardín. La policía repasó su factura de teléfono, pero nunca se ofreció a pagar las llamadas. La señora Krycki dejó de hablar. Bill le preguntó por lo sucedido los días 21 y 23 de junio del 58. Lo que la mujer contó encajaba con los informes del Libro Azul.

Entró en la estancia el señor Krycki. Bill le pidió que contase lo que recordaba de ese par de días. La historia que nos explicó el señor Krycki coincidía prácticamente con la de su esposa. Le pedí que describiese a mi madre. Dijo que era una mujer atractiva, de las que no solían verse en El Monte. Anna May sabía más que él.

El señor Krycki parecía incómodo. Bill sonrió y le dijo que habíamos terminado con las preguntas. El hombre le devolvió la sonrisa y salió de la sala.

La señora Krycki comentó que había una cosa que no le había contado a la policía. Bill y yo asentimos, y ella prosiguió.

Había sucedido hacia el 52. Por entonces vivía en Ferris Road, El Monte. Se había separado de su primer marido y Gaylord tenía seis o siete años.

Solía hacer la compra en un autoservicio cercano, propiedad de una familia de apellido LoPresti. El cajero hizo de Cupido: insistía en que su tío John tenía muchísimas ganas de salir con ella. John LoPresti rondaba la treintena; era un hombre alto, de cabellos oscuros y tez aceitunada.

Ella accedió a salir con él. John LoPresti la llevó al Coconino Club. Al hombre se le daba bien el baile. Era «meloso y astuto».

Dejaron el Coconino y fueron a Puente Hills. LoPresti detuvo el coche y empezó a manosearla con descaro. Ella le dijo que parase y él le dio un bofetón. La mujer saltó del coche. Él la agarró, la arrojó al asiento trasero y trató de arrancarle la ropa.

Ella se resistió. El hombre se corrió y se limpió los pantalones con un pañuelo. «Tienes gancho -le dijo-. Ahora ya no debes preocuparte de nada.»

La llevó de regreso a casa. No volvió a tocarla. La mujer no llamó a la policía, pues tenía un litigio judicial con su ex y no quería hacer público un suceso que podía manchar o empañar su reputación.

Tras esto, topó con LoPresti un par de veces más. En una de ellas, estaba caminando por la calle y él pasó por su lado en coche y la saludó. Le preguntó si quería que la llevara a alguna parte. Ella no le hizo caso.

Volvió a encontrárselo dos años más tarde. Estaba en el Coconino con George. LoPresti la invitó a bailar, pero ella hizo caso omiso. Minutos antes de que Jean Ellroy saliera aquel sábado por la noche la previno con respecto a él.

La historia resultaba desagradable, pero parecía auténtica. El final olía a artificioso, a falso incluso.

LoPresti vivía en la zona. Era italiano. Le gustaba la juerga. Cerré los ojos y reviví la escena de Puente Hills. Añadí un coche y unas ropas acordes con la época. Le puse las facciones de John LoPresti al Hombre Moreno.

Teníamos un sospechoso de verdad.

Volvimos al condado de Orange. Hablamos de John LoPresti sin parar. En 1952, John era un tipejo que se dedicaba a agredir sexualmente a las mujeres, pero lo hacía de forma chapucera. Seis años más, apunté, y su actuación se refinaría y se haría más retorcida. Bill coincidió conmigo. LoPresti era nuestro primer sospechoso en firme.

El trayecto nos llevó trece horas. Llegamos hacia medianoche. Dormimos para recuperarnos del viaje y luego nos dirigimos a El Monte.

En el museo de la población buscamos los directorios telefónicos de 1958. En las páginas amarillas aparecían ocho autoservicios: Jay's, en Tyler; Jay's, en Central; The Bell Market, en Peck Road; Crawford's Giant Country Store, en Valley; Earp's Market y The Foodlane, en Durfee; The Tyler Circle, en Tyler, y Fran's Meats, en Garvey.

Ningún LoPresti Market. Ninguna lista de establecimientos de especialidades italianas.

Consultamos otros listines. En la mayor parte de las menciones personales figuraban, entre paréntesis, la ocupación y el nombre de la esposa del titular. Buscamos en la ele y encontramos dos menciones.

LoPresti, John (Nancy) (Mecánico) – Frankmont, 10.806.

LoPresti, Thomas (Rose) (Vendedor) – Maxson, 3.419.

Frankmont quedaba cerca del 756 de Maple. Maxson estaba próxima al Stan's Drive-In y al Desert Inn.

Fuimos a la Oficina del Sheriff. Buscamos a los cuatro LoPresti en los ordenadores del Departamento de Vehículos a Motor y del Departamento de Justicia. No encontramos nada sobre Thomas y Rose. En cambio, había datos sobre John y Nancy.

Nancy tenía un permiso de conducir vigente expedido en el estado de California. La hoja de la impresora indicaba la dirección actual y la antigua de Frankmont. La fecha de nacimiento era 16/8/14. John vivía en Duarte. Señalé unos números misteriosos junto a la dirección. Bill me explicó que se trataba de una caravana. John tenía sesenta y nueve años, medía poco más de un metro ochenta, pesaba casi cien kilos y sus ojos eran azules.

Yo señalé los datos de peso y estatura; Bill, los de edad y color de ojos. El cabrón no coincidía en nada con la descripción del Hombre Moreno. Duarte quedaba cinco kilómetros al norte de El Monte. El camping de caravanas era un lugar repulsivo. Los vehículos, encajados uno junto al otro, sin espacio entre ellos, eran viejos y se caían a trozos.

Encontramos el número 16 y llamamos al timbre. Un viejo abrió la puerta. Coincidía con los datos del permiso de conducir de nuestro amigo. Tenía ojos azules y facciones grandes. Su rostro lo exoneraba.

Bill le enseñó la placa y le preguntó cómo se llamaba. El hombre respondió que John LoPresti. Bill dijo que quería hacerle algunas preguntas acerca de un asesinato cometido mucho tiempo atrás. John contestó que adelante. No se mostró nervioso o intranquilo, ni reconoció o negó su culpabilidad.

Entramos en su caravana. El interior medía un metro ochenta de anchura, como máximo. Las paredes estaban decoradas con desplegables de Playboy, montados con cuidado y pintados con esmalte brillante.

John se sentó en un viejo sillón reclinable; Bill y yo, en la cama. Bill hizo un esbozo del caso Jean Ellroy. John dijo que no lo recordaba.

Bill comentó que estábamos buscando a la antigua gente de El Monte. Queríamos averiguar qué aspecto tenía la zona a finales de los años cincuenta. Y sabíamos que por entonces vivía en Frankmont.

John aseguró que no se trataba de él, sino de su difunto tío Tom y de su tía Nancy. Él vivía en La Puente. A El Monte iba a divertirse. Su tío Tom tenía una tienda en El Monte. El Monte era un lugar desinhibido.

Le pregunté qué locales solía frecuentar. Respondió que el Coconino y el Desert Inn. A veces iba al Playroom, que estaba detrás del Stan's Drive-In. Allí servían whisky a veinticinco centavos el chupito.

Bill le preguntó si lo habían detenido alguna vez. John contestó que sí, por conducir borracho. Me mostré escéptico y le pregunté qué más. Añadió que lo habían detenido en el 46. Alguien le había cargado algún asunto.