Las llamadas continuaron.
Hubo más comunicantes que colgaban y más que acusaban a O.J. hubo más propuestas de videntes y más llamadas de apoyo. Nos llegaron dos de mujeres que padecían el síndrome de la memoria reprimida. Decían que su padre abusaba de ellas y que tal vez hubiese matado a mi madre. Recibimos tres llamadas de la misma mujer, quien afirmaba que su padre no sólo había matado a mi madre, sino también a la Dalia Negra.
Nadie llamó para decir que conocía a la Rubia. Nadie llamó para decir que conocía a mi madre. Ningún antiguo policía llamó para decir que él se había cargado a aquel moreno hijo de puta.
El número de llamadas descendió día a día. Reduje nuestra lista de pistas a seguir. Descarté a los chiflados, a los videntes y a la mujer de la Dalia Negra. Bill llamó a las otras mujeres que habían delatado a sus padres y les formuló algunas preguntas clave.
Las respuestas dejaban libres de sospecha a los padres. Eran demasiado jóvenes. O en 1958 estaban en prisión. O no se parecían en absoluto al Hombre Moreno.
Las mujeres querían hablar. Bill dijo que las escucharía. Seis de ellas contaron la misma historia. Su padre le pegaba a su madre. Su padre las sometía a abusos deshonestos. Su padre se gastaba en juergas el dinero del alquiler. Su padre perseguía a chicas menores de edad. Su padre estaba muerto o atrozmente impedido por la bebida.
Todos los padres respondían a un estereotipo. También sus hijas. Todos eran de mediana edad y se sometían a terapia. Se definían en términos terapéuticos. Vivían la terapia y hablaban de ella y utilizaban una jerga terapéutica para expresar su sincera creencia en que sus padres realmente podían haber matado a mi madre. Bill grabó tres de esas conversaciones. Las escuché y tomé en serio cada una de las acusaciones concretas de abusos sexuales. Las mujeres eran traicionadas y sometidas a malos tratos. Sabían que sus padres eran violadores y asesinos de corazón. Creían que la terapia les proporcionaba una visión sobrenatural. Eran víctimas. Veían el mundo en términos víctima-depredador. Me veían como una víctima. Querían crear familias en que un miembro fuese víctima y el otro depredador. Querían reclamarme como hermano y ungir a mi madre y a sus padres como nuestros progenitores disfuncionales. Pensaban que la fuerza traumática que daba forma a sus visiones suplantaba la simple lógica. No importaba que sus padres no se parecieran al Hombre Moreno. Éste podía haber dejado a mi madre a la entrada del Desert Inn. Sus padres podían haberla raptado en el aparcamiento. La acusación de aquellas mujeres no era en absoluto concluyente, pero querían que se hiciera pública. Estaban escribiendo la historia oral de los niños maltratados de nuestro tiempo. Querían que en ella se incluyera mi relato. Eran reclutadoras evangélicas.
Me conmovieron y me asustaron. Pasé de nuevo las cintas y comprendí el origen de mi miedo. Por teléfono, las mujeres parecían complacidas de sí mismas. Su condición de víctimas hacía que se sintiesen atrincheradas y satisfechas.
Las llamadas a la línea abierta cesaron. El productor de Day One se puso en contacto conmigo. Dijo que no podíamos seguir con nuestro número 1-800 pues violaba su código de Usos y Prácticas. El invitado ante las cámaras añadiría unas cuantas palabras al final de nuestra intervención y sugeriría a quien pudiera dar alguna pista que llamase a la Brigada de Homicidios de la Oficina del Sheriff, pero no daría el número de ésta.
Me sentí decepcionado. También Bill. La restricción echaba al traste nuestro acceso a información a nivel nacional. El número de la Brigada de Homicidios de la Oficina del Sheriff no era de llamada gratuita. Una persona sospechosa quizá telefonease al 1-800, pero jamás a la pasma. Una persona corriente y un pobre llamarían a un teléfono gratuito, pero no pondrían una conferencia.
Bill predijo que recibiríamos quinientas llamadas a nuestra línea y apenas diez al número de la Brigada de Homicidios.
Pasé una semana a solas con el expediente de Jean Ellroy. Leí todos los informes y notas catorce docenas de veces. Me concentré en un pequeño detalle.
Airtek Dynamics pertenecía al grupo Pachmyer. Los nombres Pachmyer y Packard-Bell eran fonéticamente similares. Yo tenía entendido que mi madre había trabajado en la Packard-Bell hasta junio del 58, pero el Libro Azul decía que no. Quizás hubiese soñado lo de Packard-Bell, hacía cuarenta años. Quizá se tratase de un desliz de memoria disléxico.
Bill y yo discrepamos al respecto. Él opinaba que debíamos ponernos en contacto con mis parientes en Wisconsin. Tío Ed y tía Leoda tal vez viviesen todavía. Quizá pudiesen confirmar el asunto de la Packard-Bell o conocieran algún nombre. O tal vez tuviesen la documentación del entierro de mi madre. Yo apunté que había hablado con los Wagner en 1978. Había llamado a Leoda para disculparme por las veces que le había sisado dinero. Discutimos. Me dijo que Jeannie y Janet, mis primas, estaban casadas. ¿A qué esperaba yo? Me trató con aire condescendiente. Según ella, el trabajo de cadi no debía de ser muy estimulante.
En esa ocasión envié al carajo a los Wagner. Los envié al carajo definitivamente. Así pues, le dije a Bill que no quería ponerme en contacto con ellos otra vez. Él replicó que me daba miedo, que no quería revivir la figura de Lee Ellroy ni por dos segundos. Y yo reconocí y acepté que tenía razón.
Rastreamos nombres. Encontramos a una anciana de noventa años, lúcida y despierta. La mujer conocía El Monte y nos dio algunos nombres. Sus pistas nos condujeron al depósito de cadáveres.
Pasé dos semanas a solas con los expedientes de los casos Ellroy y Long. Hice inventario de todas las notas escritas en cualquier pedazo de papel. Reuní sesenta y una páginas, las fotocopié y se las entregué a Bill.
Encontré otra nota arrugada en la que ninguno de los dos había reparado. Se trataba del resumen de una declaración. Reconocí la caligrafía de Bill Vickers. El policía hablaba con una camarera del restaurante Mama Mia. La mujer había visto a mi madre en el local «hacia las 20.00 horas» del sábado. Estaba sola. Se detuvo a la entrada y contempló el local «como si buscara a alguien».
Repasé mi inventario. Encontré una nota que acompañaba la anterior. Decía que Vickers había llamado a la camarera del Mama Mia. Ésta mencionó a una mujer pelirroja. Vickers dijo que le llevaría una foto de la víctima.
La nota que acababa de encontrar resumía lo sucedido a continuación. La camarera contempló la foto y dijo que la mujer pelirroja era mi madre.
Constituía una pista importante para la reconstrucción.
Mi madre «buscaba a alguien». Bill y yo extrapolamos quién era ese «alguien». Buscaba a la Rubia y/o al Hombre Moreno. Antes de aquella noche ya estaba relacionada con uno de ellos, por lo menos.
Day One salió al aire. El espacio dedicado a la pareja Ellroy-Stoner fue punzante y directo al grano. El director comprimió la historia en diez minutos de tiempo en pantalla. Introdujo la figura de la Rubia. Mostró los retratos robot del Hombre Moreno. Diane Sawyer indicó a los posibles comunicantes que llamaran a la Brigada de Homicidios de la Oficina del Sheriff.