No disponía de fotos de familia. No tenía fotos de ella a los diez, a los veinte o a los treinta. Tenía fotos de ella a los cuarenta y dos, ya en decadencia, y de su cuerpo, ya muerta. Yo no sabía gran cosa de nuestros antepasados. Nunca hablaba de sus padres ni de sus tíos o tías favoritos.
Yo poseía una voluntad decidida y recordaba mis pensamientos desde hacía años luz. Era capaz de desnudar mi cerebro y revivir en él mis antiguos pensamientos respecto a ella. La imaginación podía ayudarme o lastrarme. Podía bloquearse en situaciones lujuriosas. Tenía que ser explícito. Se lo debía. Tenía que llevarla más allá.
Bill seguía en Los Ángeles, a la espera del veredicto del caso Beckett. Le dije que quería perderme por un tiempo. Respondió que lo entendía; no lograba quitarse de la cabeza a Tracy Stewart.
Estaba preparado. Desconecté el teléfono y desconecté las luces. Me estiré en la cama y cerré los ojos.
Procedía de Tunnel City, Wisconsin. Tunnel City era una estación de ferrocarril y poco más. Se trasladó a Chicago. Luego, a San Diego. Mi padre afirmaba haberla conocido en el hotel Del Colorado. Decía que fue en 1939. Decía que escucharon juntos el combate Louis-Schmeling. La pelea se celebró en el 38. Entonces, ella tenía veintitrés. Él, cuarenta. Él vestía de punta en blanco. Mientras lo conocí siempre llevó trajes de antes de la guerra, lo cual, en 1960, parecía una incongruencia. Conforme decaía nuestro nivel de vida, la ropa se veía más antigua. En 1938 era ropa de moda. Mi padre estaba espléndido y mi madre se enamoró de él. Mi padre se encontró con una joven ardiente a la que creyó poder controlar siempre. Tal vez la llevase a Tijuana a ver las corridas de toros. Hablaba muy bien el español, de modo que no debió de tener problemas para pedir la comida. Sí, la llevó a México para cortejarla y controlarla. La pareja fue a Ensenada en coche. En el 56, mi madre también me llevó allí. En esa ocasión lucía un vestido blanco sin mangas. La vi depilarse las axilas. Quise besárselas. Mi padre la entonó a base de margaritas. Por entonces, ella todavía no era alcohólica. Él le vertió en la mano una pizca de sal y unas gotas de zumo de lima y lo lamió todo. Se mostró desesperadamente atento. Ella aún no le había tomado la medida. Con el tiempo, lo haría.
Actué según una dinámica tiempo perdido / tiempo aprovechado. Mi madre consideraba irrecuperable el tiempo que ya había perdido y echaba la culpa de ello a mi padre. También redujo sus expectativas. El bourbon hacía controlables y atractivos a los machos del taller mecánico. Mi madre nunca se preguntó por qué le atraían los hombres débiles y vulgares.
Tenía un porte soberbio. Parecía más alta de lo que figuraba en el informe de la autopsia. Tenía las manos y los pies grandes y unos hombros delicados. Quise besarla en el cuello y oler su perfume y cubrirle los pechos por detrás con mis manos. Usaba perfume Tweed. Tenía un frasco en su mesilla de noche, en El Monte. En cierta ocasión eché unas gotas en un pañuelo y me lo llevé a clase.
Mi madre tenía unas piernas largas y marcas de heridas en el vientre. Las imágenes de la autopsia resultaban sorprendentes y aleccionadoras. Sus pechos eran más pequeños de lo que yo recordaba. Era delgada de cintura para arriba y bastante gruesa de caderas y piernas. Tiempo atrás había grabado su cuerpo en mi memoria. Había reformado sus dimensiones. Había alterado sus contornos para que se adecuaran a mi gusto por las mujeres de constitución robusta. Había crecido con aquella visión de su desnudez y la había aceptado como real. Pero mi madre verdadera era una mujer de carne y hueso, muy diferente.
Mis padres se casaron. Se trasladaron a Los Ángeles. Según él, tenían un piso en la calle Ocho con New Hampshire. Ella encontró trabajo de enfermera. Él probó suerte en Hollywood. Luego se trasladaron al 459 de North Doheny Drive, en Beverly Hills. La dirección era más elegante que la casa. Según mi madre, sólo se trataba de un pequeño apartamento. Mi padre hizo un trabajo para Rita Hayworth. Yo nací en marzo del 48. Mi padre organizó el matrimonio de Rita con el Aga Khan. Lo de Rita Hayworth era cierto; en dos biografías de ella vi escrito su nombre.
Nos trasladamos a un edificio de estilo español en el 9.031 de Alden Drive. Eso quedaba más allá de los límites de West Hollywood. Allí vivían también Eula Lee Lloyd y su marido. Y una solterona que idolatraba a mi madre. Según mi padre, era lesbiana. Mi padre estaba obsesionado con las lesbianas. Decía que había un punto lésbico en Rita Hayworth. Yo, supuestamente, había conocido a Rita Hayworth en un puesto de perritos calientes. Supuestamente, había derramado encima de ella un vaso de zumo de uva. Supuestamente, Rita era ninfómana. Mi padre estaba obsesionado con las ninfómanas. Decía que todos los grandes actores eran maricas. Estaba obsesionado con los maricas. Rita acabó por despedirlo. Él empezó a pasarse el día durmiendo en el sofá como Dagwood Bumstead. Mi madre le decía que buscase trabajo. Él respondía que tenía padrinos. Esperaba la oportunidad adecuada. Mi madre venía del campo, de Wisconsin. No sabía nada de enchufes, y no quiso saber nada más de matrimonio.
Mis recuerdos corrían en línea cronológica. Mis fantasías se desarrollaban como añadidos, como cortes desechados de una película.
Creía estar repasando el mapa de la memoria. Creía estar palpando las minucias de la vida real. Estaba en la senda del recuerdo. Había conjurado el perfume Tweed y algunas instantáneas de la época. Avanzaba siguiendo una línea que ya conocía.
Aminoré el paso. La pelirroja quedó al desnudo. Su cuerpo era real y su rostro reflejaba los cuarenta y dos años que tenía. No podía seguir con aquello.
No es que tuviera miedo de hacerlo. Era, sencillamente, que no quería. Parecía innecesario. Dejé vagar mi mente. Pensé en Tracy Stewart. Había visto el antiguo apartamento de papá Beckett. Fui con Bill y Dale Davidson. Vi los lugares clave de Beckett. Vi el salón y el dormitorio y los escalones que conducían a la camioneta. Subí por esos escalones con Robbie y Tracy. Fui de mi madre desnuda a Robbie y Tracy en el tiempo que ocupan seis latidos. Robbie condujo a Tracy al dormitorio. Robbie se la dio a papá. Me detuve allí. No tenía miedo. Sabía que podía convertir aquel instante en aterrador. No creía que pudiera sacar nada de ello.
Dejé vagar mi mente. Volví al 55. Disponía de una línea cronológica. Decidí seguirla.
Mi padre ya no estaba. Éramos ella, yo y nadie más. La vi en bata de lino blanca. La vi en bata azul marino. La acosté con algunos machos de la cadena de producción. Puse a los tipos tupé y cicatrices de arma blanca. Se parecían a Steve Cochran en Private Hell 36. Me esforzaba por buscar la hipérbole. Creía que los detalles desagradables podían resucitar recuerdos desagradables. Quería seguir el rastro sexual de la pelirroja desde mi padre hasta el Hombre Moreno. Mi padre era débil. Tenía el cuerpo de un hombre duro y el espíritu amilanado. Mi madre lo echó de su vida a puntapiés y se volvió minimalista. Todos los hombres eran débiles y algunos débiles y atractivos. Su debilidad era incontrolable; sólo podía limitarse la conciencia de ello y adjudicarle eufemismos hasta hacerla irreconocible. La pelirroja podía dejar que entraran hombres en su vida, pero en dosis limitadas. Nunca vi una manada de machos a la puerta de mi madre. Sólo dos veces la sorprendí in fraganti. Mi padre decía que era una puta. Yo lo creí. Noté su sexualidad. Filtré esa percepción en el tamiz de mi propia codicia de ella. Vivió con mi padre durante quince años. Sucumbió a esa imagen. Espabiló. El fiasco fue iluminación. Hacía frente a los hombres desde una perspectiva desilusionada y completamente machista. Los hombres eran contenibles. La manera de contenerlos eran el sexo y el licor. Arrojó quince años por el retrete. Sabía que ella era cómplice por pasividad. Se despreciaba por ser tan estúpida y débil. Consideraba a los hombres vulgares una especie de premio de consolación. A mí me veía como una forma de redención. Me enviaba a la iglesia y me hacía estudiar. Predicaba diligencia y disciplina. No quería que me volviese como mi padre. No quería abrumarme con cuidados y convertirme en un afeminado de manual. Ella vivía en dos mundos. Yo marcaba la línea divisoria. Ella pensaba que aquel esquema era sostenible. Se equivocaba. No sabía que la ocultación nunca funciona. Por un lado tenía el alcohol y los hombres; por otro, a su pequeño. Se dispersaba. Vio que sus mundos se superponían. Mi padre me refregó por las narices su vida disipada. Hizo propaganda contra ella. Cada fin de semana me enseñaba a odiarla. Ella se burlaba de él todos los días laborables, me inoculaba el desprecio con menos violencia que él su odio, predicaba el esfuerzo y la determinación. Era una borracha y una puta y, por lo tanto, una hipócrita. El mundo que construía alrededor de mí no existía. Yo tenía acceso a su mundo oculto, como si de una radiografía se tratase.