Yo tenía que conocer su vida igual que conocía su muerte.
Me aferré a la idea. La abrigué en privado. Volvimos al trabajo.
Nos reunimos con los periodistas de La Opinión, Orange Coast y el San Gabriel Valley Times. Los llevamos a dar un paseo por El Monte. El Los Angeles Times publicó algo. Tuvimos sesenta llamadas en total. Hubo gente que colgó y llamadas de videntes y personas que hacían chistes sobre O.J. y otras que nos deseaban buena suerte. Dos mujeres llamaron para decir que su padre quizá fuese el asesino de mi madre. Atendimos estas llamadas y oímos más historias de abusos infantiles. Los dos padres quedaron libres de sospecha de asesinato.
Llamó una mujer joven. Delató a una anciana. Dijo que ésta vivía en El Monte. La anciana trabajaba en la Packard-Bell hacia 1950. Era rubia y llevaba cola de caballo.
Encontramos a la mujer. Su conducta no despertaba sospechas. No recordaba a mi madre ni que hubiese sido compañera suya en Packard-Bell Electronics.
Apareció La Opinión. Nadie llamó. La Opinión se editaba en español. Era un disparo a ciegas.
Apareció el San Gabriel Valley Times. Tuvimos un total de cuarenta y una llamadas. Hubo gente que colgó y algunos videntes que ofrecían sus servicios. Hubo llamadas con chistes sobre O.J. Llamó un hombre. Dijo que era un antiguo bohemio de El Monte. A finales de los años cincuenta había conocido a un colega, un tipo moreno. El tipo moreno solía estar en una estación de servicio de Peck Road. El hombre no recordaba cómo se llamaba el tipo moreno. La gasolinera había desaparecido hacía tiempo. Él conocía muchos tipos que en el 58 vivían en El Monte.
Nos reunimos con el hombre. Obtuvimos algunos nombres. Los repasamos con Dave Wire y el jefe Clayton, quienes recordaban a algunos habituales de los bares en esa época. Ninguno de ellos se parecía a nuestro Hombre Moreno. Introdujimos los nombres en nuestros tres ordenadores y no encontramos datos acerca de ellos.
Llamó un periodista de Associated Press. Quería escribir un artículo sobre la investigación que estábamos llevando a cabo. Se publicaría en todo el país. El reportero aseguró que incluiría nuestro número de teléfono 1-800. Acepté la propuesta.
Lo llevamos a El Monte. El reportero escribió su artículo. Apareció publicado en numerosos periódicos. Los editores lo destrozaron. La mayoría de ellos suprimió el número 1-800. Tuvimos muy pocas llamadas. Telefonearon tres videntes. Telefoneó la dama de la Dalia Negra. No telefoneó nadie para decir que conocía a la Rubia, ni nadie que afirmase haber conocido a mi madre.
Repasamos otra vez los nombres que considerábamos clave. Queríamos asegurarnos. Pensábamos que podíamos encontrar algo nuevo en los bancos de datos. No fue así. Ruth Schienle y Greene el Latas estaban muertos o ilocalizables. Salvador Quiroz Serena quizás hubiese vuelto a México. No dimos con Grant Surface. En 1959 había sido sometido por dos veces al detector de mentiras, pero los resultados no fueron concluyentes. Nosotros queríamos tener una solución más concreta.
Bill tuvo un presentimiento y llamó a Duane Rasure. Éste encontró sus notas sobre Will Lenard Miller y nos las envió. Las leímos y descubrimos seis nombres relacionados con Airtek. Dos de los mencionados aún vivían. Ambos recordaban a mi madre. Dijeron que trabajaba en Packard-Bell antes de incorporarse a Airtek. El nombre de Nikola Zaha no les sonaba. Tampoco fueron capaces de identificar a ninguno de los novios de mi madre. En cambio, nos proporcionaron más nombres de Airtek. Comentaron que Ruth Schienle se había divorciado de su marido y se había casado con un hombre llamado Rolf Wire. Al parecer, Rolf había muerto. Buscamos los nombres de Rolf y Ruth Wire en nuestros tres ordenadores y no obtuvimos información alguna. Buscamos los nuevos nombres de Airtek y tampoco encontramos nada. Nos acercamos a la oficina central de Pachmyer Group. Bill dijo que no nos permitirían husmear en sus expedientes personales. Yo propuse que lo intentásemos, de todos modos. Ya no estaba buscando pistas sobre el Hombre Moreno. Ahora, seguía pistas acerca de mi madre.
La gente de Pachmyer se mostró sumamente cortés. Nos dijo que la división Airtek había cerrado en el 59 o el 60 y que todos los ficheros de la empresa habían sido destruidos.
La pérdida de esta información me supo muy mal. Mi madre había trabajado en Airtek desde septiembre del 56 y yo quería saber cómo era entonces. La nueva investigación sobre Jean Ellroy duraba ya trece meses.
O.J. Simpson fue absuelto. Los Ángeles rezumaba apocalipsis. Los medios de comunicación se volvían locos tras las palabras «posibles ramificaciones». Todos los asesinatos las tenían. Que se lo preguntaran a Gloria Stewart o a Irv Kupcinet. El caso Simpson crisparía a los supervivientes inmediatos de los muertos. Los Ángeles lo encajaría.
Tarde o temprano, un hombre muy famoso tenía que matar a una mujer muy hermosa. El caso dejaría a la vista, microscópicamente, un estilo de vida aún más sexual y absurdo. Los medios de comunicación machacarían a O.J. y convertirían el caso en un suceso aún más extraordinario.
Yo quería volver a casa. Quería ver a Helen. Quería escribir este recuerdo. Las mujeres muertas me retenían y me impedían hacerlo. Habían muerto en Los Ángeles y me decían que me quedara por allí un tiempo, todavía. Yo estaba quemado como detective. Estaba frito hasta las pestañas de tantas consultas negativas en los bancos de datos y de tanta información imprecisa y errónea. Tenía a la pelirroja dentro de mí. Podía llevármela donde fuese. En mi ausencia, Bill seguiría las pistas y hurgaría en los detalles de su vida.
Me quedé para probar suerte con unos nuevos fantasmas recién aparecidos.
Fui cuatro veces a la central, por mi cuenta. Consulté antiguos Libros Azules. Releí de cabo a rabo varios casos cerrados. No disponía de fotos de la escena del crimen, pero me la imaginé. Leí informes sobre cadáveres encontrados, sobre autopsias y sobre antecedentes y repasé mentalmente mi propia historia de mujeres viviseccionadas. Miré. Filtré. Me sumergí. No comparé ni analicé como creía que haría. Las mujeres aparecían como individuos. No me devolvían a mi madre. No me enseñaban nada. Yo no podía protegerlas ni vengar su muerte. No podía honrarlas en el nombre de mi madre porque, en realidad, no sabía quiénes eran. Ni siquiera sabía quién era ella. Sólo tenía algunos indicios y unos deseos enormes de saber más.
Empecé a sentirme una especie de ladrón de tumbas. Sabía que ya no me quedaba nada por hurgar acerca de la muerte. Pero aún deseaba atar ciertos cabos respecto a la pelirroja. Quería recoger más información, guardarla y llevármela a casa. Me inventé unas justificaciones de último momento para seguir en Los Ángeles. Ideé anuncios para periódicos y publirreportajes y campañas por vía informática. Bill dijo que nada de todo aquello tenía sentido. Lo que debíamos hacer, según él, era interrogar a los Wagner de Wisconsin. Decía que me veía asustado. Bill no reflexionaba. No tenía que hacerlo. Sabía que mi madre me había hecho único. Sabía que yo la abrazaba con egoísmo. Los Wagner tenían sus opiniones, que podían contraponerse a las mías. Podían darme una buena acogida e intentar convertirme en un tipo dócil con una familia extensa. Tenían una opinión de mi madre, sin duda, pero yo no quería compartir la mía. No quería romper el hechizo de nosotros dos y de lo que me había hecho.
Bill estaba en lo cierto. Comprendí que era momento de regresar a casa.