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Recogí los tableros de corcho y las gráficas y lo facturé todo hacia el este. Bill trasladó nuestro número 1- 800 a un servicio de contestador. Llevé conmigo el expediente.

Bill siguió trabajando en el caso. Perdió un socio y ganó otro. Joe Walker era un analista criminólogo de la Oficina del Sheriff de Los Ángeles. Conocía íntimamente la red informática de las fuerzas del orden. Estaba completamente colgado del caso Karen Reilly. Creía que a Karen la había matado un asesino en serie negro. Quería trabajar en el caso Jean Ellroy. Bill le dijo que podía hacerlo.

Eché de menos a Bill. Se había convertido en mi mejor amigo. Durante catorce meses me había cuidado y guiado.

Y en el momento exacto en que entrábamos en un callejón sin salida, me soltaba. Me enviaba con mi madre y con mis motivos aún por resolver.

En casa, no volví a colgar los tableros de corcho. No precisaba hacerlo. Ella estaba siempre allí, conmigo.

Apareció Orange Coast. Era una revistucha, pero el artículo estaba bien. Publicaban nuestro número 1-800. Tuvimos cinco llamadas. Dos de ellas fueron de videntes. Las otras tres, de personas que nos deseaban buena suerte.

Las vacaciones terminaron. Me llamó una productora de televisión que trabajaba para el programa Misterios sin resolver. Estaba perfectamente al corriente de la investigación Ellroy-Stoner. Quería dedicar uno de los reportajes del programa al caso Jean Ellroy. Harían una dramatización de ese sábado por la noche e incluirían una solicitud de información específica sobre el asunto. El programa contribuía a resolver delitos. Su audiencia estaba constituida por gente mayor. También por policías jubilados. Contaba con su propio número telefónico para pistas y telefonistas de servicio durante las veinticuatro horas del día. En verano, la cadena volvía a pasar los programas de la temporada y todas las pistas eran enviadas al pariente más próximo de la víctima y al detective que estuviese al frente de la investigación.

Acepté. La productora dijo que querían filmar en los escenarios auténticos.

Respondí que me pondría a soltar palabrotas. Llamé a Bill y le conté la noticia. Le pareció fantástica. Señalé que debíamos dar más densidad al reportaje. Teníamos que saturarlo de detalles de la vida de mi madre. Quería gente que llamara y dijese: «Yo conocía a esa mujer.»

Tal vez los Wagner viesen el programa. Tal vez el retrato de mi madre les abrumara. Ella enviaba a su hijo a la iglesia, y ahora su hijo sacaba provecho de su muerte. La convertía en una mujer fatal barata. Cuando joven había sido un artista del engaño. Ahora, era un asesino de personajes. Difamaba a su madre. Hacía suma y balance de la vida de ésta, se equivocaba en las cuentas y ofrecía al mundo un balance erróneo. El hijo fundamentaba su reclamación de propiedad sobre su memoria en recuerdos tergiversados y en las mentiras del inútil de su padre, quien la había malinterpretado sistemáticamente.

Volví a aquel dormitorio a oscuras y a la epifanía del merendero. El nuevo equilibrio de la memoria. La implicación de Bill. El vínculo exclusivo que yo no quería romper. Tal vez los Wagner viesen el programa. Lo que resultaba seguro era que no habían leído el libro que había dedicado a mi madre, o no habían reaccionado ante su aparición. No estaban al corriente de las noticias. O quizás hubiesen visto mi nombre en periódicos o revistas y no se hubiesen detenido a leer qué decían. Leoda me subestimaba. Yo la detestaba por ello. Quería restregarle por las narices a mi madre de la vida real y espetarle: «Mira cómo era y cómo, a pesar de todo, la venero.»

Ella podía hacerme callar con unas cuantas palabras severas. Podía decirme que no les había preguntado nada, que no había buscado los orígenes de mi madre en Tunnel City, Wisconsin, que no había basado mi retrato en suficientes datos.

Yo no quería regresar todavía. No quería romper el vínculo. No quería perturbar el fondo de sexo que aún lo definía. Los muertos pertenecen a los vivos que más obsesivamente los reclaman. Era toda mía.

La filmación de nuestro reportaje duró cuatro días. En un par de escenas Bill y yo aparecíamos en la comisaría de El Monte. Reviví el momento en el depósito de pruebas. Abrí una bolsa de plástico y saqué una media de seda.

No era la misma. Alguien había puesto una media vieja, la había retorcido y le había hecho unos cuantos nudos. No había ninguna cuerda de persiana. Omitimos el detalle de la doble ligadura.

El director alabó mi actuación. Fue un rodaje rápido.

El equipo lo celebró con vítores y algunas risas. Aquello semejaba una fiesta en honor de Jean Ellroy.

Hablé con el actor que representaba al Hombre Moreno. Me llamó Pequeño Jimmy. Yo lo llamé gilipollas. El tipo era delgado y desagradable. Se parecía al de los retratos robot. Conocí a la actriz que haría de mi madre. La llamé Mamá y ella, a mí, Hijo. Era pelirroja. Parecía salida de Hollywood más que del campo de Wisconsin. Bromeé con ella. «No vayas persiguiendo hombres mientras estoy fuera este fin de semana», le dije. «¡Lárgate de una vez, Jimmy! Necesito un poco de acción…», repuso.

Mamá y el Hombre Moreno se echaron a reír. Pasamos un buen rato. Bill vino todos los días. Era un torbellino de actividad.

Filmaron la secuencia del Desert Inn en una coctelería destartalada de Downey. El decorado resultaba anacrónico. Conocí a la actriz que representaba a la Rubia. Era una vulgar ligona de bar. El Hombre Moreno vestía de manera impecable. Lucía un impecable traje de seda. Mi madre llevaba un remedo del vestido con que la habían encontrado.

Filmaron unas cuantas tomas con los tres. Pintaron al Hombre Moreno como un malvado. Mi madre tenía un aspecto demasiado saludable. La Rubia daba el tono exacto. Yo pretendía una estampa negra. Los realizadores lograron una fiel exposición de los hechos.

Nos desplazamos calle abajo hasta el Harvey's Broiler. Vi veinte coches de época alineados ante el local. Se suponía que el Harvey's Broiler era el Stan's Drive-In. Una actriz secundaria estaba preparada para colgarse al cuello la bandeja e interpretar el papel de Lavonne Chambers.

El Hombre Moreno y mi madre llegaron en un Oldsmobile del 55. Lavonne les llevó el menú al coche. Los actores iban con los micrófonos incorporados y estaban a punto para actuar. El productor me dio unos auriculares. Escuché su diálogo y unos cuantos comentarios al azar. El Hombre Moreno hacía una interpretación realista dirigida a mi madre.

Filmaron el asesinato en el lugar donde se había cometido. El equipo ocupó el instituto Arroyo. Llegaron unidades móviles, furgonetas con el equipo de sonido, un vehículo-cantina y una furgoneta vestuario. Algunos vecinos se acercaron a mirar. En cierto momento llegué a contar treinta y dos personas.

Se encendieron los focos y King's Row se volvió alucinógena. El Oldsmobile del 55 se detuvo. Se produjo un casto preludio al asesinato seguido de un asesinato simulado. Observé el preludio y el asesinato y el abandono del cuerpo veinticinco veces. No resultaba doloroso. A esas alturas, ya era un profesional del asesinato. Era más que el hijo de una víctima y menos que un detective de homicidios.

Filmaron dos escenas en mi antigua casa, para lo cual pagaron una compensación a Geno Guevara. Conocí a un actor que me interpretaba a mí como era entonces, a la edad de diez años. Llevaba ropas como las que yo vestía el 22 de junio del 58.

El Departamento de Policía de El Monte había cerrado el cruce de Bryant con Maple. El equipo de filmación ubicó tres coches de época en la calle. Apareció el jefe Clayton. Se congregaron espectadores. Un taxi de los años cincuenta se materializó en el cruce. El director ensayó con el Ellroy niño y con el policía que le daba la noticia.

Esbozaron la escena de la llegada. El taxi se detuvo. El niño se apeó. El agente le dijo que su madre estaba muerta. Entre treinta y cuarenta personas observaban.