Выбрать главу

Podéis enseñarme a mi, o a Dondragmer, o a cualquier otro de mis tripulantes que tenga aptitud y tiempo para aprender, mientras nosotros trabajamos para desmantelar esta máquina y transmitiros el conocimiento que contiene.

— Un momento…

Lackland interrumpió el exabrupto de Rosten.

— Espere, jefe. Conozco a Barl mejor que usted. Déjeme hablar.

El y Rosten podían verse en sus respectivas pantallas, y por un instante el jefe de la expedición echó chispas por los ojos. Luego comprendió la situación y se aplacó.

— De acuerdo, Charles. Háblale.

— Barlennan, creo detectar cierto despecho cuando aludes a las excusas que hemos utilizado para no explicarte nuestras máquinas. Créeme, no intentamos engañarte. Son complejas, tan complejas que los hombres que las diseñan y construyen primero se pasan la mitad de la vida aprendiendo las leyes que les permiten operar y el arte de manufacturarlas. Tampoco pretendíamos subestimar el conocimiento de tu gente; es verdad que nosotros sabemos mas, pero es solo porque hemos tenido mas tiempo para aprender.

«Ahora, si he entendido bien, tu quieres aprender acerca de los instrumentos de ese cohete mientras lo desmantelas. Por favor, Barlennan, puedes creer que soy absolutamente sincero al decirte que yo mismo no podría hacerlo, pues no los entiendo, y que ninguno te serviría de nada aunque lograras entenderlo. Lo único que te puedo explicar es que son máquinas para medir cosas que no se han visto, oído ni saboreado…, cosas que tienes que ver operando de otras maneras durante largo tiempo antes de empezar siquiera a comprenderlas. Esto no implica un insulto; a mi me ocurre casi lo mismo, y me he criado rodeado de esas fuerzas, incluso utilizándolas. Sin embargo, no las entiendo. Ni tampoco espero entenderlas antes de morir, pues nuestra ciencia abarca tantos conocimientos que ningún individuo puede aprenderlo todo; debo contentarme con el campo que conozco… y quizá sumarle lo poco que un hombre puede añadir en su vida.

«No podemos aceptar tu trato, Barl, porque es físicamente imposible de cumplir por nuestra parte.

Barlennan no podía sonreír en el sentido humano, y se abstuvo cuidadosamente de dar su propia versión de una sonrisa. Respondió en un tono tan grave como el de Lackland.

— Puedes cumplir tu parte, Charles, aunque no lo sepas. Cuando yo inicié este viaje, todas las cosas que has dicho eran ciertas. Yo me proponía hallar este cohete con tu ayuda, y luego colocar los visores donde no pudieras ver nada y desmantelar la máquina por mí cuenta para aprender tu ciencia.

«Lentamente comprendí que lo que acabas de decir es cierto. Aprendí que no me ocultabas conocimientos cuando me enseñaste rápida y cuidadosamente las leyes y técnicas utilizadas por los fabricantes de planeadores. Tuve mayor certeza cuando ayudaste a Dondragmer a confeccionar la cabria diferencial. Pensaba que mencionarías estas cosas en tu discurso. ¿Por que no lo hiciste? Son buenos puntos a tu favor.

«Cuando nos enseñabas el funcionamiento de los planeadores, comencé a tener una cierta comprensión de lo que significaba el término «ciencia». Comprendí, antes de que finalizara aquel episodio, que ese simple artilugio que vosotros dejasteis de usar tiempo atrás requería la comprensión de mas leyes del universo de las que mi gente cree que existen. Incluso aclaraste, al disculparte por la falta de información exacta, que los planeadores de esa especie eran usados por tu gente hace mas de doscientos años.

Ahora entiendo que en la actualidad, sabéis mucho mas, y al entenderlo sé que hay cosas que no puedo llegar a conocer.

«Pero, pese a ello, podéis hacer lo que deseo. Ya habéis hecho un poco, mostrándonos la cabria diferencial. Yo no lo entiendo, y tampoco Dondragmer, que le dedicó mas tiempo; pero ambos estamos seguros de que está emparentado con las palancas que hemos usado toda la vida. Queremos comenzar desde el principio, con plena conciencia de que no podremos aprender en nuestra vida todo lo que sabéis vosotros. Quiero saber por que flota el Bree y por que flotaba la canoa hasta que se hundió. Quiero saber por que se hundió la canoa. Quiero saber por que el viento sopla continuamente en la fisura… no entendí vuestra explicación. Quiero saber por que sentimos mas calor en invierno, cuando no podemos ver el sol durante mucho tiempo.

Quiero saber por que resplandece el fuego y por que mata el polvo flamígero. Quiero que mis hijos, si alguna vez los tengo, o los de ellos, sepan que hace funcionar esta radio, y tu tanque, incluso este cohete. Quiero saber mucho, sin duda mas de lo que puedo aprender; pero si logro que mi gente aprenda por si misma, como habéis hecho vosotros…, bien, quizá deje de vender para obtener beneficios.

Lackland y Rosten permanecieron unos instantes en silencio. Fue Rosten quien lo rompió.

— Barl, si aprendieras lo que deseas y comenzaras a enseñar a tu gente, ¿les dirías de donde procede ese conocimiento? ¿Crees que sería bueno que otros lo supieran?

— Para algunos, si; querrían saber cosas de otros mundos y de los seres que utilizaron la misma vía hacia el conocimiento en que ellos se inician. Otros… bien, muchos prefieren que los demás realicen el esfuerzo. Si lo supieran, no se molestarían en aprender por su cuenta; simplemente pedirían conocimientos específicos… como yo hice al principio; y nunca comprenderían que vosotros no se los explicáis porque os resulta imposible.

Pensarían que intentáis engañarlos. Supongo que si se lo contara a alguien, tarde o temprano acabaría por extenderse…, y bien, supongo que sería mejor dejarles creer que yo soy el genio. O Dondragmer; es más probable que lo creyeran de él.

La respuesta de Rosten fue clara y concisa.

— Trato hecho.

20 — EL VUELO DEL BREE

Un reluciente esqueleto de metal se elevaba dos metros sobre un pedregoso montículo de tierra y rocas de cumbre plana. Un grupo de mesklinitas se afanaba con empeño en otra hilera de placas, cuyos tornillos superiores acababan de aflojar; otro empujaba la tierra y los guijarros recién removidos hasta el borde del montículo; otro trajinaba por una carretera bien marcada que conducía hacia el desierto, bien acercándose con carromatos planos repletos de provisiones, bien alejándose con los mismos carromatos vacíos. Era un hervidero de actividad; prácticamente todos parecían ocupados en algo. Ahora se veían dos radios, una en el montículo, donde un terrícola dirigía la tarea de desmantelación desde su base, y otra a cierta distancia.

Dondragmer estaba frente a la segunda radio, trabando animadas conversaciones con un ser distante a quien no veía. El sol aún continuaba trazando círculos, pero descendía cada vez mas y se hinchaba lentamente.

— Me temo — dijo el piloto— que tendremos serios problemas par verificar esos datos sobre la curvatura de la luz. Entiendo los reflejos; los espejos que fabriqué con las láminas de metal de vuestro cohete me lo aclararon. Es una lástima que el artilugio de donde extrajimos la lente se cayera; no tenemos nada parecido a vuestro cristal.

— Bastará con un trozo razonablemente grande de la lente, Dondragmer — dijo una voz a través del micrófono. No era la de Lackland. Se trataba de un experto en educación, aunque a veces cedía la palabra a un especialista —. Cualquier trozo curva la luz, e incluso crea una imagen…, pero, espera, eso viene después. Trata de descubrir que quedó de ese trozo de cristal, si tu gravedad no lo pulverizó cuando aterrizó el equipo.

Dondragmer se alejó de la radio con una frase de asentimiento y regresó cuando tuvo otra ocurrencia.

— Quizá puedas decirme de que está hecho el «cristal» y si resiste mucho calor.