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Frenado por el cinturón de seguridad, Bond alcanzó a un tiempo la pistola automática y el pulsador del elevalunas eléctrico.

10. Erewhon

La ASP 9 mm es un arma pequeña peto letal. Versión reducida, en sus aspectos básicos, de la Smith & Wesson modelo 39, los Servicios Secretos norteamericanos vienen empleándola hace más de un decenio. Su retroceso no es mayor que el de una Walther calibre 22, y por su aspecto parece más una automática de entrenamiento que la mortífera pistola que en realidad es. La Armaments Systems and Procedures, cuyas iniciales le dan nombre, realizó por encargo la adaptación, ajustándose a requisitos muy exigentes: dimensiones que permitiesen esconderla fácilmente, un cargador capaz por lo menos para ocho proyectiles, fiabilidad, culata transparente, de tipo Lexon, de modo que resultase visible la reserva de balas, y tolerancia de todos los tipos conocidos de munición de 9 mm.

Las balas que utilizaba la ASP de Bond eran Glaser Safety Slugs, particularmente malignas. Una Glaser es una bala prefragmentada que contiene varios centenares de perdigones del número 12, suspendidos en teflón liquido. Disparados por una ASP, esos proyectiles alcanzan una velocidad de casi seiscientos metros por segundo. No estallan hasta haber penetrado en el cuerpo, y si alcanzan órganos vitales, el resultado suele ser la muerte.

Bond disparó dos veces por la abierta ventanilla antes de que el coche se hubiera parado del todo. Concentró la visión de ambos ojos en la revolucionaria mira Guttersnipe, cuyas paredes triangulares amarillas permitían localizar inmediatamente el objetivo.

Vio, por entre los árboles y los helechos, a varios hombres que se apeaban de los coches. Otros estaban ocupados en retirar los vehículos de la carretera. Bond había dirigido sus rápidos disparos al claro contorno de un hombre que, vestido con un sucio chubasquero blanco, avanzaba hacia el Bentley. Sin detenerse a determinar qué había sido de su objetivo, abrió la portezuela y se lanzó, volteando, entre los matorrales.

Indiferente a las ramas y la maleza que se le prendían en la ropa y le arañaban el rostro, continuó su avance, ansioso por alejarse cuanto fuera posible del Mulsanne Turbo. Rodando hacia la derecha, se distanció unos veinte metros del coche. Luego se dio la vuelta y, casi pegada la boca al suelo, desenfundó el arma y la amartilló, escudriñando un amplio arco de terreno abierto ante él.

Los restantes automóviles habían salido de la carretera marcha atrás. Estimó que ya sólo sus conductores los ocupaban. Aunque dos únicas siluetas eran visibles, el instinto le dijo que otros cuatro hombres, por lo menos, debían de intervenir, desplegados y agachándose, en una maniobra de cerco.

Pese a ello, permaneció inmóvil, dejando que se le normalizase la respiración. Si sus acosadores eran metódicos -y no cabía pensar en otra cosa- terminarían por dar con él. Incluso era posible que solicitasen refuerzos, pues tenían que ser más los hombres empeñados en la operación. ¿Cómo, si no, podían tener la certeza de interceptarle en la carrera? A menos que hubieran colocado en el Bentley un dispositivo detector… Pero ¿quiénes eran sus perseguidores? ¿Gente de Holy? Sin duda aquello tenía que ver con él. Y sin embargo, ¿no se le ofrecía a Holy mejor oportunidad de ajustarle las cuentas que aprovechando su cita de la tarde, en Endor? Restaba la posibilidad de que… de que Cindy le hubiera tendido una trampa o de que la hubiesen descubierto a ella. Si se trataba de lo segundo, se habían dado buena prisa en someterle a él a vigilancia. Fuera cual fuese el caso, Bond decidió retrasar en lo posible su captura. Si ganaba tiempo, podía pensar en la huida.

Había empezado a llover con fuerza: lo atestiguaba el firme goteo que producían las ramas. Intentar la escapada en ese momento sería un suicidio. Se encontraba por lo menos a ciento cincuenta metros de la carretera, y aunque consiguiera alcanzarla sin ser interceptado -cosa que dudaba-, allí seguiría estando en desventaja numérica de tres contra uno. Lo oportuno era esperar, seguir atentamente los movimientos del adversario y cuidar de que no le sorprendiesen por la espalda.

Continuamente atento a los ruidos, seguía barriendo con la mirada su campo visual, desde el extremo derecho al izquierdo, interrumpiéndose sólo para volverse y escudriñar tras de sí. Los dos hombres en un principio visibles al frente, habían desaparecido; la lluvia, por otra parte, acallaría eficazmente los movimientos.

Bond llevaba en su escondrijo no menos de quince minutos cuando detectó por primera vez, de forma inconfundible, presencias enemigas: el seco chasquido de una rama muerta y un vislumbrado movimiento le alertaron simultáneamente vista y oído. Volvió despacio la cabeza. A menos de veinte pasos de distancia, un hombre se encontraba agazapado junto a un árbol, fija la mirada en un punto situado a la derecha de Bond. Todo en él -su actitud vigilante, la elección de la base del tronco como cobijo, su forma de empuñar el pequeño revólver, a la altura del hombro izquierdo- denotaba profesionalidad, el buen entrenamiento de un soldado. Inspeccionaba el terreno sosegada, cautelosamente, sin omitir un solo palmo. Significaba aquello que sin duda existía otro oteador a su derecha o a su izquierda, o en ambas posiciones. Y lo que era más: procediendo así, descubrir el escondite de Bond sería simple cuestión de tiempo.

Vestía su acosador camisa y pantalones de sarga verde oliva y una guerrera. Bond empezó a volverse muy despacio. Deseaba poder cobrar cuando menos una pieza antes de que apareciesen nuevos adversarios en las proximidades.

Y entonces percibió otro movimiento, esta vez a su derecha. Alertado del peligro tanto por sus reflejos como por el instinto, Bond orientó la ASP en dirección a la nueva amenaza.

El triángulo amarillo de la mira Guttersnipe se centró automáticamente en el objetivo: una segunda silueta que corría agachada entre los árboles, y demasiado próxima, por cierto, para inspirar tranquilidad. Vio, por el rabillo del ojo, que el primer hombre levantaba con ambas manos su arma. A continuación sonó el inconfundible chasquido que produce el acto de amartillar un revólver. Sonó muy cerca a su espalda. E inmediatamente sintió en el cuello, candente de puro helado, el contacto de la boca de un arma.

– Suelte la pistola, míster Bond. Y, por favor, no trate de hacer ninguna tontería.

Bond, que no tenía el menor deseo de que le matasen a esas alturas de su carrera, arrojó la ASP al suelo.

– Bien hecho -aprobó la voz, que era suave, algo cantarina-. Y ahora, las manos a la cabeza, tenga la bondad.

Los dos hombres que antes detectara Bond se habían incorporado y, en ese momento, avanzaban hacia él, el de la izquierda aferrando ante sí con ambas manos un revólver de cañón corto, los brazos firmes como barras de hierro y clavados los ojos en el cautivo. Bond comprendió claramente que cualquier falso movimiento le valdría el inmediato impacto de dos balas. El otro, inclinándose con la presteza de un ave de rapiña que se abate sobre su presa, recogió la ASP de un manotazo.

– Perfectamente. Ahora levántese muy despacio -añadió la voz, al tiempo que el cañón del arma dejaba de apoyarse detrás de la oreja de Bond. Siguió un rumor de pisadas: el desconocido retrocedía-. No ha estado mal del todo nuestra maniobra, ¿verdad? Como sabíamos más o menos por dónde se había emboscado, era simple cuestión de ponerle a la vista a un hombre sigiloso y a otro rápido. Los muchachos han tenido que repetir tres veces esa pequeña farsa antes de dar con su paradero. Es la clase de estratagema de campaña que enseñamos a nuestros hombres. Dese la vuelta, tenga la bondad.

– ¿Y quiénes son ustedes, los que enseñan? -preguntó Bond mientras se volvía.

Vio ante sí a un hombre bien constituido, de unos treinta y cinco años de edad, espeso cabello negro y rizado, ojos del mismo color, rostro cuadrado, nariz grande y carnosos labios. Las mujeres debían de encontrarle atractivo, pensó el agente especial. Su piel atezada tenía además el curtido del sol. Pero lo más revelador eran los ojos: tenían esa particular mirada de quien ha pasado largos años escrutando horizontes al acecho de una columna de polvo delatora, o el cielo en busca de una mota, o un contenido movimiento entre las rocas, o el destello del cañón de un arma en portales y ventanas. Tal era la actividad a que se habían entregado aquellos ojos probablemente desde la niñez. En cuanto a la nacionalidad de su dueño, ¿quién hubiera podido determinaría? Procedía de algún país del Cercano Oriente, pero resultaba imposible precisar de cuáclass="underline" Jerusalén, Beirut o El Cairo. «Seguramente hay en él una mezcla de orígenes», pensó Bond. Y de nuevo preguntó: