– ¿Quién imparte esas enseñanzas?
El joven alzó una ceja.
– Quién sabe, míster Bond. A lo mejor llega usted a descubrirlo -su sonrisa no estaba exenta de cordialidad-. Y ahora hemos de ponernos en marcha -continuó-, y no tengo la seguridad de que vaya a estarse usted quietecito -soltó una breve risa-. Como además tengo la impresión de que mis superiores le prefieren vivo que muerto, ¿quiere hacer el favor de quitarse la chaqueta y subirse una de las mangas de la camisa?
Otras dos siluetas se alzaron entre los matorrales al mismo tiempo que, enfundando la pistola, el jefe del grupo se sacaba del bolsillo una caja rectangular.
Uno de los recién llegados ayudó a quitarle a Bond la chaqueta, mientras el otro le apoyaba con firmeza las manos en los hombros. Él no opuso resistencia, y dejó que le arremangasen. El jefe del grupo, entretanto, había llenado una jeringuilla hipodérmica; le dio la vuelta, de forma que la aguja quedase hacia arriba, y de su punta surgió entonces un chorrillo de líquido incoloro que formó un breve arco en el aire. Bond sintió a continuación un aguijonazo en la parte alta del brazo.
– Descuide -dijo con una sonrisa el que comandaba el grupo-. Le aseguro que nuestro interés es conservarle vivo.
Alguien soltó una risotada, y otro hizo un comentario en una lengua que el agente especial no supo identificar. Ni siquiera percibió la inoculación del líquido.
Al principio le pareció que iba en un helicóptero, tendido boca arriba y sobre la caja de un motor que trepidaba. Oyó el voltear de las palas del rotor. Y luego, de muy lejos, le llegó un tableteo de armas automáticas. Entonces, y por cierto espacio de tiempo, volvió a distanciarse, como arrastrado por una corriente, hasta que de nuevo le invadió la sensación de estar en un helicóptero, y con ella percibió una serie de explosiones, violentas y cercanas.
Al abrir los ojos, vio un ventilador que giraba lentamente en el techo, y cobró conciencia de estar entre paredes blancas, tendido en una sencilla cama metálica y vestido por completo.
Se incorporó sobre un brazo. Su estado físico era bueno: no sentía náuseas ni dolor de cabeza, y fijaba normalmente la mirada. Extendió ante sí una mano, desplegando los dedos. El pulso era firme. La habitación, por completo vacía de muebles exceptuada la cama, tenía una sola puerta y una única ventana, ésta enrejada en el exterior y con una retícula por dentro. El sol se filtraba tímidamente por esa abertura.
En el momento en que echaba los pies al suelo, se hizo audible otra explosión lejana. Se irguió. Las piernas le aguantaban. Echó a andar hacia la puerta. Recorrida la mitad del camino, volvió a oír tableteo de ametralladoras…, de nuevo distante. La puerta estaba cerrada con llave, y la retícula de la ventana apenas permitía ver nada. Con ese fin la habían aplicado. Se trataba de una lámina de lo que parecía papel adhesivo. Pegada a los cristales, impedía también que éstos se fragmentasen por efecto de las explosiones.
De una cosa estaba seguro: no se encontraba en Inglaterra. La temperatura reinante en el cuarto, pese a la acción del ventilador, no era de las que se conocen en Inglaterra aun en los más espléndidos veranos. Los disparos de armas de pequeño calibre, puntuados a ratos por una explosión, le llevaron a pensar que estaba en alguna zona de guerra.
Tanteó de nuevo la puerta, y luego inspeccionó la cerradura. Era sólida, bien construida y más que segura. Y podía dar casi por cierto que también del otro lado existían cerrojos.
Se revisó metódicamente los bolsillos, pero nada había en ellos. Le habían dejado limpio, sin olvidar siquiera el reloj. Miró la cama. Su bastidor parecía de una sola pieza. Estaba seguro de que, disponiendo del tiempo suficiente -y de alguna suerte de palanca- podría haber desprendido un trozo de recio alambre de los muelles; pero la tarea se presentaba ardua, y no tenía forma de saber cuánto tiempo le dejarían solo.
«En la duda, abstenerse», pensó.
Regresó a la cama y, tendido en ella, pasó revista a los acontecimientos de que todavía guardaba clara memoria. La tentativa de huir con los programas del ordenador. La acción de echarlos en el buzón. Los coches lanzados tras de él. El bosque y su captura. La jeringuilla. Sólo él había disparado. Alcanzando sin duda -y quizá matando- a uno del grupo. Sin embargo, y aparte las precauciones del caso, los demás habían puesto empeño en que él no recibiera daño alguno. Podía existir una relación entre el trance en que se hallaba y su visita a Jay Autem Holy, pero no forzosamente. «No des nada por sentado. Espera a los acontecimientos. Prepárate para lo peor.»
A ese propósito dedicó los próximos minutos, quizá veinte. Por fin oyó ruido de pisadas. Poco audibles, como si las acallara un pavimento de tierra. El paso, sin embargo, era inconfundiblemente militar. Detrás de la puerta rechinaron cerrojos. Giró una llave en la cerradura. Abrieron.
Vislumbró arena, bajas edificaciones blancas y dos hombres armados, de uniformes verde oliva. Otro sujeto entró en el cuarto. Era el mismo que le había administrado la inyección en el bosquecillo del Oxfordshire. Ahora también él vestía uniforme, del mismo tono de verde, pero desprovisto de insignias y demás distintivos de rango. Calzaba botas especiales para el desierto y del lado derecho del cinto le colgaba un revólver de grueso calibre. En el lado opuesto pendía un largo cuchillo envainado. Iba tocado con un kefiyé color castaño claro, casi de factura casera, que sujetaba con un cordón rojo. Uno de los dos hombres que montaban guardia en el exterior tendió un brazo y cerró la puerta tras el recién llegado.
– ¿Ha dormido bien, míster Bond?
Lo preguntó con una sonrisa que era casi contagiosa. Al encontrar su mirada, Bond recordó las impresiones que le habían producido aquellos ojos.
– La verdad es que hubiera preferido estar despierto.
– Pero ¿se encuentra bien? ¿No nota molestias?
Bond negó con la cabeza.
– Bien. Me llamo Simon -vivaz, dinámico, le tendió una mano que Bond no tomó-. No le reprochamos lo ocurrido a nuestro compañero -continuó, tras una breve pausa-. Porque le mató usted, por si no lo sabía. Claro está que se le pagaba por arriesgar la vida -se encogió de hombros-. Temo que le hayamos subestimado a usted. Culpa mía. A nadie se le ocurrió que pudiera llevar armas. Bien mirado, ya no está en la profesión. Pensé que si iba usted armado sería por pura nostalgia, y nada tan mortífero, desde luego, como aquel artefacto. Que por cierto es nuevo para nosotros. ¿De qué se trata exactamente?
– Me llamo James Bond. Ex comandante de la Armada Real y ex funcionario de los Servicios Extranjeros. En la actualidad retirado.
Una mueca de desconcierto frunció por un instante el rostro de Simon.
– Ah, ya entiendo: nombre y rango, y ni una palabra más -soltó una risa monocorde-. Siento desilusionarle, comandante Bond; no es un prisionero de guerra. Cuando se nos escapó usted en aquel espléndido automóvil, no teníamos manera de hacerle saber que nuestro cometido era el de emisarios amistosos. En relación con un posible empleo.
– De ser así, podrían haberlo gritado. La voz se difunde con mucha claridad en los bosques.
– ¿Y nos habría creído usted?