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Siguió un silencio, que Bond arrostró con expresión inmutable, hasta que el oficial de mando tomó de nuevo la palabra.

– Una de dos, comandante: o bien es usted un óptimo actor que desempeña un papel siguiendo instrucciones, o es auténtica su postura. Lo que nadie discute son sus extraordinarias dotes profesionales. Y que está usted sin trabajo. De ser ciertos los rumores relacionados con su dimisión, es una pena dejar que continúe inactivo. Mi propósito al traerle aquí es verificar esos rumores y, quizá también, ofrecerle un empleo. ¿Le gustaría trabajar? En el terreno de la información secreta, se entiende…

– Eso depende -replicó Bond con voz átona.

– ¿De qué? -le atajó Rahani en tono vivo, dejando traslucir al hombre autoritario que había en él.

– Del trabajo -el semblante del agente especial había perdido una pizca de su tensión-. Mire usted, no quisiera parecerle brusco, pero se me ha traído aquí en contra de mi voluntad. Por otra parte, mi anterior trabajo es sólo cuenta mía y, supongo, de la gente a quien presté mis servicios. Para serle sincero, estoy tan harto de la profesión, que no tengo la menor certeza de querer volver a ella.

– ¿Ni siquiera como asesor? ¿Con unos honorarios muy elevados? ¿Con escasas obligaciones y riesgo personal todavía más escaso?

– La verdad es que no lo sé.

– Pero ¿estaría dispuesto a estudiar una oferta?

– Nunca las rechazo por principio.

Rahani hizo una larga inspiración y dijo:

– Unos ingresos de más de doscientas cincuenta mil libras por año. Algún que otro viaje apresurado, para prestar asesoramiento en terceros países. Cada dos meses, una semana de conferencias aquí.

– ¿Dónde es aquí?

Por primera vez, una mueca de disgusto contrajo el semblante de Rahani. Le respondió con las mismas palabras que había empleado Simon momentos antes.

– Todo a su debido tiempo, comandante. A su debido tiempo.

– Asesoramiento ¿sobre qué? Conferencias ¿sobre qué?

– Las conferencias, sobre la estructura de los Servicios Secretos británicos y sus métodos. El asesoramiento, sobre aspectos informativos y de seguridad de ciertas operaciones.

– Operaciones desarrolladas ¿dónde y por quién?

Rahani desplegó las manos ante sí.

– Eso estará en función de las circunstancias. Y variará con las propias operaciones. Mire usted, la organización que dirijo no está casada con país, grupo humano o ideología alguna. Somos… (ya sé que se trata de una palabra muy manoseada, pero es la única posible en este caso)…somos apolíticos.

Bond permaneció a la expectativa, con el aire de quien no quiere comprometerse todavía. Fue Rahani quien tuvo que capitular finalmente.

– Soy un soldado. En mis tiempos fui mercenario. Y también me he situado, con muchísimo éxito, en el mundo de los negocios. Tenemos, creo yo, algunas cosas en común. Entre ellas, la afición por el dinero. Tiempo atrás, con unas cuantas personas de mentalidad afín a la mía, vimos la posibilidad de conseguir beneficios muy sustanciosos entrando en el negocio del mercenariado. Apolítico como soy y no teniendo deudas contraídas con ninguna ideología ni creencia, resultó fácil. Son numerosos los países y grupos revolucionarios que necesitan especialistas: un hombre o varios o, incluso, una organización de ellos, con efectivos humanos capaces de llevar a término un plan.

– ¿Terrorismo de alquiler? -preguntó Bond con una pizca de repugnancia-. Quien no se atreve a ejecutar algo, lo encarga a terceros más osados.

– Lo expresa usted muy bien, comandante Bond. Pero le sorprendería comprobar que las organizaciones terroristas no son nuestros únicos clientes. También se han dirigido a nosotros gobiernos legalmente constituidos. De todas formas, y dada su condición de antiguo agente de los Servicios Secretos, política e ideales son un lujo que no puede usted permitirse.

– Puedo permitirme el de desaprobar ciertos ideales. Y el de oponerme a ellos con profunda aversión.

– Y si nuestros informes son correctos, ese tipo de aversión es la que le inspiran los métodos de los Servicios Secretos tanto británicos como norteamericanos, ¿es así?

– Digamos, sin más, que me defrauda el que, después de tan largos años de fiel dedicación, un organismo oficial pueda ponerme en entredicho.

– ¿Y no ha pensado en ningún momento en el placer de la venganza?

– Mentiría si dijese que no me ha pasado por el pensamiento; sin embargo, nunca ha llegado a convertirse en una obsesión. No soy rencoroso.

– Nosotros necesitamos un colaborador decidido. ¿Comprende lo que quiero decir?

A modo de interrogación, produjo el carraspeo de antes. Bond asintió, y seguidamente dijo que no era un necio: una vez revelados la existencia y los propósitos de su organización, Tamil Rahani no tenía más remedio que decidirse con respecto a él. Si le ofrecía un empleo y él lo aceptaba, no surgiría problema alguno. En cambio, si resolvía que su persona representaba un riesgo, o que sus móviles no estaban claros, el desenlace podía ser sólo uno.

Oída su exposición hasta el fin, Rahani indagó:

– Siendo así, ¿le importa que le haga unas cuantas preguntas pertinentes?

– ¿Qué entiende usted por pertinentes?

– Relacionadas con el tipo de cosas que no trataría usted con la prensa. Quiero saber, comandante, el verdadero motivo de su dimisión. Creo que en su momento la atribuyó a disensiones entre departamentos. Se formularon acusaciones que, si bien acabaron siendo retiradas, usted tomó muy en serio.

– ¿Y si opto por no hablar de eso?

– No me dejará más salida, amigo mío, que considerarle indigno de confianza. Conclusión que podría tener consecuencias desagradables -añadió Rahani con una sonrisa.

Bond acometió el proceso de fingir que meditaba la situación. «M», Bill Tanner y él habían elaborado conjuntamente una versión de los hechos verosímil hasta cierto punto. Tanto confirmarla como refutarla exigiría acceder a información reservada, en poder del departamento jurídico, que contaba entre su personal con una serie de experimentados jurisconsultos. A esa información habría que añadir la de otras tres personas, empleadas en el registro, y la de una cuarta que pudiese consultar fácilmente toda la documentación archivada en el departamento 5.

– De acuerdo -dijo Bond al cabo de unos segundos, asintiendo con la cabeza-. Si quiere saber la verdad…

– En efecto, comandante Bond. Le escuchamos -repuso Rahani con voz tan suave como su actitud.

Refirió la historia tal como la habían urdido en el despacho de «M». Unos seis meses antes se había descubierto en las oficinas centrales del Servicio la desaparición, sólo durante las horas nocturnas, de una serie de delicados expedientes. El hecho no era nuevo, y técnicamente resultaba posible, pese a las rigurosas medidas de seguridad y a la necesidad de regularizar mediante firma la entrega y recepción de archivos. El sistema, con todo, estaba sometido a una segunda vigilancia electrónica, en función de contraseñas codificadas existentes en todas las carpetas, y que se registraban cuantas veces se retiraba o devolvía una de aquéllas. Los expedientes pasaban por una máquina que leía el código y lo transmitía al banco de datos del registro, el cual se examinaba todos los finales de mes. Alterar las contraseñas codificadas o sacar copia de ellas hubiera sido imposible. Lo que cualquiera podía hacer, en cambio, y puesto que las extensas cintas del ordenador no se comprobaban más que a final de mes, era devolver todas las noches un falso expediente y sustituirlo a la noche siguiente por el original. De tal forma, y alternando originales y expedientes ficticios, era posible examinar una veintena de aquéllos en un mes, antes de que se descubriese el amaño. Y era eso lo que había ocurrido, sostuvo Bond, si bien el registro empleó tanto tiempo en confrontar y verificar datos, pensando que la irregularidad tenía que ver con un error de programación, que hubo de transcurrir otra semana antes de que llegase el informe al jefe del Servicio.