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En total eran sólo ocho los expedientes extraídos de forma clandestina. El hecho, sin embargo, era que en las fechas en cuestión Bond figuraba entre las personas con acceso a los archivos. Y aunque eran cinco los sospechosos, fue a él a quien interrogaron en primer lugar.

– Cuando lo normal, dados mi rango y antigüedad, habría sido concederme la cortesía de una entrevista con el jefe del Servicio -señaló en tono que orillaba la cólera-. Pero no; al parecer, carecía de importancia el hecho de que los otros cuatro fuesen agentes de experiencia relativamente escasa y sin hechos de armas en su historial. Era como si se me singularizase a mí a causa de mi grado, de mis antecedentes, de mi experiencia.

– ¿Y llegaron a acusarle formalmente? -la pregunta fue esa vez de Simon.

Bond dejó que la ira cobrase intensidad y saliera a la superficie.

– Oh, sí. ¡Sí: me vi acusado! Aun antes de haber hablado con los demás, me echaron encima a un par de habilísimos interrogadores, además de un fiscal de la Corona. «Retiró usted de las oficinas centrales esos expedientes, comandante Bond. ¿Por qué? ¿Sacó copia de ellos? ¿Quién le pidió que los extrajese de los archivos?» Y así durante dos días.

– ¿Y había usted sacado esos archivos de las oficinas, comandante?

– En absoluto -respondió Bond, gritando casi-. Les llevó otros dos días interrogar a los restantes sospechosos, y pasó un tercer día antes de que el jefe del registro recordase que uno de los funcionarios había recibido permiso especial para sacar los dichosos expedientes, que debía estudiar uno de los mandatarios del Servicio, asesor del Ministerio. Habían dejado espacios en blanco en el libro de salidas, a fin de hacer cuadrar los datos. En principio, el jefe del Servicio habría tenido que sentar ese hecho en el banco de datos, pero se encontraba de permiso y lo olvidó. Nadie arremetió contra él, ni mucho menos se pidió su cabeza.

– De manera que no había desaparecido ningún expediente… Supongo que le ofrecerían una satisfacción.

– No de inmediato -respondió Bond con furia algo pueril-. Ni a nadie pareció importarle en absoluto lo que yo sintiera. Por lo visto, el jefe del Servicio ni siquiera llegó a comprender que me considerase ofendido.

– De modo que presentó usted su dimisión. ¿Así, sin más?

– Eso podríamos decir.

– Una explicación excelente -determinó Tamil Rahani con aire satisfecho-. Pero difícil de probar, según mi experiencia de las oficinas gubernamentales.

– Muy difícil -reconoció Bond.

– Y dígame, ¿a quién se referían los protocolos en cuestión?

– ¡Vaya! -replicó el agente especial, esforzándose en resultar simpático-. Lo que ahora me pide es una traición.

– En efecto -dijo Rahani con la mayor naturalidad.

– Principalmente contenían información actualizada acerca del despliegue de efectivos tácticos del bloque soviético. Uno se refería a agentes destacados cerca de bases orientales.

Rahani frunció el entrecejo.

– Un asunto delicado, no hay duda. Bien, comandante, haré unas cuantas indagaciones. Entretanto, Simon puede enseñarle Erewhon, y luego procederemos a otras pequeñas entrevistas.

– ¿Interrogatorios, quiere decir?

– Como prefiera -Rahani se encogió de hombros-. Su porvenir depende de lo que nos diga ahora. La cosa no puede ser más sencilla.

Camino ya de la puerta, Bond se volvió.

– ¿Me permite que le haga yo una pregunta?

– No faltaría más.

– Guarda usted un extraordinario parecido con cierto señor Tamil Rahani, presidente de la Rahani Electronics. ¿Es posible que nos hayamos visto anteriormente en Montecarlo?

El otro rió con toda la cordialidad de una cobra enfurecida.

– Debiera constarle a usted, comandante. Si no recuerdo mal, en esos momentos estaba usted organizando una bonita polvareda en las mesas de juego de la Costa Azul.

– No recuerda usted mal.

Bond salió, precedido de Simon, al soleado exterior.

Primero se dirigieron al comedor, donde unas ochenta personas estaban almorzando pollo guisado con pimientos, cebolla, ajo y almendras. Todos vestían el mismo uniforme, color verde oliva. Algunos portaban armas. Había hombres y mujeres, en su mayoría jóvenes y de nacionalidades muy diversas. Ocupaban mesas de dos o de cuatro. El entrenamiento así lo exigía, explicó Simon: trabajaban en pareja o por equipos. En ocasiones, si lo aconsejaba el trabajo, se reunían dos equipos. Algunos de los que ocupaban mesas de dos estaban siendo adiestrados para actuar en solitario.

– ¿En qué actividades? -quiso saber Bond.

– Oh, las habituales: voladuras, secuestros, ajustes de cuentas, represalias…; lo que usted quiera. Tenemos especialistas para todo: electricistas, mecánicos, conductores, incluidas las tareas más rutinarias.

La conversación se desarrollaba en distintas lenguas, entre las cuales Bond reconoció el alemán, el francés y el italiano. Su cicerone le aseguró que también había israelíes irlandeses e incluso ingleses. Bond reconoció de inmediato a un par de terroristas alemanes cuyas filiaciones figuraban en los archivos del Servicio, en los del MI5 y en los de Scotland Yard.

– Si quieren evitarse problemas de identificación -le dijo a Simon en voz baja-, yo no emplearía a esos dos en Europa. Son archiconocidos donde no conviene.

– Le agradezco la advertencia. Preferimos gente sin pasado, y ese par me daba mala espina. Aunque todos los que vienen aquí tienen sus antecedentes, no nos gustan las celebridades -Lo dijo con una sonrisa de connivencia-. Lo cual no impide que las necesitemos. Ya sabe: siempre se producen bajas. Y durante el entrenamiento pueden resultar muy útiles.

Pasaron el resto de la tarde recorriendo la bien equipada zona de prácticas. A Bond le embargaba la extraña sensación de haber visto todo aquello con anterioridad. Le llevó cosa de una hora determinar el porqué: a aquellos hombres y mujeres se les enseñaban técnicas que él había visto emplear al SAS, al GSG-9 alemán, al GIGN francés y a varios otros grupos de elite aplicados a la lucha antisubversiva. Con una diferencia: a los reclutas de Erewhon se les formaba en la neutralización de las medidas contraterroristas.

Aparte el adiestramiento en el manejo de armas de todo tipo, se dedicaba especial atención a las técnicas de secuestro aéreo y pilotaje de aparatos. Incluso existían en el complejo dos simuladores de vuelo. Otro edificio se consagraba en exclusividad a impartir enseñanza sobre técnicas de negociación con las autoridades durante secuestros y tomas de rehenes. Los métodos se trataban de forma exhaustiva.

Uno de los supuestos tácticos más espectaculares se practicaba en la zona de casas destruidas que anteriormente habían atraído la atención de Bond. Se instruía allí a los hombres, por equipos de cuatro, sobre la forma de contrarrestar toda clase de medidas de rescate. Resultaba turbador ver que se consideraban todas las modalidades conocidas de las técnicas antiterroristas.

Bond durmió aquella noche en el mismo desnudo cuarto en que había despertado a su llegada a Erewhon. Al día siguiente se iniciaron los interrogatorios, que habrían de desarrollarse conforme al clásico cara a cara, Rahani formulándole a Bond preguntas aparentemente inocuas que en realidad buscaban arrancarle información reservada, relativa al Servicio.

Comenzó Rahani en forma bastante inofensiva, interesándose por temas tales como la organización y los canales de mando. Pronto, sin embargo, se hizo necesario pormenorizar, y Bond tuvo que echar mano de todo su natural ingenio a fin de dar la impresión de que lo revelaba todo, aunque en realidad callase los datos verdaderamente vitales.