Выбрать главу

Rahani era como un perro de presa: convencido ya Bond de que había logrado escamotearle una información determinada, el otro volvía a la carga por tortuosos derroteros y abordaba de nuevo la cuestión planteada. Resultaba claro y manifiesto que una vez les hubiese revelado lo que les interesaba, Bond sería arrojado a los lobos.

Al sexto día, y remachando siempre el mismo clavo, Rahani se esforzaba en sonsacarle a su huésped sobre medidas de seguridad empleadas en la protección del primer ministro, la reina y otras personas de la familia real.

Aunque nada de todo ello era competencia personal de Bond ni tampoco del Servicio, su interlocutor daba por sentado que el agente especial sabría no poco al respecto. Llegó a solicitarle los nombres y las debilidades que se les sospechaban a las personas encargadas de aquella labor, juntamente con detalles de su programa de trabajo. A eso de las cinco de la tarde, entraron en el despacho con un mensaje. Rahani lo leyó y, después de doblar lentamente el papel, se volvió hacia Bond.

– Bien, comandante; parece que su estancia aquí ha tocado a su fin. Tenemos trabajo para usted en Inglaterra. Finalmente va a materializarse algo muy importante, y usted ha de intervenir en ello. Percibirá honorarios a partir de este momento.

Descolgó uno de los teléfonos y pidió a Simon que se presentara cuanto antes. Bond había reparado ya que en Erewhon a todo el mundo, excepto al oficial de mando, se le llamaba por el nombre de pila.

– El comandante Bond se incorpora a nuestras filas -le anunció a Simon-. Hay un trabajo para él, y mañana sale hacia Inglaterra. Tú le acompañarás -dijo. Y habiendo intercambiado una extraña mirada con su ayudante, agregó-: Pero ocurre, Simon, que aún no hemos visto en acción a nuestro gallardo comandante. ¿Qué te parece la idea de someterle a la prueba del osario?

– Estoy seguro de que a él le agradaría, señor.

Osario era el nombre que, en un rasgo de humor negro, aplicaban a las semiderruidas construcciones en que se adiestraban los hombres para combatir las ofensivas antiterroristas. Salvada la corta distancia que les separaba de aquel paraje, Simon se retiró a fin de organizar, dijo, los preparativos necesarios. A su regreso, diez minutos más tarde, condujo a Bond al interior de una de las casas.

Aunque del edificio no quedaban más que las paredes, y éstas mostraban la huella de numerosas batallas simuladas, la construcción era de extraordinaria solidez. Un amplio recibidor se abría tras la maciza puerta principal. Dos cortos pasillos, a derecha e izquierda, conducían a espaciosas estancias de desnudo suelo peto dotadas todavía de algunos muebles. Una bien construida escalera terminaba en un rellano con una única puerta. De ella partía un largo corredor que cruzaba de un extremo al otro la casa. En la pared del fondo, dos nuevas puertas daban acceso a habitaciones situadas exactamente encima de las que existían en la planta.

Mientras acompañaba a Bond al piso alto, Simon explicó:

– Intervendrá un grupo de cuatro hombres. Como es natural, utilizarán munición de fogueo, pero junto con ella, granadas de zapatazo auténticas -se refería a bombas de mano cuyo efecto aturdidor no era agradable de experimentar-. La información que puedo darte es que tus agresores saben que estás por el piso superior -sacó la ASP 9 mm de Bond-. Bonita arma, James. Muy bonita. ¿A quién se le ocurriría pensar que tiene la potencia de una Magnum calibre 44?

– Has estado trasteando con mis juguetes…

– La tentación era demasiado fuerte. Aquí tienes… dos cargadores de balas de fogueo. Usa tu iniciativa, James. Y buena suerte -consultó su reloj-. Dispones de tres minutos.

Tras proceder a un rápido reconocimiento del edificio, Bond se situó en el corredor de arriba, que carecía de ventanas. Permanecía cerca de la puerta que daba al rellano, aunque bien escudado por la pared del pasillo. Acababa de acuclillarse junto a ella, cuando abajo, en el recibidor, estallaron con formidable estruendo dos granadas aturdidoras. A la conmoción producida por la onda de choque siguieron varias ráfagas de armas automáticas. Los proyectiles desconcharon el enlucido e hirieron la mampostería del otro lado de la pared, al tiempo que una segunda explosión casi desgoznaba la puerta.

La munición que empleaban no era de fogueo, sino auténtica. Y Bond se dio cuenta, súbitamente sobrecogido, de que estaba ocurriendo lo que antes imaginara: le arrojaban a los lobos.

12. Devuélvase al remitente

Del piso bajo llegaron dos nuevas explosiones, seguidas por otra cerrada ráfaga de disparos. El segundo equipo de dos hombres estaba despejando la planta. Bond oyó las pisadas del primer equipo, resonando en la escalera. En cuestión de segundos se escenificaría en el rellano la danza de la muerte. Por la puerta que se abría a su derecha arrojarían un par de granadas aturdidoras o dos botes de humo, y a continuación el fuego de las armas barrería el corredor, con lo que él emprendería el corto viaje hacia la eternidad.

La voz de Simon le resonaba en el interior de la cabeza, como surgida de un disco rayado: «Usa tu iniciativa… Usa tu iniciativa…». ¿Qué era aquello? ¿Una pista, una clave? Porque estaba claro que lo había dicho con intención…

«Muévete.» Y Bond echó a correr pasillo adelante, hacia la habitación situada a su izquierda. Pensaba de forma vaga en la posibilidad de saltar la ventana. Cualquier expediente le parecía válido con tal de escapar a la mortífera granizada de balas.

Entró velozmente en el cuarto y, tratando de hacer el menor ruido posible, cerró la puerta y pasó el pequeño pestillo. Cruzaba ya la pieza, en dirección a las ventanas, cuando, al rodear una silla, los vio: dos cargadores para ASP, negros rectángulos de metal mate y cantos redondeados, abandonados en la desvencijada mesa que separaba los dos altos ventanales. Los retiró de un manotazo, y vio al momento que se trataba de sus propios repuestos, con todo su contenido de balas Glaser.

Existe un método específico para cargar una ASP, mediante un rápido movimiento que, desalojando el peine gastado, permite sustituirlo por otro nuevo. Bond realizó esa operación en no más de cinco segundos, y ese espacio de tiempo le alcanzó además para comprobar que la primera bala había entrado en la recámara.

Pero cargó el arma en movimiento, camino de la puerta, junto a la cual se apostó, pegado a la pared de la izquierda. El equipo avanzaría disparando, una vez las granadas hubieran surtido su efecto desorientador: un hombre por la derecha y el otro por la izquierda. Bond contaba, sin embargo, con que los primeros tiros se perderían en la habitación.

Pegado a la pared, empuñó con ambas manos la pequeña y poderosa arma, sujetando al mismo tiempo el cargador de reserva como si fuese una extensión de la propia culata, y tendió ante si los brazos.

Los asaltantes se encaminaban directamente hacia aquella habitación. Bond había seguido, por el estruendo y las explosiones, las etapas de su rudimentaria ofensiva a partir de la puerta del rellano. Una rociada de balas astilló a su derecha la carpintería de la puerta. Una bota destrozó la cerradura e hizo saltar el endeble pestillo. Simultáneamente arrojaron dos granadas al interior del cuarto, una de las cuales rodó por el desnudo entarimado una fracción de segundo. Y luego se produjo el estallido.

Ladeó la cabeza y cerró los ojos a fin de evitar el peor efecto de las granadas aturdidoras -la ceguera temporal que causa el fogonazo-, pero nada pudo hacer por sustraerse a la detonación que, como si ocurriese en el interior de su cráneo, le hizo retumbar la cabeza y desató en sus oídos timbrazos ensordecedores. Tanto, que no percibió ningún otro ruido: ni el de su pistola, al disparar, ni el mortífero tableteo de las metralletas que accionaron los dos hombres del primer equipo mientras avanzaban por entre la humareda.

Bond actuó por puro reflejo. Localizadas en el visor de la pistola las dos minúsculas siluetas que trasponían la puerta, oprimió dos veces el gatillo, verificó de nuevo la puntería y volvió a disparar. Cuatro balas salieron de la recámara en menos de tres segundos… y, sin embargo, fue como si el tiempo se hubiese paralizado y todo ello ocurriese por efecto de un truco cinematográfico, con una enorme lentitud, torpe y brutal.