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El agresor más próximo a Bond saltó a la izquierda, sujeta la letal arma automática entre el brazo y la caja torácica, y apenas identificado su objetivo, volvió hacia él el cañón de la metralleta, que ya había empezado a vomitar fuego. El primer impacto de Bond le alcanzó en el cuello y le proyectó hacia un lado, y destrozadas carne, arterias, tendones y hueso, la cabeza se le bamboleó como a punto de separársele del tronco. El segundo proyectil le dio de pleno en ella y, haciéndola estallar, sembró el aire de una fina lluvia de partículas rosadas y grises. Las balas tercera y cuarta le dieron al otro hombre en el pecho, a unos pocos centímetros de la tráquea. Se tambaleó, primero hacia la salida y Juego hacia la derecha, rociando de balas la ventana antes de comprender, demasiado tarde ya, dónde estaba situado el blanco.

Fue tal la violencia del impacto, que al saltar hacia atrás se quedó suspendido por un momento en el aire, en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto del suelo, la metralleta todavía en acción, acribillando el cielo raso, mientras del desgarrado pecho brotaba un hongo de carne y sangre.

A causa de su sordera temporal, Bond tenía la impresión de encontrarse fuera de la escena, como si la contemplara en una película muda. Su experiencia, sin embargo, le ayudó a reaccionar: había abatido a dos, pero quedaban otros tantos. El segundo equipo, casi con toda seguridad, debía de encontrarse abajo, en el recibidor, e incluso era posible que en ese momento acudiese en ayuda de sus camaradas.

Saltó sobre el decapitado cadáver del primer intruso, y con ello estuvo a punto de resbalar en el charco de sangre. A Bond siempre le había causado pasmo comprobar en qué cantidad la poseía el cuerpo humano -un detalle que nunca mostraban las películas y ni siquiera los noticiarios-: más de cuatro litros que manaban como de una fuente al ser roto violentamente su receptáculo.

Se detuvo un instante en el umbral y tendió en vano el oído, pues el interior del cráneo seguía zumbándole como si vibrase en él un centenar de timbres.

Con una ojeada hacia su segunda víctima, advirtió que todavía llevaba en el cinto, sujetas por las palancas de seguridad, dos granadas. Desprendió una, le quitó la horquilla y, con ella en la mano izquierda, siguió el corredor hacia la puerta del rellano, calculando mientras tanto con qué fuerza habría de arrojarla en la escalera. No podía equivocarse, porque no se le ofrecería una segunda oportunidad.

A sólo un paso de la puerta del rellano, algo le hizo detenerse: aquel sexto sentido que, desarrollado a lo largo de los años, ahora le alertaba de forma sutil ante casi cualquier emergencia. Se volvió a tiempo de discernir una silueta que salía del cuarto cautelosamente, abriéndose paso entre la sangre que encharcaba el suelo y los destrozados cuerpos tendidos en el extremo opuesto al umbral. Sin duda, al oír sus disparos -reflexionó más tarde-, el segundo equipo había organizado una especie de maniobra de tenaza: uno de sus componentes acababa de escalar la fachada a fin de irrumpir por la ventana, mientras el otro atacaba desde la escalera.

Bond lanzó por la puerta del rellano, en dirección a la escalera, la granada que sostenía en la mano izquierda, y con la contraria disparó dos veces al hombre que había surgido de la habitación, el cual rodó sobre sí mismo como atrapado en un torbellino.

Del primer cargador le quedaban sólo dos proyectiles. En cinco segundos lo reemplazó por el de reserva. Se adentró entonces un par de pasos en el rellano y disparó dos veces, al azar, mientras localizaba el blanco.

El último de sus agresores, a quien la granada había pillado desprevenido, se agitaba al pie de la escalera. Al ver las chamuscaduras y los desesperados tirones que daba a sus ropas a la altura del bajo vientre, Bond comprendió que la granada le había estallado en las ingles cuando subía la escalera.

Sordo todavía, Bond le vio abrir y cerrar la boca, deformado el rostro por una mueca. Disparando desde lo alto de la escalera, le voló limpiamente la bóveda del cráneo, con lo cual el otro cayó de espaldas, desplazado un par de palmos por el impacto, y los sesos se le derramaron en el sucio suelo del zaguán.

Volviendo silenciosamente sobre sus pasos, y después de salvar la acrecentada masa de cadáveres, Bond se acercó a la ventana de la habitación. Abajo, a unos veinte metros de distancia, vio a Tamil Rahani en compañía de Simon y de media docena de los demás inquilinos permanentes de Erewhon. Todos permanecían muy quietos, en pie, inclinada la cabeza como en actitud de escuchar. No había a la vista armas desenfundadas, ni Bond divisó ninguna apuntada hacia la casa desde puntos estratégicos.

Se apartó de la ventana. No quería que le viesen, pero al mismo tiempo titubeaba en cuanto a la mejor manera de abandonar la casa. La solución se la ofreció parcialmente, cuando apenas había avanzado dos pasos, la voz de Rahani desde el exterior:

– ¿Sigue usted entre nosotros, comandante Bond?

Simon añadió sin transición:

– ¿Lo comprendiste, James?

Volvió a la ventana, pero se mantuvo a un lado, evitando asomarse en lo posible. Todos seguían donde antes. Y tampoco en ese momento había armas a la vista. Retrocediendo, gritó:

– ¡Queríais matarme, hijos de perra! Ahora vamos a lugar limpio. Os liquidaré, uno tras otro.

Se arrojó al suelo y, reptando bajo el marco, alcanzó la siguiente ventana. El grupo tenía fija la vista en la primera cuando disparó él. La bala hirió el suelo a unos diez pasos de donde estaban, levantando una gran polvareda.

– ¡Tranquilo, Bond! -voceó Tamil Rahani-. Nadie quiso hacerle el menor daño. Era una prueba, nada más que eso. Destinada a comprobar su eficacia. Salga ya. El examen ha terminado.

– Antes quiero que venga aquí uno de ustedes… Simon, si le parece. Sin armas. Inmediatamente. Y por la puerta principal. De lo contrario, empezaré a ocuparme de ustedes, y muy deprisa.

Lanzó una ojeada por la ventana. Simon se había desabrochado ya el cinturón y, arrojándolo a un lado, echaba a andar hacia la casa.

Unos segundos más tarde, Bond se encontraba en la parte superior de la escalera, y Simon abajo, en el zaguán, con las manos enlazadas sobre la cabeza y mirándole no sin admiración.

– ¿Puede saberse qué ocurre aquí? -le interpeló Bond.

– Nada. Has actuado como esperábamos. Como todo el mundo nos aseguraba que eres muy hábil, te enviamos cuatro hombres de los no imprescindibles. Dos de ellos eran los alemanes que me señalaste. Tenemos otros de ese estilo. Para ejercicios como éste, que consideramos rutinario.

– ¿Rutinario? ¿Consideráis rutinario decirle a la víctima que sólo se empleará munición de fogueo?

– Bien, no tardaste en descubrir que también tú tenías balas auténticas. A los otros se les dijo lo mismo: que los proyectiles eran simulados.

– Yo tenía munición sólo si la encontraba, cosa que hice en parte por casualidad.

– No digas bobadas, James: disponías de balas auténticas desde el mismo comienzo, y había cargadores diseminados por toda la casa. ¿Puedo subir?

Con las manos todavía sobre la cabeza, Simon inició el ascenso. Bond, entretanto, empezaba a reflexionar. «¡Imbécil! -se increpó a sí mismo-. Te dijo que eran de fogueo y tú te fiaste de su palabra… ¿Por qué?»

Cinco minutos más tarde, Simon había demostrado la veracidad de sus palabras, primero recuperando el cargador desechado inicialmente por Bond, que contenía todas sus balas Glaser, y a continuación señalándole otros peines completos, situados en el suelo del pasillo, en la segunda habitación del piso alto e incluso en el descansillo. Sin embargo, y aun disponiendo de munición auténtica, había sido aquella una empresa peligrosa en extremo: un hombre contra cuatro, armados con lo que resultaron ser metralletas MP 5K.