– ¿Mi custodio?
– Y el mío, supongo -Cindy depositó la bandeja en la cama-. Con un personaje como usted por los alrededores, todas las precauciones son pocas. Como nadie sabía qué le apetecería tomar, Dazzle le ha preparado un desayuno inglés completo: huevos con tocino, salchichas, tostadas y café.
Levantó la tapadera de plata que cubría la humeante fuente y la sostuvo de forma que Bond viese su interior, que tenía sólidamente sujeta con cinta adhesiva una nota doblada.
– Está la mar de bien -comentó él, cabeceando en señal de asentimiento-. ¿Qué hago cuando haya terminado? ¿Avisar al servicio de habitaciones?
– No nos llame -repuso ella risueña-; nosotros le llamaremos a usted, míster Bond. Tengo entendido que el profesor quiere hablar luego con usted. Me alegra ver que se siente mejor. Me dijeron que se dio un buen porrazo al salirse su coche de la carretera. Él estaba preocupado de veras; por eso insistió en el hospital para que le dejasen traerle aquí.
– Muy considerado por su parte.
Ya en la puerta, Cindy se detuvo un instante para añadir:
– Bien; es agradable saber que vamos a trabajar juntos.
– Según están los tiempos, es una gran cosa tener un puesto de trabajo -replicó Bond, inseguro acerca de lo que sabía la mulata y del crédito que pudiera dar a lo que le hubiesen contado.
¿Qué le habrían dicho? ¿Que había sufrido un accidente de circulación? ¿Y que iba a trabajar en Endor? Bueno; lo último, por lo menos, era parcialmente cierto.
Esperó hasta oír que la llave giraba en sentido inverso en la cerradura. No percibió ningún otro ruido, ni tan siquiera de pasos alejándose, pues el corredor, al igual que la habitación, tenía un grueso alfombrado.
No le costó desprender la nota del interior de la tapadera. Con prieta caligrafía cuya tinta no se había corrido a pesar del vapor, Cindy iniciaba su mensaje sin encabezamiento alguno.
"No sé nada de lo ocurrido. Dicen que sufriste un accidente de coche, pero no sé si creerles. El Bentley lo trajeron aquí, y se ha hablado mucho de que vas a incorporarte al equipo como programador. Ante la duda de si les habrías dicho que llevabas en el coche un ordenador, y pensando que en caso contrario no te gustaría que lo descubriesen, me hice con las llaves -aunque no fue nada fácil- y vacié el maletero. Todo lo que contenía está ahora en el garaje, donde, a menos que tengamos mala suerte, es poco probable que lo encuentren. Hice bien en apresurarme, porque han extremado las medidas de seguridad, con miras al fin de semana. Llegan muchos visitantes, y he oído decir que van a poner en práctica el juego de que te hablé. (¿Te acuerdas de los globos?) Es posible que pueda conseguir el programa. ¿Te interesa una copia? ¿O acaso ya no hace falta, ahora que vas a ser «de los nuestros»?"
De modo que la casa iba a llenarse de gente… y a utilizarse el juego del Globo… Él era indispensable para la operación, y si el juego del Globo representaba un simulacro de entrenamiento, quería decir que Bond y el juego estaban íntimamente relacionados. Cosa que, sin embargo, estaba por demostrar.
Redujo la nota a pequeños fragmentos que se comió junto con el tocino y parte de las tostadas. Los huevos y las salchichas no le apetecían, pero el café, negro y fuerte, estaba muy bueno. Se tomó cuatro tazas.
Había un reducido cuarto de baño anexo al dormitorio. En la repisa de cristal situada sobre el lavabo, descubrió su navaja de afeitar y su colonia predilecta. La maleta la había localizado ya junto al pequeño armario. Al examinarla observó que habían lavado y planchado con esmero toda la ropa.
«No des crédito a todo», se recomendó a sí mismo. Hacían como si confiasen en él -arma, equipo de afeitado y ropa de viaje intactos-, pero eso no impedía que la puerta estuviese cerrada con llave y que la ventana fuese impracticable. Quizá lo que buscaban era hacerle creer que había sido aceptado.
Una vez duchado y afeitado, se puso ropas que le permitiesen libertad y rapidez de movimientos. El tiempo le alcanzó incluso para fijarse la ASP a la cadera izquierda, hecho lo cual volvieron a llamar a la puerta, la llave giró otra vez en la cerradura y entraron en el cuarto dos hombres musculosos cuya fisonomía identificó Bond por la descripción de Cindy: Balmer, alias Tigerbalm, y Hopcraft, alias Happy.
– Buenos días, míster Bond -le saludó Tigerbalm con una sonrisa, pero hurtando la mirada, que escudriñó la habitación como si la tasase con miras a un robo.
– ¿Qué tal, James? Encantado de conocerle.
Happy le tendió una mano, pero Bond hizo como si no hubiese reparado en ello.
– Balmer y Hoptcraft, para servirle -dijo Tigerbalm-. El profesor quiere hablar un momento con usted.
Ni los costosos trajes de pelo de camello ni la aparente afabilidad conseguían disipar la impresión de amenaza perceptible en ambos sujetos. Bastaba mirarles para darse cuenta de que eran bien capaces de hacerse un trofeo con la cabeza disecada de uno, si así les apetecía o se lo encargaba alguien que pagase por ello lo bastante.
– Bien; si el profesor nos convoca, habrá que acudir -repuso Bond. Y fijos los ojos en la llave que empuñaba Tigerbalm, preguntó: -¿No podemos prescindir de eso?
– Órdenes son órdenes -respondió Happy.
– En tal caso, vayamos al encuentro del profesor.
Si bien no podía decirse que le condujesen sin miramientos al sector de trabajo -pues no hubo empujones ni coerción física alguna-, los dos hombres no dejaban de ejercer un efecto intimidador durante su escolta. Bond se daba cuenta de que cualquier falso movimiento, la menor intención de cambiar de rumbo, daría lugar a una rápida acción represiva.
En el sótano no había rastro de Cindy ni de Peter. St. John-Finnes, en cambio, se encontraba sentado a su mesa de despacho, frente al teclado del ordenador, cuya pantalla difundía un resplandor fosforescente.
– Es grato tenerle de vuelta, James.
Con un cabeceo, indicó a Tigerbalm y a Happy que se retiraran, y a Bond le señaló una butaca.
– Bien -continuó en tono vivo, una vez acomodados los dos-; lamento profundamente que sufriera usted algunos trastornos.
– Que muy bien pudieron costarme la vida -replicó Bond sin exaltarse, en tono apacible.
– Si, sí, y lo siento. Lo cierto, sin embargo, es que fue usted quien puso fin a la vida de otros, según tengo entendido.
– Sólo porque no me quedaba otra salida. Hay hábitos que echan hondas raíces. Y creo que mis reflejos son bastante rápidos.
La angosta cabeza de rapaz se agitó en un vaivén que implicaba comprensión.
– Sí; todos los informes coinciden en que es usted hábil. Supongo que se hará cargo de que debíamos asegurarnos. Está claro, ¿no? Un error, un solo error, y una gran cantidad de dinero y una laboriosa planificación podrían verse comprometidos.
Bond guardó silencio.
– En cualquier caso, superó usted la prueba con todos los honores. Me alegra, porque le necesitamos. ¿Comprende ahora la relación existente entre las cosas de aquí, de Endor, y el campo de entrenamiento de Erewhon?
– Comprendo que usted y su socio, el señor Tamil Rahani, dirigen una empresa algo extraña que ofrece mercenarios en alquiler a grupos terroristas y revolucionarios -repuso Bond en tono frío.
– Oh, la cosa es algo más amplia que eso -su actitud era de pronto afable, sonriente, asentidora-. Estamos en condiciones de prestar servicios completos. Un grupo acude a nosotros con una idea, y nosotros corremos con todo lo demás, desde captar fondos hasta realizar la operación. Por ejemplo, el trabajo para el cual le reclutamos a usted ha pasado una larga temporada en fase de elaboración, y con él nos proponemos ganar mucho.
Bond dijo que se daba cuenta de que le habían sometido a una prueba, y que se percataba de que tenían trabajo para él en la organización, pero concluyó: