Cerca del mismo vio Bond también dos modernas sillas giratorias y otras tantas sólidas palancas para el manejo de ordenadores. Estaba claro que se había celebrado allí una sesión de entrenamiento el mismo día. ¿Del juego del Globo? Casi con toda certeza.
Siguieron hacia la amplia estancia donde se encontraba el mapa de la costa oriental de los Estados Unidos según sus características del siglo dieciocho, con la ciudad de Boston, el Bunker's Hill y el Breed's Hill al norte, las colinas de Dorchester alrededor del puerto y las localidades de Lexington y Concord tierra adentro. El mapa tenía aplicado el rectángulo desplazable destinado a encuadrar sus distintas zonas, y en los lugares reservados a los jugadores se encontraban todos los accesorios pertinentes. Jay Autem Holy estaba mirando sonriente el tablero.
Bond reparó tanto en la sonrisa como en la mirada, y en ese instante se le ofrecieron a la vista las grietas que, pese a todo su esplendor, presentaba la fachada de Jay Autem Holy: su interés por las cuestiones de táctica y estrategia había llegado a convertirse en una obsesión…, una obsesión que se concretaba en la necesidad de ganar. Sólo ganar le interesaba. Perder hubiera sido el colmo del fracaso. Al igual que un niño malcriado, necesitaba salirse con la suya a todo trance, y sin eso no se sabría aceptar a sí mismo. Se preguntó Bond qué batalla interior habría perdido Holy en el Pentágono aquella lejana noche en que decidió desaparecer.
El fanático virtuoso de los juegos electrónicos pasó a exponer rápidamente las reglas que regían aquél. Bond se disponía a ganar la Revolución Americana y, con ello, a situar a Jay Autem Holy en un terreno de desventaja psicológica.
El reglamento era bastante sencillo. Los jugadores intervenían por turnos que constaban de cuatro operaciones: órdenes, movimiento, desafío y materialización. Parte de esas operaciones podían ser secretas, consignando la situación de tropas o de material bélico en mapas reducidos de la zona de batalla, que cada uno de los jugadores tenía en cantidad suficiente a su disposición.
– Cuando traslademos el juego al ordenador -explicó Jay Autem con el orgullo de un chiquillo que exhibe su colección de soldados de juguete-, se presentará una forma más ingeniosa de registrar las jugadas secretas.
El campo de batalla, correspondiente a la superficie del amplio mapa, se encontraba dividido en centenares de casillas hexagonales. Cada uno de los jugadores recibía fichas que representaban el número, la importancia y la clase de sus efectivos; las negras correspondían a cañones, con los caballos encargados de su transporte y los artilleros necesarios; las verdes valían cinco soldados; las azules, diez; las rojas, veinte, etcétera. Existían asimismo fichas que mostraban el perfil de un caballo y equivalían a unidades montadas, y otras fichas, especiales, que representaban depósitos de armas y a jefes militares enemigos.
En condiciones de tiempo favorables, la infantería podía avanzar cinco hexágonos, la caballería siete y los cañones sólo dos. La meteorología adversa, los bosques y las montañas limitaban esos avances.
Una vez anotadas las órdenes, el jugador avanzaba para pasar luego al desafío, ya fuese situándose a dos hexágonos de una ficha enemiga, o declarando que disponía de visión sobre cinco de ellos, con lo cual revelaba jugadas secretas anteriores. Al desafío seguía la materialización, en la que se tomaban en cuenta diversos factores, como los de tiempo, fatiga y fuerzas numéricas, anotándose el resultado del desafío, en el cual uno de ambos jugadores perdía soldados, material o bien el combate mismo.
Como en la fase inicial cada jugada representaba un día, y el conjunto del episodio se prolongaba desde septiembre de 1774 hasta junio de 1775, Bond se dio cuenta de que la partida podía llevarles muchas horas.
– Como es natural, una vez pasado el juego al ordenador, la cosa será más rápida -comentó Holy mientras atacaban la fase de las órdenes.
Bond, que defendía los colores británicos, recordó lo que le había dicho Peter: que su oponente daba casi por hecho que un británico repetiría los movimientos -y los errores- que protagonizaron sus compatriotas en aquel momento histórico.
Según recordaba Bond, el comandante de la guarnición británica se había visto paralizado por la tardanza con que le llegaron las órdenes de Inglaterra. Si hubiese emprendido una acción decisiva en las semanas y meses iniciales, aquella primera etapa podría haberse saldado de forma muy diferente. Aunque el resultado habría sido casi sin duda la Independencia, se hubieran salvado muchas vidas, y con ellas el prestigio nacional.
La jugada de apertura de Bond fue un despliegue descubierto de tropas que salían de Boston para batir los campos circundantes. Pero también destacó en secreto avanzadas con que dominar desde buen principio las elevaciones de Bunker's y Breed's Hills, así como las colinas de Dorchester.
Le sorprendió comprobar que el juego se desarrollaba mucho más de prisa de lo que había imaginado.
– Lo que me fascina de esto -observó Holy al tomarle Bond dos depósitos de armas y una veintena de revolucionarios en la carretera de Lexington es la forma en que yuxtapone realidad y ficción. De todos modos, en su anterior trabajo eso debía de ser un fenómeno cotidiano…
Bond desplazó secretamente otros tres cañones hacia Breed's Hill, y una sección de treinta hombres a las colinas de Dorchester en un movimiento final, mientras que, a juego abierto, situaba nuevas patrullas en la línea Boston-Concorde. «Sé veraz», se recomendó a sí mismo, y repuso:
– Así es: la mía ha sido una vida de ficción dentro de la realidad. En el caso de los agentes especiales, eso es el pan nuestro de cada día.
– Espero, amigo Bond, que ahora viva en la realidad. Le digo eso porque lo que se está planeando en esta casa, también puede cambiar el curso de la historia.
Holy sacó a la carretera dos numerosos cuerpos de Milicia Nacional. Su ataque a las patrullas británicas fue tan encarnizado, que Bond perdió cerca de veinte hombres y se vio en la necesidad de replegarse y concentrar fuerzas. Eso no impidió que, a escondidas, volcase tropas y armas en el terreno dominante. La batalla de Bunker's Hill -en el supuesto de que llegara a producirse- se desarrollaría totalmente a la inversa: con las tropas británicas en posición de fuerza, y no ya a la defensiva, sino al ataque, respondiendo al nutrido fuego de la Milicia atrincherada.
– Confía uno -comentó Bond después de un silencio- en que todos los cambios sean para bien, y en no poner en peligro vidas humanas.
– Las vidas humanas siempre están en peligro.
El Amo de Endor había perdido cuatro depósitos de armas y municiones, además de una granja, al otro extremo de Lexington. Cayó en la cuenta de que también Bond estaba desplazando sus fuerzas hacia Concord. Encogiéndose de hombros, añadió:
– Sin embargo, sé que en su caso no tiene sentido amenazarle con una muerte súbita. Las amenazas a su integridad física no pueden tener gran importancia.
– Yo no diría tanto -replicó Bond con una sonrisa que le sorprendió a él mismo-. A todos nos gusta la vida. El defenderla es un estímulo en sí mismo.
El calendario del juego indicaba los últimos días de diciembre, con tiempo adverso para ambos bandos. Lo único que podían hacer en tales circunstancias era consolidar las respectivas defensas, ya fuese a juego abierto o sirviéndose de la opción del secreto. Bond optó por dividir sus efectivos y rodear la carretera Lexington-Concord, mientras que con las fuerzas restantes seguía asegurando el terreno elevado y las colinas. Holy, que por lo visto prefería un juego más tortuoso, lanzaba francotiradores sobre las patrullas británicas, al tiempo que -así lo sospechaba Bond- enviaba fuerzas hacia las elevaciones ocupadas ya por los británicos.