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Bond deslizó sigilosamente una mano hacia la pequeña pero terrible ASP.

– Ahí no hay nadie. Sería un gato… Eh, Hans, mira eso…

Audible zigzagueo de pasos en el engravillado.

Vuelta la cabeza, Bond distinguió netamente las siluetas de los dos guardias frente a la casa. Muy cerca el uno del otro, miraban hacia lo alto, como astrónomos que estudiasen un planeta nuevo, fijos los ojos en la invisible ventana de la derecha.

Emprendió un cauteloso avance hacia la parte central de la techumbre, donde sabía que se encontraba la claraboya. Y entonces, de improviso, bajó de nuevo el cuerpo, pues los vigilantes se habían movido a su vez. Su propia respiración le parecía tan estruendosa, que no podía sino alertar a los centinelas. Pero éstos se apartaban en ese momento de la casa, ladeada la cabeza a fin de ver mejor lo que ocurría en la iluminada ventana de Cindy.

El agente especial reemprendió su avance con toda la rapidez que permitía la prudencia, consciente del rápido transcurso de los minutos.

Aunque probablemente no invirtió más allá de uno en alcanzar la claraboya, le pareció que se le había ido en ello una eternidad. El batiente cedió al primer intento. Lo levantó con gran cuidado, escrutando la oscuridad que rodeaba a los guardianes.

Para simplificarle las cosas, le habían estacionado el Mercedes blanco debajo mismo de la abertura. Con un solo movimiento se situó en el techo del automóvil, la cabeza a menos de palmo y medio de la claraboya.

Agachado ya, desenfundó la ASP. Si habían puesto un tercer guardián en el interior del garaje, no habría más remedio que modificar los planes. De nuevo esperó en perfecta inmovilidad, a que la visión se le adaptase a las tinieblas del recinto. Sólo alcanzaba a oír los latidos de su corazón. Por fin distinguió la larga silueta del Mulsanne, estacionado a su derecha.

Saltó a tierra, con la ASP en una mano, y en la otra las llaves del Bentley, y rodeó la cola del Mercedes.

La portezuela del Mulsanne cedió a la presión del pulgar en la cerradura y retrocedió con la agradable sensación de seguridad que confería su peso. El interior del coche se iluminó simultáneamente, y Bond se deslizó en el asiento del conductor, dejando abierta la portezuela a fin de inspeccionar las conexiones del teléfono Super 1000 de largo alcance que la Communications Control Systems (CCS) había confiado para su instalación a los magos electrónicos de la Rolls-Royce. Cerrando por fin, descolgó el auricular. Suspiró aliviado al ver que se encendía la roja luz indicadora de que el teléfono estaba en funcionamiento. Su mayor preocupación era que los hombres de Holy hubiesen cortado los cables. Lo único que le restaba ya era confiar en que no hubiese escuchas en la banda de ondas.

Pulsó rápidamente el número, y antes de que al lejano extremo de la línea pudieran responderle «Exportaciones Intermundiales», se anunció a sí mismo con un «¡Depredador! ¡Confundan!», y apretando al mismo tiempo el botón que ponía en marcha la defensa de interferencias, contó a veinte y esperó a que la distante voz hablase de nuevo.

– ¡Confundimos! -sonó clara la voz del oficial de guardia de las oficinas centrales de Regent's Park.

– No repetiré este aviso. Depredador, emergencia…

Y Bond añadió un rápido mensaje de dos minutos de duración que esperaba fuese perfectamente inteligible en caso de que Jay Autem Holy se propusiera enviarle en los próximos días en busca de la frecuencia COPE de los norteamericanos.

Devuelto el auricular al soporte instalado entre los asientos, recuperó la ASP, que había dejado encima del salpicadero de pulida madera, al inmediato alcance de la mano, y la enfundó.

A continuación debía regresar, y cuanto antes, al cuarto de Cindy. En su estado de exaltación mental, pensar en la mulata entregada a la tarea de desnudarse lentamente mientras canturreaba en voz baja, le producía viva excitación y, con eso, le devolvía al punto el recuerdo de Percy Proud, como si ésta se encontrara muy cerca. Jugarretas del subconsciente, dijo para sí mientras cerraba la portezuela del Bentley, con toda la suavidad que permitía su peso, y echaba la llave.

La luz del interior tardó unos segundos en apagarse y devolver el garaje a su anterior oscuridad. Ya se había dado la vuelta, dispuesto a encaminarse al Mercedes, cuando un doble chasquido metálico, netamente audible, le hizo pararse en seco.

Recordaba, de sus jornadas de entrenamiento, allá por los días de la segunda guerra mundial, un ejercicio que la Academia seguía practicando. Consistía éste en escuchar en la oscuridad una serie de ruidos grabados en una cinta magnetofónica. El propósito era determinar la naturaleza de ese repertorio de sonidos, que solía incluir el inconfundible «clic» que produce un arma automática al ser amartillada y que se ofrecía mezclado con otros: de picaportes, de juguetes, incluso de cierres metálicos. El agudo chasquido que acababa de oír Bond había sonado detrás del Mercedes, y el agente especial lo hubiera reconocido entre miclass="underline" procedía de una pistola automática.

La ASP volvió a su mano con la presteza con que un maestro del ilusionismo materializa en la suya, surgida de la nada, una varita mágica. Pero apenas empuñada la pistola, brilló el haz luminoso de una linterna de bolsillo, y una voz harto conocida dijo quedamente:

– Suelte ese chisme espantoso, querido. No vale la pena, y los dos queremos salir con bien de esto, ¿no es así?

16. COPE

Bond discernía netamente su silueta, perfilada ante el fondo de la pared, más claro. Calcular la situación y determinar lo que debía hacer no le llevó más que una fracción de segundo.

En otras circunstancias, y dados su entrenamiento y la rapidez de sus reflejos, podría haberle abatido de un solo tiro disparado desde la misma cintura. Pero varios factores, considerados en un solo instante, le retuvieron la mano.

El tono de voz, que no era agresivo, dejaba lugar a la negociación, y así lo confirmaban las mismas palabras, simples y concretas: «… los dos queremos salir con bien de esto, ¿no es así?». Pero la consideración más importante era que la ASP no tenía silenciador: un disparo, partiese de ésta o del arma contraria, atraería al garaje a la gente de Holy. Y estimó Bond que Peter deseaba tanto como él mantener alejados a los lobos.

– Muy bien, Peter, ¿qué se propone?

Al acercarse Peter Amadeus, Bond percibió, más que vio, que el pequeño revólver que blandía casi junto al cuerpo, bailaba en su mano como una hoja en medio de un huracán. Saltaba a la vista que el amanerado joven estaba muy nervioso.

– Me propongo, míster Bond, largarme de aquí. Y hacerlo tan deprisa como me sea posible. Por lo que oído de su conversación, parece que también usted marcharse.

– Yo lo haré cuando reciba esa orden… de su jefe. Por cierto, ¿sabe él que está aquí?

– A poco favorables que me sean los hados, nadie reparará en mi ausencia. Y si dan la voz de alarma confío en que no vengan a buscarme aquí.

– Peter, de ningún modo saldrá usted de esta casa a menos que pueda yo volverme por donde he venido, y que lo haga rapidito ¿No sería más inteligente desistir de su propósito?

La pistola osciló en la mano de Amadeus, cuya voz derivó un poco más hacia la histeria.

– ¡No puedo, Bond! No lo soporto. Este lugar, esa gente, y Finnes en particular, me aterran. No puedo permanecer ni un día más en esta casa.

– Está bien -repuso Bond en tono apaciguador, confiando en que el joven no levantase mucho la voz-. Si discurrimos alguna manera de salir, ¿estaría dispuesto a colaborar? ¿A prestar testimonio, en caso necesario?

– Tengo el mejor testimonio que quepa imaginar -dijo el otro, en tono más sosegado-. He visto el juego del Globo. Lo he visto funcionar, sé de qué va, y lo que contiene bastaría para dejar sin pulsos a un sargento de granaderos; de modo que ya imaginará el efecto que me produce a mí.