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– ¿Y qué contiene? Cuéntemelo.

– Ese es el único triunfo que tengo en la mano. Sáqueme de aquí y le prestaré cuanta ayuda pueda necesitar. ¿Trato hecho?

– No puedo prometerle nada -Bond tenía clara conciencia del paso de los minutos. Cindy no podría mantener entretenidos mucho más tiempo a los dos guardianes-. Si me dejan salir para que les haga parte del trabajo sucio que tienen pendiente, dé por seguro que antes revisarán con lupa el Bentley. Y tenga presente también que la ausencia de usted pone en peligro la vida de muchas personas.

– Lo sé, pero…

– Está bien; ya no tiene remedio. Pero ahora escúcheme, y hágalo atentamente…

Y pasó a explicarle a Amadeus, tan rápidamente como pudo, la mejor manera de ocultarse debajo de los coches estacionados en el garaje. Poniéndole en la mano las llaves del Bentley, concluyó:

– No se sirva de ellas hasta que hayan terminado de enredar con mi coche. El riesgo es grande, porque podría ocurrir cualquier cosa y porque nada me asegura que me permitirán marchar en el Bentley. Otra cosa: si le descubren aquí, no cuente con ayuda alguna. Yo desmentiré rotundamente tener ningún trato con usted. ¿Estamos?

Y habiéndole señalado que después de que revisaran el automóvil debía esconderse en el maletero, añadió:

– Todo me hace pensar que me pondrán de escolta a uno de los suyos, armado hasta los dientes.

Y después de explicarle lo que debía hacer en caso de que todo aquello fallara, o le impidiesen a él salir de la casa, le dio al delicado programador una palmadita en el hombro, le deseó buena suerte, se encaramó de nuevo en el techo del Mercedes y se izó por el hueco de la claraboya.

Pegado a la plancha de la techumbre en el frío aire de la noche, comprendió que Cindy tenía que haber agotado su repertorio. Los guardianes estaban muy cerca: al mismo pie del garaje. Distinguió sus mascullados comentarios de lo que acababan de ver; todas las típicas patochadas de la soldadesca.

Permaneció otros cinco minutos en la misma tensa posición, atento a las voces, hasta que por fin se alejaron, siguiendo su ronda habitual a fin de vigilar la fachada desde todos los ángulos.

Tardó diez minutos más en alcanzar reptando la ventana. Tras cada etapa se detenía, inmóvil, tendiendo el oído por si regresaban los guardianes, que pasaron dos veces junto al garaje en lo que duró su fatigoso culebrear por el tejado. Alcanzado por fin el alféizar, se metió de un salto en el cuarto de la mulata.

– Te lo has tomado con calma…

Estaba tendida en la cama, completamente desnuda, satinado el oscuro cuerpo, trémulas las espléndidas y largas piernas mientras frotaba uno con otro los muslos. Liberada la tensión, el agente especial fue hacia ella.

– Perdona. No quería tardar tanto…

Iba a mencionar su encuentro con Amadeus, pero cambió de propósito: el día había tenido ya bastantes emociones. Cindy le echó los brazos al cuello, y Bond no se supo resistir. Por un instante, en el momento en que la tomaba, se le representaron como en un relámpago el rostro y el cuerpo de Percy Proud, y fue tan vívida la imagen, que le pareció descubrir el perfume de ella en el cuerpo de la mulata.

Estaba a punto de amanecer cuando retornó sigiloso a su habitación. La casa continuaba en silencio, como si apurase el sueño con vistas a la acción inminente. Bond consumió parte de la comida de la bandeja, arrojó al sanitario la que quedaba y tiró tres veces de la cadena 1 fin de evacuar los restos. Concluida esa operación, se tendió por fin en el lecho, sin desvestirse, y se entregó a un sueño reparador.

Un rumor bastó para despertarle y hacer que su mano derecha volase hacia la ASP.

Era Cindy. Su aspecto autorizaba a pensar que las propias piedras se habrían disuelto al contacto de su lengua. Llevaba una bandeja con el desayuno, y la seguía Tigerbalm, que anunció, con su habitual sonrisa necia, que el profesor St. John-Finnes deseaba verle a mediodía.

– Entiéndase las doce en punto -precisó-. Vendré yo a buscarle.

– Muy amable.

Bond hizo ademán de levantarse, pero Cindy se retiraba ya hacia la puerta.

– Cindy…

– Que pase usted un buen día -le soltó ella, sin tan siquiera volver la cabeza.

Bond se encogió de hombros, algo desconcertado, pero seguidamente atacó al café y a las tostadas. Su reloj indicaba las diez y media. Al toque de las doce menos cuarto, estaba ya duchado, afeitado y vestido, en mejor forma que la víspera y pensando que, con ser «M» todo lo que era, no podía retrasar mucho más el asalto de Endor.

Tigerbalm reapareció a las doce menos tres minutos. Se dirigieron a la planta baja, a la parte trasera de la casa, donde Jay Autem Holy le esperaba en una habitación pequeña que Bond veía por primera vez.

Tenía el cuarto una mesa, dos sillas y un teléfono; ni ventanas ni cuadros ni decoración alguna. La iluminación partía de dos tubos fluorescentes, y Bond advirtió de inmediato que sillas y mesa estaban ancladas en el suelo. El ambiente le era familiar: una sala de interrogatorios.

– Adelante, amigo Bond.

Holy había alzado la cabeza con un respingo de rapaz. Sus verdes, penetrantes ojos destacaban hostiles como miras de una pistola de rayos láser. Despachó a Tigerbalm y, con una seña, invitó a Bond a sentarse. Holy no malgastaba el tiempo.

– Volviendo al proyecto que me esbozó, sobre la manera de hacerse con la frecuencia COPE…

– Usted dirá.

– Es indispensable que consigamos el código de la que regirá, a partir de la medianoche de hoy, para los próximos dos días.

– No veo inconveniente, pero…

– Si le parece, prescindamos de peros, James. ESPECTRO, que sigue contemplando con el mayor reparo su reclutamiento, me ha encomendado un mensaje que debo transmitirle a solas.

Bond permaneció expectante. Siguió un silencio de unos segundos.

– Según los portavoces de ESPECTRO, usted sabe ya que sus miembros no son gente a quien frenen los escrúpulos. Añaden que no nos molestemos en amenazarle a usted con la muerte, ni nada por el estilo, en caso de que no cumpla al pie de la letra nuestras instrucciones -compuso un vestigio de sonrisa-. Por mi parte, creo que está usted de nuestro lado, y si resultase que nos traiciona, tendría que reconocer que me ha engañado muy bien. Aun así, y para que todos sepamos qué terreno pisamos, debo indicarle qué consecuencias ha de temer.

Bond no interrumpió su silencio ni dejó que su semblante trasluciera cambio alguno.

– La operación a que nos hemos consagrado todos nosotros tiene fines pacíficos; eso es algo que quiero destacar. Bien es cierto que alterará el curso de la historia, y que con eso puede crear algún caos. Hay que dar por descontada la resistencia de los reaccionarios. Pero llegará el cambio, y de su mano la Paz.

Por el tono se notaba que concedía una mayúscula a la palabra.

– Entonces…

– Entonces la frecuencia COPE es un requisito indispensable para que ESPECTRO pueda llevar a término su solución pacífica. Si todo sale bien, el derramamiento de sangre será poco o ninguno. De las lesiones o bajas que puedan producirse tendrán la culpa quienes se obstinan en oponerse a lo inevitable.

Holy enlazó lentamente las manos y las descansó en la mesa en ademán inequívoco de consejo paternal.

– Lo que me han ordenado decirle es que si nos fallase usted, o intentara cualquier estratagema para frustrar lo que no puede ser frustrado, la operación se llevará adelante de todos modos, pero la solución pacífica tendrá que ser abandonada. A falta de la frecuencia COPE, sólo queda un camino abierto: el del terror, la atrocidad y el holocausto final.

– Mire… -quiso protestar Bond, pero Holy le atajó con una mirada fulminante.

– Me han pedido que lleve a su ánimo la certeza de que si sucumbiera usted a la tentación de sustraerse a su compromiso de entregarnos la frecuencia o, lo que es mucho peor, si se le ocurriera alterarla, sobre su conciencia y sólo sobre su conciencia pesará la muerte de millones de personas. No crea, James, que fanfarronean. Hemos trabajado antes para ellos, y esa gente me aterroriza.