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Abrazada a él, y después de besarle, ella le pidió que fuese prudente. Bond respondió que tenía la certeza de que en lo sucesivo dispondrían de tiempo en abundancia, y de que la estación del cortejo duraría ese año todo el verano. Percy correspondió a eso con la clase de sonrisa que las mujeres sagaces del mundo entero componen cuando han conseguido lo que de veras deseaban.

Al regresar Bond a la sala de conferencias, le facilitaron la frecuencia COPE que había empezado a regir a partir de la medianoche. Era ya la una de la madrugada, por lo que Bill Tanner le dio apresuradamente las últimas instrucciones.

– Dos de esos dispositivos de detección están parpadeando ya en nuestras pantallas. No se preocupe, James: tienen un alcance de por lo menos quince kilómetros. El coche que le siga se mantendrá a un par de kilómetros de distancia. El que lleva la señal fija, ya está en camino. Como conocemos el itinerario, si le desvían a usted entraremos en acción. Un equipo del SAS está al acecho. Se situará donde usted quiera en cuestión de minutos: los helicópteros pueden cubrir distancias en línea recta. Buena suerte.

El tráfico comenzaba a escasear incluso en el centro de Londres. Bond puso el Bentley en el paso elevado de Hammersmith, camino de la M 4, en menos de doce minutos. En el cuartel general habían estimado que Holy y Rahani no tomarían ninguna iniciativa hasta que Bond llevase ya un buen rato en carretera.

Ocurrió inmediatamente después del desvío del aeropuerto de Heathrow.

Primeramente dos coches que circulaban a gran velocidad obligaron al Bentley a abandonar el carril exterior. Bond maldijo a aquellos dos locos y se situó en el carril central. Antes de que pudiera percatarse de lo que estaba ocurriendo, los dos coches redujeron la marcha y se colocaron junto a él, uno a cada lado, mientras en el canal destinado a los vehículos lentos aparecían dos camiones pesados.

El agente especial trató de escapar del carril de en medio acelerando, pero los dos coches avanzaban muy bien sincronizados con los camiones y, tarde ya, Bond se dio cuenta de que un voluminoso camión frigorífico que circulaba despacio, le cerraba el paso al frente.

Frenó y, en ese momento, para estupor suyo, las puertas traseras del vehículo frigorífico se abrieron, y del interior de la caja surgió una rampa que, sustentada por ruedas amortiguadoras, fue a posarse con gran precisión en el firme.

Los automóviles por la derecha, y los camiones por el lado contrario, se apiñaron a su alrededor cual perros pastores que actuasen coordinados, reduciendo a una sola sus opciones de movimiento. Con una leve sacudida, las ruedas delanteras del Bentley tocaron la rampa tendida ante él. Bond, el volante vibrándole entre las manos, aumentó una pizca el régimen del motor y penetró suavemente en el blanco, espacioso interior de aquel garaje rodante.

Las puertas se cerraron tras de él con metálico estrépito. Se iluminó la caja del vehículo y abrióse la portezuela del Bentley. Junto a ella apareció Simon, que llevaba una Uzi sujeta bajo el brazo.

– Perfecto, James. Siento que no pudiéramos prevenirte. Disponemos de poco tiempo. Baja y quítate esa ropa. Hemos traído la que tenias de recambio. Fuera todo, incluidos los zapatos. Por si, sospechándose algo, te hubiesen instalado algún aparato de detección.

Una tras otra le fueron arrebatadas las prendas de vestir y revisadas pieza por pieza: calcetines, ropa interior, los pantalones grises, la camisa blanca, la corbata, la chaqueta cruzada, los mocasines de flexible piel…

Al darse la vuelta, vio a su espalda a Simon, inopinadamente vestido con un uniforme de chófer. El camión, a todo eso, había reducido la marcha, y en ese momento parecía enfilar una salida. Le fue devuelta la ASP… ¿En señal de buena disposición? Le habría gustado saber si estaba cargada.

Fue tal la rapidez y la eficiencia con que actuó el equipo, que Bond apenas tuvo tiempo de percatarse de nada. Al detenerse el camión con un estremecimiento, Simon abrió la portezuela trasera del Bentley y, casi de un empellón, hizo subir a Bond por aquel lado. Un segundo más tarde, y abiertas de nuevo las puertas de la caja, abandonaban el camión marcha atrás. Simon iba al volante.

– Buen trabajo, James -oyó Bond que decía Jay Autem Holy a su espalda-. Supongo que tiene la frecuencia, ¿no?

– La tengo -repuso él con voz que no le parecía la suya.

– Estaba seguro de que la conseguiría. Muy bien ¿A qué espera? Démela.

Bond recitó como un papagayo la serie de números y su punto decimal.

– ¿Adónde nos dirigimos?

Por toda respuesta, Holy repitió las cifras de la frecuencia y pidió a Bond que se la confirmase. El Bentley, entretanto, regresaba suavemente hacia la autopista.

– ¿Que adónde nos dirigimos? -dijo Holy por fin-. No se preocupe, James. Nos disponemos a protagonizar un importante momento histórico. Nuestro primer destino es el aeropuerto de Heathrow. Todas las formalidades han sido cumplimentadas ya. Como llevamos algún retraso, nos darán vía libre hacia nuestro reactor particular. Salimos hacia Suiza. Estaremos allí dentro de un par de horas. A eso seguirá otro corto viaje en coche. Y después un segundo vuelo, aunque de otra clase. Más tarde se lo explicaré todo. Pero puedo anticiparle que ayer, muy de mañana, mucho antes de que despertara usted y desayunase, nuestro equipo de Erewhon llevó a cabo con mucho éxito cierta operación. Consistía en apoderarse de una pista de aterrizaje y de un dirigible. Hoy todos nosotros viajaremos a bordo de esa máquina, a fin de cambiar el curso de la historia.

En la carretera, a un par de kilómetros de distancia, el observador que viajaba en el coche de cola asignado al seguimiento de Bond, creyó advertir que el objetivo abandonaba por unos minutos la autopista.

– Nos estamos acercando, pero no lo distingo bien -le dijo al chófer-. ¿Quieres que llame y pida instrucciones?

– Espera un par de minutos -respondió su interlocutor, cambiando de postura en el asiento.

– Ah. No -agregó el otro, fija la mirada en la señal luminosa móvil que emitía el instrumento de localización de Bond-. Parece que todo está en orden: sigue avanzando en dirección Oeste. Seguro que esa pandilla le saldrá al paso entre Oxford y Banbury.

Pero la realidad del caso era que el Bentley acababa de cruzarse con el coche de vigilancia en dirección inversa, y se encaminaba velozmente a Heathrow, donde un reactor particular permanecía en espera de los viajeros.

18. La alfombra mágica

El reactor particular exhibía repetidamente en su superficie la bota alada que la marca Goodyear usaba como distintivo comercial. Podía apreciarse también su matrícula, que era británica.

Bond contuvo el impulso de echar a correr hacia el aparato, llamar la atención o causar un alboroto. Se lo desaconsejó el darse cuenta de que, en inferioridad numérica y de armas, su situación era desventajosa en extremo. Quienquiera que hubiese organizado aquella fase de la operación -Holy, Rahani o el propio consejo interno de ESPECTRO-, lo había hecho cuidando admirablemente los detalles. No le hubiese extrañado en absoluto que todos los tripulantes del avión dispusieran de auténticas credenciales de la Goodyear. Por otra parte, ni tan siquiera le constaba que la ASP estuviese cargada. De momento, existía aún cierto grado de confianza entre él y los protagonistas de aquella aventura. «Explota a fondo esa confianza -se recomendó a sí mismo- y limítate a seguirles en el viaje.»

Terminada la operación de despegue, una agraciada azafata sirvió café y licores. Bond, que no deseaba embotarse con el alcohol, sólo tomó café. Luego, y tras pedir que le disculpasen, se dirigió al minúsculo lavabo en la parte trasera del aparato.