Holy compuso una mueca al oír su nombre verdadero; pero luego asintió, y se adelantó en el asiento, para abrir la portezuela.
Bond se quedó a solas con el asistente árabe, que le vigilaba con ojos brillantes de recelo, empuñando una pequeña Walther en la diestra. El agente especial advirtió que la pistola tenía quitado el seguro.
Rahani y el general Zwingli se reunieron con Holy, Simon y el alemán Rudi, y la pequeña procesión partió con paso vivo hacia el hangar. Los hombres de Rahani, observó Bond en ese momento, lo ocupaban todo: armados tras las defensas que ofrecía el contorno, ocupaban posiciones estratégicas. Hasta en la poterna de las grandes puertas corredizas del hangar montaban guardia dos centinelas.
Franqueado el paso, el grupo penetró en la edificación. Simon salió al cabo de dos minutos y se encaminó rápidamente al auto.
– El coronel Rahani te llama.
Lo dijo en tono frío, con la indiferencia de quien no quiere verse mezclado con persona alguna ajena al restringido círculo de sus camaradas. A Bond, que había estudiado a fondo la psicología de los terroristas, no le pasó inadvertida esa actitud. Se daba cuenta de que estaban al filo de un momento decisivo, y de que a partir de ese punto, Simon no quería ninguna clase de cuentas con él. Bien podría ser, reflexionó mientras caminaban hacia el hangar, que esto fuera verdaderamente el final. «Que estén convencidos de que hablé y, con eso, me hayan retirado toda confianza. Va a caer el telón; ficción y realidad están a punto de confluir.»
El pequeño grupo de los hombres con mando estaba congregado en la misma entrada. Fue Rahani quien se dirigió a él.
– Ah, comandante Bond… Hemos creído conveniente que viera usted eso -e indicó con un ademán el centro del hangar.
Alrededor de cuarenta hombres permanecían sentados en el suelo, aglutinados en prieto corro por la presencia de tres ametralladoras que, montadas en trípodes, apuntaban hacia ellos, cada una atendida por un grupo de cuatro mercenarios.
– Le presento a la buena gente de Goodyear, que permanecerá aquí hasta que finalice nuestra misión. Serán sumariamente ejecutados, del primero al último, si alguno de ellos intenta escapar. Ese otro equipo -indicó a cuatro hombres situados entre las ametralladoras- atiende a su alimentación y demás cuidados. Su situación es incómoda, pero si todo se desarrolla satisfactoriamente, serán puestos en libertad sanos y salvos. Observará que hay una señora entre los rehenes.
Cindy Chalmer, que se encontraba en mitad del apiñamiento, dirigió a Bond una descolorida sonrisa. En voz baja, Tamil Rahani añadió:
– Quede esto entre nosotros, comandante Bond: no creo que la encantadora miss Chalmer tenga grandes posibilidades de sobrevivir. Sin embargo, no queremos derramar sangre; ni siquiera la de usted. Verá: era propósito de ESPECTRO que, una vez desempeñada su misión, pasara usted a engrosar el grupo de los prisioneros. El representante de ESPECTRO desconfió de usted desde el mismo principio, y sigue muy descontento de su persona. Ello no obstante… -comprimió los labios en lo que no era una sonrisa, sino un tajo que le cruzaba la parte inferior de la cara-, ello no obstante, yo considero que puede sernos usted útil en el dirigible. Sabe usted pilotar, ¿verdad? ¿Posee una licencia de vuelo?
Bond asintió, pero precisando que nunca había guiado un dirigible.
– Sólo ocupará usted el puesto de copiloto. Un copiloto encargado de que el capitán de vuelo cumpla con sus instrucciones. Si por casualidad nos ha traicionado usted, la cosa no dejará de tener su lado irónico, comandante Bond. ¡Andando!
Regresaron a los coches, y cubrieron rápidamente los pocos centenares de metros que les separaban del edificio de oficinas. En su interior, unos cuarenta reclutas entrenados por Rahani en Erewhon aguardaban tomando café y fumando.
– Nuestro equipo operativo, comandante Bond. Adiestrado mediante simulacro. En Erewhon. Eso no se lo mostramos a usted durante su estancia allí; sin embargo, van a sernos muy necesarios durante la maniobra de despegue y, en cierta medida, también al regreso de nuestra excursión.
Un solo hombre permanecía apartado de los demás, sentado a una mesa junto a la misma entrada. Vestía el uniforme azul marino de los pilotos, complementado por una gorra de plato, visible sobre la mesa, frente a él. Uno de los hombres de Rahani ocupaba una silla, al otro lado del mueble, pero a cierta distancia, armado con una metralleta Uzi lista para volarle al otro las entrañas, en caso de que buscara problemas.
– Es usted nuestro piloto, según creo -le dijo Tamil con una sonrisa cortés.
El hombre respondió fríamente que era piloto, en efecto, pero que no volaría coaccionado.
– Yo opino lo contrario -respondió Rahani, seguro de si-. ¿Cómo quiere que le llamemos?
– Llámeme capitán.
– Nada de títulos. Aquí todos somos amigos -replicó, cortante, su interlocutor-. Su nombre de pila.
Percatado de que obstinarse en exceso sería una temeridad, el piloto ladeó la cabeza y respondió:
– Como quiera. Me llamo Nick.
– Muy bien, Nick…
Y Tamil Rahani procedió a explicar con detalle lo que estaba por suceder. Nick pilotaría el aparato como lo hubiera hecho en circunstancias ordinarias. Primero hasta Ginebra y luego bordeando el lago. Posteriormente, y cambiando de rumbo, iría a situarse en la misma vertical del hotel Le Richemond.
– Donde se está celebrando la conferencia en la cumbre. Permanecerá usted sobre el hotel por espacio de unos cuatro minutos -Rahani hablaba en el tono del militar habituado a que le obedezcan-. Cuatro minutos como máximo. No más. Y no tiene nada que temer. Nadie recibirá daño, siempre y cuando haga usted lo que le manden. Luego, traerá de vuelta el dirigible y quedará amarrado aquí. Entonces podrá marcharse sano y salvo.
– Que me cuelguen si voy a pasar por eso.
– Creo que le conviene hacerlo, Nick. Si se niega, otro ocupará su lugar. El caballero que ve aquí, por ejemplo -y posó una mano en el hombro de Bond-. Es piloto, aunque sin experiencia de dirigibles. Pero llevará el nuestro si le animamos a ello como es debido. En el caso de usted, el incentivo es salvar la vida, que perderá aquí y ahora si se opone a mis órdenes.
– Habla en serio, Nick -intervino Bond-. Dentro de un par de minutos será usted una masa de carne inerte y sin utilidad para nadie. Es preferible obedecer.
– Muy bien; de acuerdo. Me haré cargo del vuelo.
– Estupendo, Nick. Y muchas gracias, comandante Bond -dijo Rahani. Y prosiguió, en tono ya normal-: Pasemos ahora al papel que le reservamos al comandante Bond. Será su ayudante de vuelo. Le indicará usted en qué se diferencia el manejo de un dirigible del de un avión. Vamos a entregarle una bala para su pistola automática. Una sola. Con ella puede herir o matar únicamente a una persona, y descontados usted y él, seremos cinco los tripulantes. El amigo Bond cumplirá mis órdenes al pie de la letra. Si intenta usted pasarse de listo, le mandaré que le mate. Si él se negara a ello, otro lo hará, y muerto usted, él tomará el mando. Si persistiese en su negativa, le mataremos también a él y saldremos del paso como mejor sepamos. Según tengo entendido, este dirigible utiliza helio y, debidamente lastrado, puede permanecer cierto tiempo en el aire, sin gobierno, y es difícil que se estrelle. ¿Acierto en eso?
– Digamos que sí.
– Total, que el comandante Bond cuidará de usted y tendremos un feliz viaje. ¿Qué duración le calcula? ¿Media hora?
– Más o menos. Probablemente cuarenta y cinco minutos.
– Asesórese con el piloto, comandante Bond. Aprenda de él. Nosotros tenemos cosas que cargar en la barquilla -dijo. Y golpeándole con fuerza en el hombro, concluyó-: Instrúyase y cumpla con sus órdenes, ¿estamos?
Mientras se sentaba, Bond acercó su cabeza a la del piloto y, sin apenas mover los labios, dijo: