– También a mi me tienen coaccionado. Ayúdeme. Hay que pararles los pies -señaló. Y ya en voz alta-: Muy bien, Nick. Hábleme de ese dirigible.
El piloto le miró con cierta perplejidad por un instante; pero, como Bond le animase con un cabeceo, inició sus instrucciones.
Los hombres de Rahani se dedicaban entretanto a transportar el equipo al exterior. Entre otros aparatos, un potente transmisor de onda corta y un microordenador. Bond escuchaba atento las explicaciones de Nick, según el cual manejar un dirigible era básicamente como pilotar un avión.
– Palanca de mando, timón, pedales, idénticos instrumentos de vuelo y válvulas de admisión para los dos pequeños motores. La única diferencia está en el equilibrado -y señaló que los dos pequeños globos encerrados, a proa y popa, en la envoltura de helio, podían hincharse por medio de aire, o deshincharse soltándolo-. Responde más o menos al mismo sistema de los aerostatos, salvo que el empleo de globos de aire en el dirigible evita el desperdicio de gas valioso. Los globos regulan la presión del gas, proporcionan flotabilidad cuando se precisa, y permiten equilibrar en el ascenso y en la bajada. El quid del asunto es saber liberar presión en el momento del aterrizaje, de modo que el dirigible quede al alcance del equipo de tierra, que lo sujeta por medio de cabos.
El funcionamiento no ofrecía dificultades técnicas, y Nick complementó sus explicaciones indicándole a Bond en un gráfico la localización de las válvulas, situadas por encima del parabrisas delantero, y la alimentación de los pequeños globos, que se efectuaba mediante inyectores situados debajo de cada motor. Apenas había concluido su exposición, cuando apareció Simon, consultando su reloj. Al levantar la vista, se dieron cuenta de que el local se había quedado casi vacío.
– Os necesitan a bordo -dijo el lugarteniente de Rahani. Y mostrando en alto un proyectil de 9 mm, en el que Bond reconoció uno de sus Glaser, agregó-: Esto te lo daré cuando hayamos embarcado -no había cordialidad alguna en su mirada-. Ea, andando. Tenemos pendiente nuestra exhibición. Un vuelo de placer alrededor del lago.
En la pista, los hombres de Rahani estaban ya preparados para sujetar los cabos de proa del dirigible, que continuaba fijo en su mástil de amarre, pendientes bajo la masa en forma de salchicha de la aeronave.
Al acercarse a ésta, advirtieron que los demás habían embarcado ya en la barquilla, suspendida bajo el reluciente casco.
Nick subió el primero por la ancha escotilla que ocupaba un tercio del costado derecho de la barquilla. Bond iba detrás de él, seguido por Simon, que cerró a su espalda.
Tamil Rahani se encontraba sentado junto a Holy, a popa. Frente a ellos estaban los transmisores, conectados al ordenador. El asistente árabe se había instalado de cara a Holy, con el general Zwingli a su izquierda, en el otro asiento que daba al angosto pasillo. Bond se dirigió hacia la proa y ocupó su puesto a la derecha de Nick. Simon se quedó en pie, detrás, entre ambos.
En cuanto se hubo acomodado en su asiento, Nick, competente profesional, mostró a Bond los instrumentos de vuelo, destacando las importantísimas válvulas de los globos.
– ¡Cuando usted diga! -voceó Rahani desde su emplazamiento; pero el piloto, absorto en las comprobaciones preliminares, no le contestó.
Por fin, abierta la ventanilla corrediza, y dirigiéndose al jefe del equipo de tierra, gritó:
– ¡Listo! Diga a sus muchachos que se preparen. Voy a poner en marcha los motores. Cuando necesite que sujeten los cabos, le haré una señal con el pulgar.
Vuelto hacia Bond, explicó que primero activaría el motor de babor, tras lo cual el de estribor entraría inmediatamente en funcionamiento.
– Vamos a inflar enseguida los globos, y mientras se llenan, soltaré los amarres del mástil. El equipo de tierra, si lo han entrenado debidamente, dominará la presión de ascenso y soltará el lastre de la barquilla. A continuación, yo equilibraré, levantará el morro y -se volvió hacia Bond con una sonrisa- veremos si esos chicos tienen el buen juicio de soltar los cabos.
Nick se adelantó hacia el cuadro de mandos, encendió ambos motores en rápida sucesión y activó las válvulas de hinchado. Mientras Bond observaba la maniobra, Simon se inclinó hacia adelante, le hundió la mano bajo la chaqueta y le tomó la ASP. Un doble chasquido indicó la entrada de la bala en la recámara. Devolviéndole entonces el arma, dijo:
– Si el coronel te lo ordena, le matas. Y como intentes engañarme, te liquido yo a ti.
Bond ni siquiera dio muestras de haberle oído. Toda su atención estaba fija en las operaciones que llevaba a cabo el piloto: abrir las válvulas de admisión, soltar la palanca del mástil de amarre, vigilar la presión…
Cuando el morro del dirigible apuntó hacia arriba, Nick hizo a los de tierra la señal convenida y aceleró a tope los motores. El morro se empinó más todavía, y a eso siguió una leve sensación de flotar; luego, con mucha lentitud, se desplazaron al frente y hacia lo alto, con total firmeza, sin temblor ni vibración alguna conforme ganaban altitud y se alejaban del campo de aterrizaje. Era como viajar en una alfombra mágica.
19. Reja de arado
A lo largo de su vida, James Bond había viajado como piloto o pasajero en toda clase de aviones, desde el biplano Tiger Moth hasta los reactores Phantom. Y pese a ello, no recordaba nada comparable a volar en el Europa.
La mañana era clara y soleada. Con sus dos motores zumbando como un enjambre de avispas y sus hélices de pala única de madera en vertiginoso volteo, la gruesa y reluciente aeronave se deslizó por la amplia cortada y, sobrevolando la carretera y el tendido del ferrocarril, ascendió sobre el Léman. Para un hombre como Bond, enamorado de las máquinas, eran instantes prodigiosos. A trescientos metros de altura y sobre el espectacular panorama del lago, llegó a olvidar por unos momentos la terrible, peligrosa misión en que estaban embarcados.
Lo que más estupor le causaba era la estabilidad del dirigible. No se experimentaban en é1 las sacudidas que a semejante altura y en un terreno como aquél hubiesen estremecido un avión. Le pareció enteramente lógico el que los pasajeros de los grandes dirigibles de los años veinte y treinta se declararan apasionados de ellos.
El Europa hundió el morro y, colocándose casi en vertical sobre él, describió una circunferencia completa. Al alcanzar los quinientos metros de altitud, se dilató el panorama con la aparición de las cimas empenechadas de nieve sobre el claro azul del cielo, Montreux en la lejanía y, hacia la orilla francesa del lago, Thonon, pequeña ciudad de aspecto apacible y acogedor.
Luego, Nick estableció la inclinación a fin de que pudieran apreciar Ginebra conforme se acercaban a ella a un majestuoso régimen de ochenta kilómetros por hora.
Bond se volvió hacia la popa de la barquilla. Rahani y Jay Autem Holy permanecían ajenos a la vista, encorvados sobre el transmisor, que el agente especial divisaba sin dificultad porque habían abatido los respaldos de varios asientos.
Holy parecía mascullar para sí mientras sintonizaba la frecuencia. Rahani le observaba de cerca. «Como un celador», pensó Bond. El general Zwingli, vuelto a medias hacia ellos en su asiento, aportaba consejos. Simon y el asistente árabe montaban guardia, el joven sin apartar ni por un momento los ojos del piloto y de Bond. Simon, en pie, apoyado en la puerta, casi daba la impresión de cubrirles la retirada a sus jefes.
Aparecieron a la vista, abajo, las riberas de Ginebra. El Europa redujo la marcha, se inclinó hacia adelante y viró lentamente.
– ¡Cuidado con gastar bromas, Nick! -voceó Rahani-. Limítese a hacer lo que haría normalmente, y luego llévenos derechos hacia Le Richemond.
– Estoy haciendo lo que haría normalmente -replicó el piloto-. Ajustándome al manual. ¿No fue eso lo que pidió? Pues cumplo su encargo.